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19-02-2009
hasta que se demuestre lo contrario

Desde que me enamoré de la escritura, a los 14, 15, 16 años de edad, llevo registrando y anotando todos los datos, historias y anécdotas de mis antepasados tal como mis abuelos, en la mayoría de los casos, y tíos, en otros, me la contaban.
En noviembre del año 2007 y tras recuperarme de un infarto cardíaco –todos los Bailone tenemos el corazón débil- comencé a pasar en limpio esa historia y a escribirla en forma de novela.
Lo último que he escrito en ella es fruto de mi último viaje, y es por ello que, dividido en cuatro partes, lo pongo a disposición de los lectores de esta web, no por ser un trabajo especial ni pensado para poner en www.tarritos.es sino porque a medida que lo iba escribiendo sentía que iba cerrando una etapa histórica, que había cumplido con mi familia y, en especial, con mi abuelo Ángel Alejandro Bailone, el ser más maravilloso que he conocido en mi vida.
Por cierto, ‘Hasta que se demuestre lo contrario’ es el nombre de dicha novela en la que los textos que hoy publico son sólo una parte de la misma. Llevará ese título, simplemente porque la inocencia ha sido, es y será, la mejor virtud y el peor defecto de quienes, orgullosamente, pertenecemos a la historia familiar de los Bailone.


la abuela Anna
(I parte)

En la segunda mitad de la década del ’20 –aproximadamente en 1927- toda la familia de Ángelo Bailone, que hasta ese momento estaba instalada en la estancia de Boero en el pueblo Colonia Castelar, provincia de Santa Fé, República Argentina, decidió buscar su futuro en tierras propias y dejar de trabajar para un patrón.
Aunque con los Boero se trabajaba bien, se comía mejor e incluso se podía ahorrar dinero, el objetivo del inmigrante Ángelo Bailone y su esposa Anna Cravero, desde que habían partido de Piamonte en el año 1884, había sido el de tener tierras propias, algo que en la Italia de entonces era imposible de pensar siquiera.
El ‘alma’ de inmigrante Ángelo lo traía en la sangre.
La historia de los Bailone es, desde el Siglo XII –época desde la que tengo información documentada- una continua crónica de trabajadores golondrina o viajeros errantes que encontraban, en la mayoría de los casos, su casa en el camino.
La propuesta de ser colonos propietarios surgió en la provincia de Córdoba, vecina a la de Santa Fe donde ellos vivían, y a una distancia de algo más de 100 kilómetros de Castelar, en una región de monte espeso a la que se podía llegar a través del ferrocarril, que entonces ya existía. Arroyo de Álvarez era el nombre del paraje de destino y se ubicaba –junto al paraje Plaza Bruno- a mitad de camino entre el Paraje La Curva, vecino a la ciudad de Arroyito sobre la Ruta Nacional 19, y Plaza Minetti, comuna ubicada en la Ruta Nacional 13, entre los pueblos de Calchín y Luque.
A la abuela Anna, esposa de Ángelo Bailone, la idea le pareció muy buena. El hecho de haber leído en un folletín de propaganda el precio accesible de las tierras, sumado a la existencia de un monte en el lugar, era casi suficiente para aquella mujer que afirmaba, desde el primer día en que arribó al Río de la Plata, que para que su familia estuviera bien era necesario tener lo que había dejado en Saluzzo –su ciudad de origen- “Ij mont, la scoletta, ij gal e la cros” (el monte, la escuelita, el gallo y la cruz).
Monte, lo que se dice monte, había. Es más, era todo monte.  “Había que empezar de cero, porque el terreno que realmente podía usarse entonces para cultivo era muy poco, una quinta o sexta parte de todo el área”, contaba mi abuelo –nieto de la abuela Anna- cada vez que recordaba su adolescencia y juventud.
Allá fueron. Unidos de la confianza que se tenían como familia y tratando de dejar atrás los malos momentos de los últimos años, el abuelo Ángelo y la abuela Anna –mis tatarabuelos- con más de 60 años de edad cada uno, junto a sus hijos, nueras y nietos, invirtieron hasta el último centavo que tenían ahorrado en la compra de unas hectáreas –no estoy seguro de la cifra- de terreno para desmontar a precio relativamente bajo; y cargando baúles, cajas y maletas en el tren, comenzaron su quinta mudanza desde que habían arribado a Argentina, unos 40 años antes. “De Buenos Aires a Santa Fe, de allí a Esperanza, luego a Eustolia y finalmente a Castelar”, repetía mi propio abuelo, también llamado Ángel, cada vez que recordaba la historia de los suyos.
No puedo precisar con exactitud en que año se instalaron en Arroyo de Álvarez. De lo que sí estoy seguro es que al principio tuvieron que vivir en una tapera –casa en ruinas- con todos los integrantes de la familia, y que lo único que recibieron apenas llegados, fueron cachetazos. Primero el Río Xanaes, que teóricamente pasaba por allí cerca, tenía un cauce al que se podía acceder, en carro, después de una de hora y media de viaje. Además, el monte de piquillines y espinillos era lo que se imponía en aquel terreno prácticamente virgen al que nunca había accedido ningún ser humano; y para completar la faena apareció el verdadero dueño de las tierras –que por suerte resultó ser una excelente persona- con la documentación que así lo certificaba, por lo que –conscientes de que habían sido estafados como niños- tuvieron que volver a pagar aquellas hectáreas, lo que les llevó a empezar su nueva vida como ‘colonos propietarios’ con más deudas que ilusiones: “A cada santo le debíamos una vela”, afirmaba mi abuelo.
Pero la que realmente estaba molesta era la abuela Anna. La nueva casa a la que su esposo y sus hijos la habían llevado, estaba en medio de la llanura, sin animales a la vista, sin una escuela para educar a sus hijos y nietos, y sin una iglesia para pedir ayuda y rezar por los suyos.
“Nè mont, nè scoletta, nè gal, nè cros” (ni monte, ni escuelita rural, ni gallo, ni cruz), repetía por lo bajo doña Anna Cravero mientras le reclamaba a su esposo Ángelo que nuevamente, como cuando llegaron de Italia, volvían a empezar con el pie izquierdo. “¡Nè Anneta, nè Pietro!”, gritó llorando y muy ofuscada, recordándole a toda su familia que sus dos hijos mayores, Anna y Pedro, con los que el matrimonio había emigrado de Italia, ya no estaban entre ellos.


nen è mont
(II parte)

- Má… ¿andov istà ij mont? (Pero, ¿dónde está el monte?) –preguntó la abuela Anna recién llegada a la nueva casa-. Nen è mont (No hay ningún monte).

En efecto, el monte que existía en Arroyo de Álvarez no era un monte protector de su casa, como el “Mont Vis” que ella conocía en su tierra natal. Saluzzo es una ciudad que se alza al pie del Monte Viso ó Monviso, y cuyo casco histórico más antiguo, los edificios más viejos y los que pertenecieron al Marquesado en los siglos XII a XV, se encuentran a cierta altura, trepando la montaña, desde la cual se puede ver toda la ciudad debajo. Para los habitantes de Saluzzo del Sigo XIX, en el que Ángelo Bailone y Anna Cravero habían salido de Italia, el Monviso era el que se encargaba de proteger sus casas, el que retenía los vientos más fuertes que llegaban de los Alpes franceses y el que desviaba las tormentas heladas que subían del Mediterráneo.
Aún hoy sigue siendo el Guardián de los salucenses.
La abuela Anna quería una montaña, con todas las letras, y en la llanura del departamento San Justo en la que se encontraba Arroyo de Álvarez, las montañas no existían.
El arroyo llamado Álvarez, eso sí, existía y estaba a menos de mil metros de distancia. Actualmente puede estar un poco seco, pero en ese entonces llevaba bastante agua y en épocas de lluvia los colonos lo utilizaban para riego.
Poco a poco la tapera fue convirtiéndose en casa, gracias al trabajo de las mujeres de la casa, que guiadas por la abuela Anna hacían las veces de ‘albañilas’, ‘arquitectas’ y ‘constructoras’; mientras los hombres trabajaban en el desmonte.
Los niños; entre los que se contaban Ángel Alejandro –mi abuelo- el hijo de Pedro que había perdido a su madre al nacer y a su padre hacía unos años; Victoria, Luisa, Josefa, Ana y Hermelinda, hijas de Luis, e incluso Esteban, tío de todos estos pequeños pero de una edad aproximada a la de sus sobrinos; no encontraron una escuela cercana, por lo que aprendían a leer y a escribir en la enorme mesa del comedor, aprovechando la luz del sol que entraba por la mañana y las clases magistrales de la abuela Anna, maestra de formación en su Saluzzo natal, que se las arreglaba para que sus niños recibieran educación, un poco en piamontés otro en la lengua de la Castilla y otro tanto en cocoliche, que era en realidad el dialecto que se hablaba en la casa.
Tampoco en eso se había cumplido su sueño. En la zona no había ninguna “scoletta” –escuelita- cercana tal como lo había pedido antes de salir de Castelar. “Nè cost, nè che”, afirmaba la abuela Ana –ni esto, ni aquello-, quejándose, como pocas veces lo hacía, por el engaño. Había llegado allí con toda su familia creyendo que iba a encontrar una montaña que la cuidaría, una escuela donde educaría a los suyos, una iglesia donde elevar sus plegarias y un gallo, un simple gallo que pisara y sirviera a sus gallinas y que sirviera para “antivëdde ij Temp” –anunciar el tiempo-, en lo que mi abuelo creía que se refería al canto madrugador del rey del gallinero, que hacía –y aún hace- las veces de despertador para la gente de campo.
Aún así, la abuela Ana era, decididamente incansable.
No había salido el sol y ella ya estaba trajinando por la casa, sacando agua del aljibe, preparando las lentejas o pelando papas para el mediodía. La ropa sucia tampoco se escapaba de sus labores y mucho menos la conversación con sus nueras. Al irse de Castelar las jóvenes esposas de sus hijos habían dejado a sus familias en la provincia vecina y ella entendió que debía hacer de ‘madre’ en algunas ocasiones. La escuela la había formado en las letras y en los números, en su juventud; pero la vida la había formado como mujer y la mayoría de las situaciones que vivían sus nueras ya habían sido vividas en carne propia por la sexagenaria Anna.
La casa se terminó de ampliar y refaccionar aproximadamente en 1929 –actualmente figura el año de construcción en la fachada de la misma, frente al campo de Casalis- y fue su colofón un gallo de lata fabricado por mi abuelo y colocado en la parte más elevada del techo, con la cruz de los cuatro puntos cardinales indicando la dirección del viento.
Finalizada la casa principal,  los hijos de mis tatarabuelos comenzaron a construir, al otro lado del campo, una casa mayor para ser ocupada por ellos. “El casado casa quiere”.
A raíz de esta nueva obra en construcción, toda el área de cultivo que ya había sufrido el desmonte necesario después de muchísimas horas de trabajo, quedó dividida en dos partes por un camino que unía la casa de Bailone padre con la de sus hijos, junto a una alambrada extendida a un costado de la senda.
El camino tenía, aproximadamente mil metros y era utilizado especialmente por las mujeres, quienes nuevamente hacían las veces de ‘albañilas’ para levantar la nueva vivienda.
Mi abuelo no recordaba exactamente si fue en plena labor de construcción de la nueva casa o ya posterior a ello, cuando una calurosa siesta de febrero en la que el calor cocinaba los huevos del gallinero y el polvo seco arañaba la piel como papel de lija, la abuela Anna, que recorría en carro aquel camino de su casa hasta la de sus hijos llevando tachos de leche llenos de agua, al intentar levantar en brazos a una de sus nietas menores que quería subir a su lado, cayó tendida al suelo y nunca más volvió a levantarse. Su corazón se había partido en mil pedazos y con él la escasa alegría que comenzaba a llegar entonces a los Bailone. Sus sueños de inmigrante, el amor por su familia y su ilusión de tener algún día “la scoletta, ij gal e la cros” se fueron con ella aquella misma tarde.
Entonces mi abuelo supo cuál era su destino: “Después del entierro fui hasta el lugar donde había caído muerta la abuela y puse junto a un poste de la alambrada una cruz de madera que había hecho ese día. No era “la cros” con la que ella soñaba, pero era una forma de recordarla para siempre. Al día siguiente metí mis cosas en una bolsa de arpillera, me despedí de todos, en especial de mi amigo y tío Esteban que me acompañó hasta el camino, y me fui a Plaza Clucellas, pueblo de Santa Fe donde necesitaban un electricista. Sin mis padres y sin la abuela Anna, no tenía ya nada que hacer en aquella casa”.


la ‘cros’ de madera
(III parte)

 

“-¿Olvida usted algo?- Ojalá”
Luis Felipe Lomelí
(El emigrante / cuento de 4 palabras)


En la primavera de 1998, residiendo yo en la ciudad de Arroyito, un buen amigo de Plaza Bruno de apellido Cerutti me llevó a conocer la casa de mis tatarabuelos, a escasos 1.000 ó 2.000 metros de la suya.
El propietario de la misma –y del campo- era un hombre de más de 80 años de edad que estaba totalmente ciego, pero que al oír hablar a Cerutti cuando bajamos de la camioneta, lo reconoció de inmediato.
Recorrí la vivienda mientras aquel anciano me contaba cosas de mi familia, y él mismo me llevó al taller ubicado en una piecita aislada, donde mi abuelo había aprendido a manejar las herramientas necesarias para saber electricidad, y donde había fabricado aquel gallo de lata y aquella cruz de madera.
El gallo, por cierto, seguía indicando la dirección del viento arriba del techo, a pesar del óxido que cubría sus alas y su pico. Y para sorpresa mía, en el camino que unía las dos viviendas, a escasos 150 metros antes de llegar a la otra casa, estaba aún colocada, con firmeza a pesar de que los maderos estaban podridos,  la cruz que casi 70 años antes mi abuelo había puesto allí en homenaje a su abuela Anna.
La acomodé, volví a atarla como pude con un poco de alambre que había en el poste y que me acercó Cerutti, le quité como pude los pastos secos que tenía alrededor para que se viera y me quedé algunos minutos observándola, en silencio, pensando en aquellos trozos de madera en pésimo estado, de los que mi abuelo me había hablado tantas y tantas veces. Me había hablado con mucho respeto de aquella cruz, y con el orgullo que sentía por haber sido nieto de Anna Cravero.
Cerutti, de pie a mi lado sin que yo lo notara, me dijo que no me preocupase, que si en 70 años nadie la había tocado, nadie la tocaría en el futuro. “Decile a tu abuelo que la cruz está segura donde él la puso”.
Cuando se lo conté, al regresar a casa, sólo me preguntó si había dejado aquel madero en su sitio: “Claro abuelo. La cruz, aunque ya en mal estado, sigue allí. Donde la pusiste”.
“Así tiene que ser –dijo con esa paz interior y esa sonrisa que tenía a los 87 años de edad, cuando tras una larga vida había quedado a mano con el mundo-. La cruz para que le rece a sus santos, el gallo en lo alto para prevenir el tiempo y la escuelita –desde hace muchos años existe una en Plaza Bruno- para que se puedan educar allí los niños. Todo como ella quería”.
Mi abuelo Ángel Alejandro Bailone, murió siete u ocho meses después de aquella visita mía a Arroyo de Álvarez.
El “Mont”, como la abuela Anna le llamaba, se había quedado en Italia.
Hay cosas que, definitivamente, no caben en una maleta.


saluzzo
(IV parte)

“Durante muchos años creí que los abuelos
sólo existían para contarnos el pasado.
Error.
Los abuelos nos regalan el futuro”
Daniel Salzano
(Quienes y cuándo / La Voz del Interior)


En unas vacaciones del año 2007, hicimos un viaje de placer con mi esposa Susana, y recorrimos Piamonte. Estuvimos, como no podía ser de otra manera, en Saluzzo.
En aquel viaje, quizás porque el objetivo era descansar y desconectar de la rutina, y en especial porque Susana quería recorrer los Alpes y no entendía demasiado cuál era mi objetivo al visitar la tierra de mis antepasados, me conformé con haber conocido la ciudad de mis tatarabuelos, con saber que en la guía telefónica figuraban algunos Bailone y con haber reconocido el castillo que luego fue prisión, en el casco antiguo, la iglesia de San Bernardino también en lo alto de la ciudad y haber contemplado desde arriba los techos y las viviendas que se derraman en el valle.
Aquel viaje resultó un fracaso. A pesar de que conocimos parte de Francia, Cannes y Mónaco, y toda la costa italiana del Mediterráneo hasta Génova, mi objetivo se había perdido en el camino el día después del arribo.
El pasado 27 de diciembre, arrastrado por una necesidad imperiosa de volver cuyo origen no podría explicarlo, volví a Italia.
Volví a Piamonte.
Volví a Saluzzo.
Y a mis raíces.
Estuve allí algo más de diez días, llegando a reunirme incluso con algunos Bailone de la zona, de Raccónigi, Torino, Sampeyre y Saluzzo, y encontré, sin buscarlas, algunas respuestas a preguntas que tenía en el tintero e incluso a otras que aún no se habían formulado.
Descubrí el escudo de los Cravero en uno de aquellos edificios antiguos de Saluzzo, tal como la abuela Anna se lo había contado a mi abuelo Ángel y éste me lo había dicho a mí.
Encontré los tres valles famosos que a fines de 1.800 se llenaban de vides.
Encontré el Po regalando vida.
Encontré el Valle Brondo y los pueblos de San Lázaro, Castellar, Pagno y Brondello, donde nació la mayoría de los Bailone desde el Siglo XVIII hasta el Siglo XX.
Encontré a San Chiaffredo en todas las iglesias de la ciudad, porque es uno de los patronos de Saluzzo.
Encontré a Giuseppe Bailone, de 87 años de edad, y a su hermana de 93, preguntándome por los tres hermanos de su padre Giovanni, de los cuales uno se llamaba Chiaffredo, que habían emigrado a Argentina a principios de Siglo XX y nunca más supieron de ellos.
Encontré la Estación de Trenes desde donde partieron a Génova, para trepar allí en el vapor que los llevó a Argentina. Estuvieron más de 9 horas en el tren, para recorrer algo más de 100 kilómetros.
Encontré los nombres de Carlo y Giovanni Bailone, esculpidos en el mármol en recuerdo de los salucenses caídos en la primera y segunda guerra, respectivamente.
Encontré los Alpes, detrás de la ciudad, y la nieve que decora sus calles adoquinadas durante todo el invierno.
Encontré el camino a Crissolo y la historia del túnel del Monviso, por donde los Bailone cruzaban a Francia en las épocas de falta de trabajo en Italia.
Encontré la tierra de mis tatarabuelos, 125 años después de que ellos la dejaran, con las mismas señas de vida que recordaba la abuela Anna.
Todo lo que ella se había olvidado, aún estaba allí.
Compruébelo usted mismo. Encienda la computadora, conéctese a Internet, coloque en la ventana de arriba www.google.com, y cuando el motor de búsqueda le pida una o varias palabras claves, sólo es necesario colocar “Saluzzo” y darle un click a “imágenes”.
Así lo hice yo, y entonces todo lo que la abuela quería apareció ante mis ojos. Un grupo de viviendas y edificios antiguos, pertenecientes al que fuera el Marquesado de Saluzzo, entre los que se destacan los centros educativos, la escuela de música y el Museo Cavassa –“la scoletta”-. A la izquierda, la cúspide del edificio comunal en lo más alto del pueblo y a la derecha la cúspide de la Iglesia de San Giovanni, de origen medieval, con una cruz de hierro –“la cros”- a media altura y un campanario, alto y esbelto, que fue añadido en 1370 y que termina con una cúspide octogonal y un gallo indicador del tiempo –“ij gal”-, de clara inspiración francesa.  Detrás de esa imagen, con los brazos abiertos y protectores, el Mont Viso –“ij mont”- despliega sus alas blancas -de nieve- para cuidar a su pueblo.
La abuela Anna tenía razón. Todo estaba allí tal y como ella lo había dejado.
Por suerte, 125 años después de su olvido, volvimos a buscarlo.



 
 

 




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