Desde el antiguo mostrador de madera y vidrio, el anciano se demoró en atender al joven y ansioso muchacho. En realidad, aquel hombre octogenario de gafas y escaso pelo cano, no demoró más de 5 segundos en levantar la vista para prestar atención al cliente, pero éste, por su estado, pensó que habían pasado varios minutos.
- ¿No quiere atenderme? –preguntó el joven ansioso-
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Si. Claro hombre. ¿Por qué no iba a hacerlo? Sepa disculpar usted mi lentitud, pero a mi edad uno ya no es una luz.
La particular Casa de Empeños de la calle Rodríguez Peña, con más de 80 años de antigüedad, recibía a diario a clientes como éste. Gente joven, desahuciada, engañada quizás, que tarde a temprano llegaba a verlo a don Cosme Ladrón de Guevara para que le compre sus ánimas hechas pedazos.
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Vengo a vender una bronca que tengo.
- ¿Suya? –preguntó Don Cosme-
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Si, mía. Bronca de amor, ¿sabe?
- Mmmm. ¿De amor decís? ¿Estás seguro que es bronca? ¿No será tristeza?
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No se. Yo creo que es bronca, aunque no lo niego, triste estoy.
El anciano Ladrón de Guevara hizo pasar al joven ansioso a la parte trasera de la Casa de Empeños y pidiéndole que se quite el abrigo comenzó a revisarlo con un estetoscopio de médico, una lupa de joyero y un aparato electrónico de esos que se usan en la playa para encontrar oro o plata en la arena.
Primero midió, con un calibre de ingeniería, el tamaño de las ojeras del muchacho. Después revisó una y otra vez la piel de su rostro, el pliegue de sus manos y la sequedad de sus labios. A continuación revisó con la lupa buscapelos, el color azulado de los párpados, la falta de brillo en los dientes del joven y la sequedad de sus ojos resquebrajados, como si sus glándulas lagrimales no hubiesen fabricado humedad en las últimas horas o la que hubiesen elaborado no haya sido suficiente. Finalmente, y sin que el cliente se diera cuenta, dio un rápido vistazo a su ropa y su calzado. “Ya está”, le dijo mientras le hacía seña para que volviera a incorporarse en la camilla. “No puedo comprarte nada”, fue la respuesta del anciano y de inmediato se dirigió hacia el sector de atención al público.
“¿Cómo que no?” preguntó en voz baja el muchacho, mientras abandonaba la camilla y se terminaba de poner el abrigo de lana que se había quitado antes de la revisión.
El anciano retomó la calma del principio, le pidió al cliente que volviera a ocupar su lugar del otro lado del enorme mostrador de madera y vidrio, y acomodándose las gafas de espesos cristales vedes, volvió a repetir las cuatro palabras que había pronunciado hacía escasos segundos: “No puedo comprarte nada”.
Cosme Ladrón de Guevara conocía el negocio de los empeños como nadie en el mundo. Su vida, incluso la de sus progenitores, se había hecho dentro de esas cuatro paredes, desde el momento en que Robustiano, su padre, y Esterofilda, su madre, abrieron las puertas de ‘Los Porteños – Casa de Empeños’ a principios del Siglo XX. En ese negocio dio sus primeros pasos, cortó su primer diente, aprendió a leer y a escribir, e incluso rompió su primer cristal de la vidriera con una pelota de goma. Todos los secretos y las mentiras que encerraba el comercio de los empeños, los conocía de memoria, llegando a ser, incluso, creador y diseñador de muchos de ellos. El trato comercial con personas desesperadas era su profesión, y el reconocimiento de los valores en venta era su postgrado.
“Lo suyo no es bronca”, dijo para comenzar a aclarar la respuesta negativa repetida dos veces con anterioridad. “Lo suyo, clara y decididamente, es tristeza. Y la tristeza, estimado muchacho, no se comercializa en esta Casa de Empeños. En realidad, no se comercializa en ninguna Casa de Empeños de las que aún quedan vivas”, afirmó Don Cosme.
El joven, aún acomodando su abrigo de lana, un poco sucio y ajado, no salía de su asombro. Antes de que pudiera formular más preguntas, fue el propietario del comercio quien se adelantó con una.
- ¿Cuánto hace que no duerme?
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Uhh. Mucho. Llevo al menos un par de días durmiendo muy mal.
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¿Y cuánto hace que no come comida caliente, como Dios manda?
- De eso hace, por lo menos una semana.
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Fue una mujer, ¿verdad?
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Si. Si –dijo el muchacho que entendió claramente a lo que apuntaba la pregunta-.
El anciano volvió a acomodar sus pesadas gafas en su enorme nariz dantesca, y cogiendo un anotador húsares y un lápiz plateado, se dispuso a explicar con mayores detalles. “Lo tuyo es un desengaño. Está clarito hasta en las manchas de tu pantalón. El tema es que, un desengaño amoroso con una mujer que se va con otro hombre, suele tener una de las dos o incluso las dos reacciones que tú confundes: bronca -que puede llegar hasta el odio- y tristeza. Todo depende del amor que hayas sentido por la mujer en cuestión y de la gravedad del hecho”. El joven, mirando hacia el suelo, murmuró que la mujer le había engañado en reiteradas ocasiones, que la amaba con locura y que en realidad, su corazón estaba hecho pedazos. Entonces Don Cosme fue tajante: “Es tristeza. La bronca aún no hizo su aparición y mejor que por ahora no aparezca. Es tristeza y de las buenas. Se podría decir que es una de esas tristezas con denominación de origen. Tomátelo con calma, regresá a tu casa y volvé a verme cuando hayas recuperado por completo el sueño sin necesidad de acostarte o levantarte pensando en ella”.
El joven, que se retiró sin preguntar siquiera por qué ‘Los Porteños – Casa de Empeños’ no había querido comprar su tristeza, o el por qué de esa decisión rotunda de no hacerlo como lo había expresa su propietario, sólo giró su cabeza hasta ponerla paralela sus hombros para preguntar a Don Cosme si sabía cuánto tiempo podía durarle esa tristeza. “Mirá pibe, hay quienes aseguran que en tres o cuatro meses se te va; y otros que sostienen que si encontrás otra mina, se te va enseguida, como si un clavo quitara otro clavo. Pero en realidad, los que saben del tema aseguran que son, como mínimo, 19 días y 500 noches”.
Quizás por los años -más de 80- o por la lástima que le despertó la imagen del muchacho, Don Cosme prefirió no entrar en detalles con respecto a lo que el joven padecía. Llevaba toda su vida, como dije antes, dentro de esa Casa de Empeños y conocía de sobra el dolor de aquel joven. “¡Qué tristeza!”, pensó para si mismo: “Este no vuelve con otra mujer por dos o tres años”.
‘Los Porteños – Casa de Empeños’ era el único negocio de este tipo que quedaba en la ciudad de Buenos Aires, y que aún compraba sensaciones y deseos. Además, era el único autorizado por las Naciones Unidas para guardar recuerdos en la República Argentina.
El negocio funcionaba, en el tema de los recuerdos, como las peleterías que tienen cámaras especialmente refrigeradas donde se guardan los tapados de piel y los abrigos más caros. Con los recuerdos ocurría algo similar; el cliente venía, entregaba un recuerdo bonito –ese era el único requisito- que se guardaba en una cajita metálica similar a las cajas de seguridad bancarias donde se depositan las joyas o las documentaciones importantes, y pagaba por el resguardo y la seguridad de ese recuerdo por un tiempo determinado: 5, 10, 15 ó 20 años, sin importar el tamaño del recuerdo. Si pasado ese tiempo el cliente no volvía por su recuerdo, la casa de empeños podía hacer con él lo que le pareciera. Don Cosme no recordaba con exactitud cuántos, pero eran miles los recuerdos ya vencidos que nunca fueron retirados por sus dueños y que aún seguían almacenados en su depósito de seguridad. Bromeando, el anciano solía decir que nunca “recordaba” tirarlos.
Con las sensaciones y deseos, en cambio, se daba un negocio de compra-venta que beneficiaba a ambas partes –cliente y comerciante- y que funcionaba de la misma forma que con cualquier otro artículo antiguo, solo que combinando los dos tiempos verbales: se compraba lo que se sentía en la actualidad para venderse en el futuro. Es decir, las sensaciones buenas o malas que estaba sintiendo en ese momento el cliente, eran adquiridas por la Casa de Empeños de acuerdo a una tabla de valores ya establecidos, y posteriormente se vendían a clientes que las requerían, bien para su goce personal –en el caso de las buenas sensaciones-, bien para pasárselas a enemigos, suegras, abogados, gerentes de Bancos o jefes de trabajo –en el caso de las malas sensaciones-, siempre contando con la total discreción de la empresa vendedora.
La norma de la empresa ‘Los Porteños – Casa de Empeños’ establecía como única negativa en su Manual de Estilo, artículo 4 de los Estatutos Fundacionales, la no comercialización de artículos de delicado tratamiento, como lo son la Tristeza y la Muerte. Todo lo demás, incluidas epidemias, enfermedades crónicas, venéreas, hambre, sed, calor, dolor de muelas y dolor de oído; podían comercializarse sin inconvenientes, siempre bajo la aceptación total de parte del comprador y la citada discreción de la empresa vendedora.
Para qué negarlo. Don Cosme vendía algunas latas de sonrisas durante todo el año, alegrías para el Día del Padre o de la Madre, buenos deseos en fechas especiales e incluso buen sabor de boca en semana santa, cuando la vigilia prohibía comer carne. Algunos maridos cariñosos se llevaban orgasmos femeninos para sus aniversarios de boda y no faltaba quien, previendo un mal rato por una noche de juerga, le llevaba a su esposa un buen despertar, que Don Cosme siempre tenía a un costo muy elevado.
Pero en realidad lo que más se vendía era lo otro. Miles y miles de frascos de envidia durante todo el año, penas por docenas, dolores a montones, angustias de todo tipo (ansiedades, nudos en la garganta y nudos en el estómago), sequedad de vientre, impotencias de todas las características y desquicias en todas sus magnitudes (tanto las que quitan seguridad o paciencia en una persona, como las que alteran, exasperan y trastornan a un ser humano). El negocio redituable estaba, por lo tanto, en comprar por monedas a los desesperados sufrientes las desagradables sensaciones que tenían en esos momentos, para venderlas a futuro como deseos y a precios de fortuna.
En el 90% de los casos se compraban malas sensaciones y en el 95% de las salidas eran también malas las que se vendían como deseos. “Los clientes -afirmaba Don Cosme- gastaban más en deseos para el prójimo que en satisfacer los suyos propios. Por ejemplo: una mujer que acababa de hacer pintar el frente de su casa gastaba en la obra menos de la mitad de la mitad de lo que invertía en envidia para su vecina; o en caso de un posible ascenso en una empresa, la sequedad de vientre del supuesto rival para el puesto costaba lo que el nuevo jefe podría llegar a ganar en los seis primeros meses en el cargo”.
También es cierto que las otras, las buenas sensaciones, se conseguían a duras penas, pero los buenos deseos ya casi no se vendían: “Este año, en lo que va del año, vendí siete: dos alegrías, dos sorpresas agradables de cumpleaños, un orgasmo para una señora que cumplía 25 años de casada, una falta envido ganada con 27 puntos de mano y una miserable sonrisa de un jefe no menos miserable para su empleada, en el Día de la Secretaria”, afirmó Don Cosme el verano pasado entrevistado en una radio de frecuencia modulada.
Pero volviendo al tema que nos interesa, ‘Los Porteños – Casa de Empeños’ volvió a recibir al joven decepcionado después del plazo previsto. En realidad fue algunos días después de haberse cumplido las 500 noches cuando el muchacho se presentó en el mostrador para vender su bronca.
- Buen día.
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Ohhh. Buen día muchacho. Lo veo mucho mejor que la última vez –dijo el anciano al saludar-
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Vengo a vender una bronca vieja. Jeje. Usted sabe a lo que me refiero –afirmó el joven que hacía más de un año había entrado al negocio con toda la tristeza dibujada en su rostro-.
Don Cosme le dio la mano y después de saludarlo recogió la bolsa plástica que el joven traía consigo. Era el abrigo de lana, tal como lo había lucido la última vez que entró en ‘Los Porteños’.
El anciano hizo su trabajo: sin sacar el abrigo de la bolsa plástica revisó el tejido del derecho y del revés con una lupa de joyero, olió la lana como quien intenta descubrir el buqué de un vino que no tiene la temperatura adecuada y frotando la lana entre sus dedos, en círculo, escuchó el sonido que desprendía el roce de lo natural con lo sintético. Después buscó con calma las manchas de mugre y finalmente, guardando el tejido nuevamente en la bolsa cerrada, miró a los ojos a su propietario.
“Está bien”, dijo don Cosme. “Veo que ya estás mejor. Son 22 pesos”, y a continuación retiró el dinero de la caja para entregárselo al vendedor de la bronca.
Agradecido, el muchacho volvió a dar la mano al anciano y se retiró con la frente en alto, como quien acaba de entregar el álbum lleno de figuritas y recibe a cambio una pelota de fútbol número 5. En la puerta de entrada, otro joven vestido con ropa deportiva y con un bolso de futbolista en la mano, ingresaba a ‘Los Porteños –Casa de Empeños’ con la urgencia de quien busca un baño, o mejor aún, de quien tras haber usado el baño busca desesperado el rollo de papel higiénico.
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¿Usté é don Cosme?
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Así es –contestó el anciano que aún mantenía en su mano la bolsa plástica blanca con el abrigo de lana dentro-
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Vengo a verlo de parte de Ricardito. Él me dijo que viniera hoy…
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Ahhh, si, si. Te dijo que para hoy te iba a tener todo preparado. ¿Vos sos el del descenso?
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Claaarooooo. Yo soy Nacho. No me importa perder ¿sabe?, pero no quiero que ellos se vayan contentos. ¿Me entiende don Cosme?
- ¿Cómo no te voy a entender? Claro. No te preocupes de nada. Acá tenés el paquete –dijo el anciano entregándole la bolsa de plástico blanca con el abrigo de lana dentro-.
Nacho, el jugador de fútbol, metió la bolsa debajo del brazo y sacó la billetera del bolsillo del pantalón para entregarle a don Cosme 1.856 pesos. “¿Está bien así?”, preguntó después de que don Cosme contara el dinero.
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Está perfecto, pibe. Tal como lo arreglamos con Ricardito.
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¿Sólo me lo tengo que poner? –preguntó el jugador de fútbol refiriéndose al abrigo de lana-
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No. No es necesario. Con que lo tengas dentro de tu bolso ya es suficiente.
- ¿Tiene todo?
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Todo, pibe. Tiene bastante bronca, ira de primera calidad, varios enojos, malos ratos, noches sin dormir, penas, muchas impotencias, desconfianzas, angustias de todo tipo y dolores de cabeza de los más complejos, esos que vienen con nudos en la garganta y ganas de llorar a cada rato.
- ¿Todo eso? Jejeje. ¿Y usted me garantiza que funciona?
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Claro que sí. La mercadería que sale de ‘Los Porteños’ tiene garantía.
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Si, si. Me lo dijo Ricardito. Por eso confío en usted, sino no lo haría. Llevo más de un año ahorrando esta guita. Me costó juntarla.
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Te entiendo.
El joven jugador de fútbol agradeció, saludó efusivo al anciano vendedor y se retiró con la misma urgencia con que, algunos minutos antes, había entrado al comercio.
Al llegar a la puerta de entrada se detuvo. Se giró, más con el cuello que con el cuerpo, y mirando a don Cosme de soslayo le preguntó, por curiosidad solamente, cuanto tiempo le llevaba preparar ese abrigo con tantos malos deseos.
- Mirá pibe… Son, como mínimo, 19 días y 500 noches.
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