Sintió los vellos al rozar con sus manos y de inmediato se fue a ver en un espejo. Era el esperado bigote. Ahora sí se sentiría un adulto y podría dejarlo crecer para coquetear con él o para que las féminas crean que ya era mayor.
A decir verdad, eran como un partido de baloncesto: cinco y cinco a cada lado, pero Tomás los peinó al mejor estilo Salvador Dalí, para sentirse más importante.
Hay gatos que no se conforman con cualquier bigote.