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21-04-2009
gran Boogie

Apoyado sobre la planta de su pierna derecha en la pared, el cuerpo de Boogie, cada vez más aceitoso, esperaba silencioso y en guardia, quiero decir tenso, desde hacía unos minutos. “Llegas tarde”, me dijo con la dulzura con la que sólo trató a dos o tres personas en su vida: el Negro Fontanarrosa –su progenitor-,  alguno de sus jefes de turno –me refiero a alguno que le haya pagado mucho dinero por algún trabajito especial- y su muñeca inflable.
Sosteniendo el Ducados en la pinza de los dedos índice y pulgar de su mano derecha, echó un escupitajo de lado, de esos que le gusta sacar a él de sus labios usando el borde de sus dientes como catapulta: sspputtt. Llevaba una camiseta blanca que alguna vez correspondió con su talla y un saco sport, de media estación. El pantalón, de jeans, tenía varias semanas sin entrar a una lavadora pero los borcegos –su calzado durante todo el año- estaban casi nuevos, lo que despertó mi sorpresa: “¿De estreno?”, le pregunté señalando con la mirada hacia el suelo, como indicando su calzado. “No”, me dijo, y abriendo su chaqueta en el lateral derecho, a la altura de sus costillas vi como su Magnum de toda la vida asomaba brillante y aseada, como la calvicie de la ‘Brujita’ Verón antes de un partido importante. “Es la de siempre”.
Estaba cambiado. Muy cambiado. Llevaba al menos 5 años sin verlo y la diferencia de su imagen se podría resumir en kilos y olor de más, pero menos palabras y menos pelos. Su olfato de asesino a sueldo le ayudó a detectar lo que yo pensaba y sin pregunta ni comentario previo, me dio el aviso: “Estoy más viejo. Y más gordo. Pero tú tampoco te salvas de ello”.
La última vez que nos vimos también fue para ir al cine. Era el año 2004,  él había llegado a Barcelona por un trabajo y nos juntamos para ver el estreno de ‘Million Dollar Baby’. Sólo ve películas de Clint Eastwood en el cine y algún que otro policial de cine negro.


- ¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos?
- Claro que me acuerdo. En Barcelona, Boggie. Vimos…
- La última telenovela de Harry. La niña que se vuelve paralítica en un ring. Que puta mierda.
- Bueno, tampoco fue así…
- Fue peor –dijo levantando un poco la voz-. Encima ni siquiera tuvo huevos para matarla como corresponde, levantándole la tapa de los sesos.
- Joer, Boogie, no cambias nunca. Es cine…
- Es una puta mierda. Harry ya no es el mismo. Y hoy, ¿que hará?, ¿tirará al mar la llave de su Torino?


Por primera vez en mi vida entendía el mal humor de Boogie el aceitoso. Llevaba casi dos años intentando en vano superar la muerte del Negro Fontanarrosa; su Magnum, aunque impecable y lustrosa, llevaba tres o cuatro años sin trabajar; había perdido el pelo por partes en su frente, por lo que su calvicie le dejaba ver una isla de cabellos al estilo Condorito y, lo que es peor, su ídolo máximo y razón de su vida, Harry el Sucio –Clint Eastwood- había dejado de matar a sangre fría en sus películas para dedicarse a enamorar cuarentonas en los puentes de Madison, hacer viajes al espacio con otros veteranos pelotudos ó enseñar box a una pendeja a la que ni siquiera se llevó a la cama.
Además, y esto podría ser lo más grave, había pinchado su muñeca inflable tres días antes y sus hormonas le estaban jugando una mala pasada: “Ya sabes como me pongo sin mi chica”, dijo al contármelo.
Las entradas las saqué yo, aunque él fue quien mi invitó. En realidad, ese es el objetivo por el cual me invita. Nos sentamos a mitad de sala, más cerca de la pantalla que las veces anteriores y al bajar las luces noté con sorpresa su primer gruñido: “Si te ríes, eres hombre muerto”, me dijo apoyándome la punta del cañón de su magnum en mi sien. Entendí a lo que se refería cuando guardó el arma y sacó un estuche de gafas. “Si no las uso me cuesta leer”, explicó.
Su alto poder de concentración, único e incomparable, sólo aparece en algunas ocasiones en la vida de Boogie: cuando tiene que matar a alguien y/o ver una película de Harry. ‘Gran Torino’ era motivo más que suficiente para que apareciera en él esta característica, al igual que la de escupir en el suelo constantemente, la de gruñir cada vez que aparecía en la pantalla la anciana asiática, la de repetir al menos unas treinta veces “¡mátalo!” cuando la imagen mostraba a Eastwood armado, la de pegar un golpe suave en el apoyabrazos de su asiento cuando aparecía el cura o una iglesia y la de mostrar su sorpresa cuando el principal protagonista de la cinta, el ‘Gran Torino’, aparecía en escena.
Cuando terminaron los títulos y la luz de la sala volvió a encenderse, sólo me dijo que le hubiese gustado tener uno de esos. Pensé -y en realidad aún lo creo así- que se refería al coche, un Ford ‘Gran Torino’ de 1972 americano, impecable y lustroso, de color verde y metal que estaba totalmente original de fábrica.
En realidad creo que se refería al rifle o la escopeta o la carabina que usó Harry en la película.
Encendió un Ducados antes de salir de la sala y cuando la joven de la taquilla le aclaró que allí no se podía fumar, apagó el cigarrillo en el mismo cristal de la venta de entradas: “Como quieras, nena”.
Salimos caminando. Cruzamos callados toda la zona de aparcamientos y cuando casi estábamos llegando a mi coche, un sonido extraño llamó la atención de nuestros oídos. Dos chavales, de no más de 18 años, se estaban cargando el equipo de sonido de un Renault Clío. Alcancé a esconderme detrás de una camioneta, pero él prefirió encararlos, mirarlos de frente.


- Sigue tu camino, viejo –advirtió uno de los chavales-
- No quiero.
- ¿Qué quieres entonces?
- Ver como trabajas. Sólo eso.

La situación era tensa. Uno de los delincuentes seguía trabajando dentro del coche para quitar el stéreo y el otro, el que conversaba con Boogie, seguía mirándolo con asco, como si lo conociera de toda la vida, con la mano metida en su americana y apuntando a su barriga.
Boogie se lo tomó con calma, como siempre lo hace en estos casos. Puso otro cigarrillo Ducados en su boca, abrió las manos a ambos lados de su cuerpo mostrando que estaban vacías y pidió fuego para encenderlo. Cuando los chavales dijeron que no tenían, me habló sobre su hombro derecho: “¿Tienes tú?”. Le dije que no y le aclaré que antes, al salir del cine, lo había encendido con su viejo Zippo, el que le recuerda su paso por la Guerra de Vietnam.
Suavemente, con cautela, comenzó a desplazar su mano derecha hacia el interior izquierdo de su chaqueta, a la altura de su pecho. “Creo que tengo algo por aquí”, afirmó.
El silencio que mataba la noche se cortó por el chasquido metálica que salió del bolsillo abultado de la americana del delincuente: “No se te ocurra hacer estupideces, viejo”: el chaval estaba muy asustado.
Boogie siguió metiendo su mano hasta llegar al bolsillo interno y cuando comenzó a sacarla con más suavidad que antes, el joven delincuente manoteó a su amigo y lo sacó del Clío, para marcharse corriendo, sin dejar de mirar a Boogie y sin dejar de advertirle y sin dejar de apuntarle con el bolsillo de su americana.
Me levanté de mi escondite detrás de la camioneta mientras escuchaba el chasquido del Zippo en los dedos de Boogie. “Tengo hambre”, dijo. “Las películas de amor me dan hambre”.
Lo miré a sus espaldas y, como un cumplido, le pregunté si estaba bien, si todo estaba en orden.
“Llegas tarde”, volvió a decir con la dulzura con la que sólo trató a dos o tres personas en su vida: el Negro Fontanarrosa –su progenitor-,  alguno de sus jefes de turno –me refiero a alguno que le haya pagado mucho dinero por algún trabajito especial- y su muñeca inflable.

 


 
 

 




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