Fue simple, pero para nosotros, los que jugábamos, fue muy especial el último partido del Club Atlético Abasto Cooperativo.
El equipo se formó de una, casi en el acto, cuando uno de los muchachos trajo de regalo casi veinte pares de botines -botas de fútbol-nuevos, de la marca Sacachispas, que le habían regalado.
Empezamos a sacarlos de las cajas y nos pareció un desperdicio tener calzado nuevo y no utilizarlo. Entonces armamos el equipo que por tratarse de un club surgido en el seno de la Cooperativa Abasto de Comunicación y Trabajo, recibió el nombre de Club Atlético Abasto Cooperativo.
¡Que emoción que teníamos!
Con Chichilo fuimos a registrarlo en la Liga Regional el lunes por la mañana, mientras Sergio, Pablo y Oscar González, el riojano, se encargaban de comprar medias de fútbol y pantaloncitos para el equipo. Como aún no sabíamos los colores de la camiseta, decidieron comprar todo blanco; pero cuando ya estaban en el negocio -que ahora no recuerdo si era Casa Tía o Heredia Funcional- se decidieron por las medias negras porque estaban en oferta, aunque venían sin elástico. Los lienzos cortos también los compraron negros, pero con cordón grueso, resistente.
El Guiermo, que era quien había conseguido los Sacachispas, terminó consiguiendo ese mismo lunes un juego de camisas blancas del año del pedo, que fueron utilizadas a modo de camisetas de fútbol.
Al principio nos costó asumirlo porque el tío de él, que era quien se las había regalado, las tenía guardadas en unas cajas de cartón humedecidas y dentro de un sótano en el barrio San Vicente, por lo que olían a humedad. En realidad olían a viejo. A rancio olían.
Vamos, quiero decir que tenían un olor hediondo esas camisas, que no se aguantaba y que no hubo forma de sacárselo en todo el año, pero era lo único que teníamos dentro de nuestro presupuesto para terminar de integrar el equipo.
- Son necesarios 16 jugadores -dijo el de la Liga-.
- ¿Cómo? -preguntamos con Chichilo haciéndonos los boludos como perro que volteó la olla.
- Que es necesario inscribir 16 jugadores, como mínimo, y usted me ha entregado una lista de 15. Les falta un jugador en el equipo.
En realidad el señor de la Liga no estaba para nada equivocado.
Tanto a Chichilo como a mí nos faltaban varios jugadores en el equipo. Es decir, nos faltaban caramelos en la bolsa, tornillos en el motor o galletas en el paquete. Pero como el objetivo ahí era otro, el de inscribir el equipo, y ante la ausencia de más integrantes masculinos en la institución cooperativa, incorporamos a Cónsole, puntero derecho de exquisito poder de definición que al ser informado de su incorporación (algunos días después) terminó aceptando con la condición de que el equipo lleve los colores de River Plate que, vaya coincidencia, son los mismos que los de la Unión Cívica Radical: blanco y rojo.
- ¿Y el entrenador? -preguntó el gusto a bolas del secretario de la Liga Regional cuando le completamos el equipo.
- ¿También tenemos que tener un entrenador? -preguntó Chichilo que de fútbol tenía menos conocimiento que el Dalai Lama.
- Claro. ¿Cómo van a jugar sin Director Técnico? ¿No tienen un Director Técnico, un delegado, un masajista?
No se por qué, pero en el momento en que el señor secretario de la Liga, con su particular gusto a bolas, preguntó lo del masajista se me ocurrió a mí la idea de poner a alguna de las féminas en esa tarea. Quizás haya sido por haber escuchado, en alguna ocasión, que a alguna de ellas le gustaría entrar a un vestuario después del partido o por haber pensado, en otro momento, que a la Vivi le gustaban los masajes; el hecho es que terminamos completando todo el staff deportivo con nuestras compañeritas: la Vivi, como dije, masajista; Ana iba de delegada en las reuniones de la Liga -llegó a proponer que el botiquín contenga cremas de belleza, cosméticos, tampones y pintura de labios-; Mariela era la delegada de campo -los mareaba a los árbitros hablándoles de Marx y Engells, y aplicando el capitalismo en la cancha-; Fabiana fue la encargada de organizar el equipo de porristas y la Susana, que era la que más sabía de fútbol, se sentó en el banco de suplentes ocupando el cargo de entrenadora: “Dale. Yo voy de entrenadora pero en el vestuario no quiero ver un solo calzoncillo agujereado o sucio”.
¡Que ilusión que teníamos!
En un principio íbamos a entrenar al Parque Sarmiento los miércoles a la noche, después de las clases de Teoría e Historia de la Ciencia, pero decidimos cambiar a los jueves porque esas clases nos dejaban medio tontos y no rendíamos en la práctica futbolera.
Cuando empezamos a ir los jueves, la cosa se animó bastante, en especial porque se sumaban algunos compañeros de facultad y podíamos hacer picaditos entre todos.
La Susana se tomó muy en serio la tarea técnica, y nos hacía correr y hacer ejercicios como si fuésemos olímpicos; pero debo admitir que tenía razón. El primer partido que jugamos, un amistoso contra Sodería ‘La Tucumana’, lo terminamos en el entretiempo porque no teníamos fuerza ni para levantar la botella de agua. Y aún así perdimos 7-0.
Con el transcurso del tiempo y de los entrenamiento logramos mejorar notablemente y ya en los últimos amistosos antes del inicio de liga, no sólo terminábamos los dos tiempos de 45 minutos cada uno, sino que con notables partidos.
Con la Carnicería Podestá, por ejemplo, terminamos 3-0 gracias a que los muchachos carniceros se confundieron y creyeron que era en cancha de siete jugadores. Jejejeje. No pudieron meternos más que tres goles.
¡Qué estado físico que teníamos!
Definitivamente, debutamos en la Liga ante un equipo de Carlos Paz que usaba la camiseta de Boca, hecho que motivó a muchos de los nuestros -me refiero a los gallinones- y produjo un excelente primer tiempo que terminó empatado sin goles gracias a la descollante actuación de Guiermo debajo de los tres palos, portando una vieja camiseta del Club Atlético Lavalle (regalo de su abuelo) de mangas largas y con franjas verdes y amarillas en sentido vertical.
Las camisas del CA Abasto Cooperativo dieron que hablar a todo el mundo, en especial por el esfuerzo puesto por Narbona, Cuio y la propia entrenadora al pasarles la plancha con agua perfumada. Les juro que se notaban los pliegos.
Por la propuesta de Cónsole, el único refuerzo del equipo, las camisas terminaron siendo decoradas con una letra ‘V’ de Victoria -creo que en homenaje a Victoria Ocampo, pero nunca lo supe a ciencia cierta- en el pecho, en color rojo. Es decir, similares a las camisetas de Vélez Sarsfield de Argentina, pero cambiando el color.
La “V” roja fue pintada de manera artesanal por Chichilo y el Chico de la Luna, elegidos por la cualidades plásticas, el primero, y para que hiciera algo, el segundo.
Lamentablemente y por decisiones democráticas internas del Abasto Cooperativo, los segundos 45 minutos de partido ante el conjunto de Carlos Paz fueron defendidos en el arco por el riojano Oscar González, que ese día -al igual que casi todos los de la temporada- llevó los guantes pero se olvidó las manos.
Perdimos 5-0.
A punto estuvimos de conseguir nuestro primer gol en liga, en un cabezazo de Sergio que pasó rozando el poste izquierdo del arco rival.
En el segundo partido, que jugamos de local en las canchas que estaban por la Avenida Vélez Sarsfield detrás del Instituto Domingo Zípoli, perdimos 4-0 con Los Niños Cantores del Tirol, que jugaban con mamelucos recortados arriba de la rodilla; y en el tercer encuentro caímos 3-1 ante el Deportivo Fratacho, integrado por un grupo de muchachos de la construcción que tenían las camisetas manchadas de cal.
Allí festejamos nuestra primera presea.
Fue en un centro que tiró Narbona, desde la izquierda, y el grandote marcador central del Fratacho, intentando despejar el balón del área grande, se la puso en el ángulo a su arquero.
Lo festejamos tres días seguidos. Comimos asado esa noche, choripanes el lunes y el martes empanadas criollas y árabes; y las tres noches con Narbona contando como había tirado el centro.
El cuarto partido fue, decididamente, glorioso. Jugamos contra los Servidores Públicos, que vestían de azul, en nuestra cancha; y ante posibles problemas de comportamiento del público en el estadio pedimos que se reforzara la seguridad con lo que ellos sólo pudieron salir al campo con ocho jugadores.
Empatamos 1-1, y casi le ganamos.
El gol, esta vez, lo consiguió Cónsole tras un centro mío desde la derecha.
Iban 87 minutos de juego y aprovechando el aguacero que caía sobre el césped y el cansancio de ellos, que eran tres menos, metí un pelotazo cruzado a la entrada del área chica rival, y Jorge Mario, con el dorsal 7 en la espalda, sólo tuvo que poner la cabeza para marcar el 1-0.
¡Qué golazo!
En realidad él no se dio cuenta porque la pelota le pegó mientras discutía con un defensor que le había gritado “¡Viva Perón!” en la oreja. La pelota, que venía envenenada por si alguno se la llevaba a la boca, dio justo en la cabeza del joven delantero derecho y se metió junto al poste izquierdo del arquero sin que éste y el goleador se dieran cuenta.
Lamentablemente, el delantero se enteró del gol convertido dos horas más tarde, cuando lo hicieron reaccionar en el Hospital Privado. Ante la noticia, lo primero que dijo fue: “La puta madre. Y no se lo pude gritar a ese peronista de mierda que me marcaba”.
El gol del empate llegó en el último minuto de partido, aprovechando la cana el arco vacío ante la detención de González, el riojano, por reclamar que la prensa, es decir el Cuarto Poder, era más fuerte que la Policía.
Era el primer punto que conseguíamos.
¡Qué alegría!
La sexta jornada quedará, lamentablemente, como mal recuerdo.
La jugamos en una zona villera, difícil, y mientras disputábamos el primer tiempo Cuio vio desde la cancha como nos afanaban la ropa en la camioneta de Sergio. Salimos todos corriendo, para tratar de recuperar algo, y el árbitro determino abandono del campo de juego y le dio los puntos al otro equipo.
A mí me afanaron unos calzoncillos azules nuevos, a lunares, que no tenían más de dos días de uso. Me dio una pena. Todavía no tenían mancha amarilla adelante, ni marrón atrás.
Tras ese partido, la moral del equipo comenzó a decaer.
Ya no entrenábamos con tanto entusiasmo como al principio.
La entrenadora no trabajaba mucho el aspecto físico y empezaban a caérseles las carnes… Eh, perdón. Quiero decir que no trabaja el aspecto físico con los jugadores, y entonces rendíamos menos en cada partido.
Llegada la novena o décima jornada de liga -eran 30 en total- ya sabíamos que el descenso era inminente.
Sobre el final, faltando tres o cuatro partidos y ante la lesión del Guiermo, le pedimos al arquero González, el riojano, que llevara las manos. Cuando enfrentamos a la Asociación Deportiva Uñas Largas, integrada en su mayoría por peluquer@s unisex, González llegó al vestuario con un equipo de música. Lo enchufó, metió una cinta en la casetera y entonces empezó a sonar Peteco Carabajal con “Las manos de mi madre”.
En ese encuentro conseguimos el segundo punto del campeonato.
Empatamos 2-2, gracias a un gol de Sergio, aprovechando una jugada en la que Narbona le vendía artículos de limpieza al arquero y dos defensores; y a un penal que me hicieron y que yo mismo convertí en gol. Entrando al área, recibí el arañazo del defensor lateral izquierdo. Después del partido me pidió disculpas: “Perdoname, Cielo. Te juro que no me di cuenta de sacarme las postizas antes de jugar”, me dijo y me tiró un beso.
¡Qué despedida!
En el último partido, el estadio Domingo Zípoli nos quedó chico. Nadie se quería perder la despedida.
Caía un grande, y todos querían verlo caer.
Como si del primer partido se tratara, Narbona planchó una a una las camisas del Abasto Cooperativo como si fueran para una fiesta; los muchachos hicieron un esfuerzo y se pusieron calzoncillos limpios; incluso se lavaron todos los pares de medias y los pantaloncitos cortos, que hasta el momento traían los pliegues originales de fábrica sin haber pasado por el agua.
Antes del inicio del encuentro, al que asistió mucho público pero que no pudimos confirmar la cifra exacta -para nosotros había unas 70 personas, la Policía habló de 2.500, el gobernador dijo que la cifra oficial era de 50.000 personas, Juez quería denunciar el robo de votos y los organizadores de la marcha contra el aborto dijeron en España que había más de 200 mil asistentes llegados de distintos puntos del planeta-, se hizo un homenaje a la entrenadora y al cuerpo técnico, que recibieron regalos de un Shopping: cosméticos, tangas y vibradores; al Pelao Narbona (padre) por haber llenado cada domingo los bidones de agua, y al tío del Guiermo que prometió para el año siguiente unas camisetas de rugby que tenía en desuso, pero que hábilmente rechazamos.
El partido fue contra los de la Sodería ‘La Tucumana’ y terminamos celebrando el 2-1 que marcó nuestra única victoria en todo el campeonato.
“Fuimos muy superiores”, dijo Mario Narbona, autor de uno de los goles, después del partido.
“Nos faltó gas”, declaró el capitán de La Tucumana.
Aquella tarde al Abasto Cooperativo no le faltó nada.
Salimos con Guiermo en la valla, Urrutia por el lateral derecho y Núñez por el izquierdo; y el Nano y Chichilo como marcadores centrales. En la mitad de la cancha se paró Cuio para distribuir el juego y adelante la máquina: Bailone, Narbona, Cónsole, Sergio y Baur.
De lujo.
El árbitro -que también fue homenajeado con mucha guita (sino no ganábamos)- comentó al final del encuentro: “Se merecían la victoria”. Pero creo que se refería a los muchachos de La Tucumana.
Fue la despedida.
El aplauso constante y sonante de todo el público selló un año de sacrificios y de esfuerzo.
La victoria sirvió para sumar los dos puntos finales -en ese entonces eran 2 por partido ganado-.
Los del Honor.
Los de la Gloria.
Hice el segundo gol del partido, que a su vez significó mi segundo gol en el campeonato, por eso la pelota con que se jugó aquel encuentro la tengo conmigo. Como recuerdo.
¡Qué equipo!
Fue simple, pero para nosotros, los que jugábamos, fue muy especial el último partido del Club Atlético Abasto Cooperativo.
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