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19-12-2009
ADN

 

Sentada sobre un banco improvisado con dos horquetas de pino clavadas en la tierra y un tronco largo –quizás del mismo ejemplar– atravesado y asentado en ellas, me sorprendió mucho verla a María Helena dejando que el sol le invada la cara. Han pasado doce años desde que ese rostro apareciera por primera vez en televisión y sin embargo su piel sigue estando joven. Así, a simple vista, parace mentira que esa muchacha tenga más de 30 años.
La primera vez que la ví fue en un canal de televisión de Barcelona. Yo hacía cola para conseguir trabajo como productor o como periodista, y ella iba a uno de esos programas sensibleros para pedir que le ayudaran a encontrar a su madre, que la había abandonado al nacer: “No la juzgo. No sé por qué se fue y me dejó en un hogar de niños huérfanos. La que me adoptó, a los 8 años, dice que mi verdadera madre se fue con otro hombre y que mi padre entonces, desesperado, me llevó al asilo. Puede ser, algo de cierto hay en eso porque una de las hermanas del asilo me dijo que quien me había dejado allí era mi padre”.
Ese día salió en la tele e hizo su pedido ante toda España.
Treinta o cuarenta días más tarde, estando yo cómodamente postrado en mi sofá predilecto –el único que tengo en casa– volví a encontrarme con su joven rostro de "yo no fuí" haciendo mi tradicional zapping de las 7 de la tarde. La imagen de su sonrisa aparecía ocupando el primer plano de la pantalla, mientras una rubia verborrágicamente entrenada hablaba de ella y de la búsqueda de su madre. Al final de ese discurso de mujer que intenta salvar al mundo, la rubia miró a los ojos a María Helena y le dijo que aparentemente había encontrado a su progenitora. La rubia no lo dijo de manera cruda, pero si de manera tal que mi amiga derramó 1.264 centímetros cúbicos de lágrimas sobre la alfombra del plató, sin que la imagen de ninguna de esas gotas se perdiera. Entonces apareció desde una piecita que estaba al fondo del estudio, una mujer de la altura de María Helena con un peinado y un rostro muy parecidos a los de mi amiga, que aseguraba llamarse Marta y que denunciaba haber sido engañada por su esposo cuando, 19 años antes, había parido a su única hija. Marta aseguró en ese momento que su hija se llamaba María Helena, y que ése era el nombre que figuraba en el cintillo que, a modo de pulsera, colocan en la muñeca del recién nacido.
El programa conducido por la rubia hizo entonces su show durante 45 minutos, donde las supuestas madre e hija lloraron, soñaron y se aferraron a ese sueño casi como a la vida misma. Al final entró un biólogo, les sacó muestras de la boca con una pequeña espátula blanca de plástico, que se llevó para hacer el estudio de ADN. Los resultados se darían a conocer en unos veinte días.

Quizás hoy Marta ya no lo recuerde. Seguramente ha olvidado su única participación en el programa, su boca abriéndose para dejar actuar al biólogo y su promesa de volver en quince o veinte días, cuando los resultados del estudio de ADN ya estuviesen listos. Quizás hoy, en aquella rústica cocina serrana, sabe más que nadie lo que es ser feliz.
Marta era una mujer sola. Después de su fracaso matrimonial se dedicó a trabajar como cocinera y a buscar a su hija. Fueron casi veinte años de golpear puertas que no se abrían y de pedir ayuda a oídos sordos. Vivía sola en un pequeño apartamento de Salt, en Gerona, gracias a la austera administración de una escasa jubilación por problemas de columna.
María Helena, en cambio, trabajaba. Era una de esas jovencitas que, deslizadas dentro de un oberol rojo, amarillo o naranja, manejan los surtidores de combustible de una gasolinera durante ocho, nueve o diez horas diarias, a cambio de un salario digno. Su padre adoptivo había fallecido y su madre adoptiva seguía viviendo en un pequeño pueblo de Valencia. Mería Helena llevaba al menos dos años sin hablarle.
Cuando la noticia llegó al corazón de esas dos mujeres, fue como si hubiesen caido chaparrones de agua en toneladas, después de diecinueve, casi veinte años de sequía. El más efectivo momento de ternura surgió y llegó a cada una de ellas, y a sus cuerpos, ocupando todo el ancho del torax, pareciendo haber expulsado a la calle toda la angustia con que habían vivido todos esos años.
Como era de esperar, al día siguiente se hablaron por teléfono: una vez por la mañana, una por la tarde y una despedida a la noche.
El segundo día comieron juntas, como madre e hija, en el pequeño apartamento de Marta y a la semana María Helena ya se había instalado a vivir allí. “Ahora vivo con mi madre”, decía a todo el mundo con una alegría envidiable y una sonrisa que le blanqueaba los dientes.

*****

Doce años más tarde, sentada en ese banco de pino, la sonrisa mantiene la misma blancura y su rostro la misma alegría.
– ¿En qué le puedo servir? -me dijo cuando se percató de mi presencia-.
– Quiero hacerte una entrevista a tí y a tu madre.
Se sonrió sin mirarme. Luego me dijo, mirándome, que me la concedía, siempre y cuando fuera para hablar de San Valentín, la zona serrana donde vivían, a escasa legua y media de la capilla del mismo nombre, en algún rincón de España.

*****

Pasados los desesperantes veinte días desde su primer encuentro cara a cara, la rubia del programa sensiblero del canal barcelonés tenía todo preparado aquel viernes. Iba a ser un programa de mucho rating. El biólogo había confirmado que tenía los resultados del ADN y las mujeres, que desde hacía quince días vivían juntas como madre e hija, iban a saber si en efecto lo eran.
El programa comenzó presentando otros casos: una muchacha obesa que aseguraba que su novio le engañaba; un aldeano subnormal de tierra adentro en Galicia que fue a declararle su amor a la joven más hermosa de su pueblo y un tío muy celoso que no quería que su esposa usara minifaldas.... sin bragas.
Pasados los tres casos, la rubia comenzó a desesperarse porque Marta y María Helena, madre e hija, no aparecían por el plató, ni por el programa, ni por el estudio, ni por el canal. Encima, hechas las averiguaciones del caso, el biólogo confirmó lo mas terrible: él no podía dar a conocer los resultados del estudio de ADN sin el claro consentimiento de las afectadas. Necesitaba la aprobación de ambas para poder dar a conocer los resultados públicamente.
Pasó la hora y media de programa con grabaciones de programas anteriores pues las dos mujeres faltaron a la cita sin previo aviso. La rubia se despidió esa tarde, asegurando que lamentaba que esas dos mujeres no quisieran saber la verdad, que no quisieran conocer gracias a la ciencia, si eran madre e hija.
Nunca más se supo de ellas; ni de Marta, ni de María Helena, ni de la rubia y verborrágica conductora de TV.

“Desde ese día es que vivimos acá. El lugar nos lo ofreció un viejo cura que venía a dar misa todos los viernes a la capilla y en seguida dijimos que sí. Al programa, como te imaginarás, nunca llegamos a verlo porque salimos de casa a eso de las 2 de la tarde”, me explica María Helena mientras aún permanece sentada en el banco de pino, sobre el tronco que duerme en las horquetas.
Marta sale de la casa restregándose la harina de los dedos y la llama con dulzura. La comida está servida.

– ¿Quiere comer algo con nosotras?
– ... Bueno, ¿por qué no?. Caminar una legua por estas sierras abre el apetito...
– Venga, vamos. Marta cocina muy bien.

– A propósito de eso... ¿no me ibas a contar como es la vida de dos mujeres solas en el medio de este paisaje...?
– Mi madre, Marta, lo hará mejor que yo. Ella es la de los milagros. Además tiene ganas de hablar. ¿No vio como se sacaba la mentira de los dedos?. Venga hombre, que no todos los días se tiene la oportunidad de comer con madre e hija que se reencontraron después de 20 años.
– Bueno, eso es relativo. El ADN no lo confirmó.
– Nunca nos hizo falta confirmarlo.

Comimos un cocido especial. Con pan de la casa amasado a mano.

 

 
 

 




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