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18-06-2009
el Cabeza


Llegamos con el Guille a la casa del Cabeza como a las once y media de la noche. "A esta hora la fiesta es nuestra", dijo él, que conocía mejor al cumpleañero y sus horarios.
El Guille se había encargado de todos los accesorios necesarios para la fiesta de cumpleaños del Cabeza: globos –eran preservativos inflados-, la torta -gigante al estilo yanqui-, los payasos -en realidad payasas: dos stripers disfrazadas que saldrían del pastel al apagar el cumpleañero las velitas-, regalos -seis amiguitas que consiguió en el Parque Sarmiento a precio accesible- y la música -de la Mona Jiménez, Trula y Chébere, lo mejor de Córdoba-.
Nos reunimos con el resto de nuestros amigos en el Kiosco del Chupe, que está a la vuelta de la casa del Cabeza. Javier, el Pablo y Boluca se quedaron locos con las chicas del Parque Sarmiento. Enseguida se hicieron los novios.
"Entramos de una que tengo la llave" dijo el Guille, que a veces utilizaba la casa del Cabeza -donde éste vivía solo- a modo de bulín.
En efecto abrimos la puerta y en tropel nos metimos a la vivienda, con las chicas primero mostrando sus dotes y cantando "happy birthday, Ca-be-za... happyyyy birthdayyyyy, happy birthday...".
No estaba solo.
Estaba con toda la familia.
Y cuando digo "toda la familia" me refiero a toda su familia: sus padres, sus cinco hermanos, la Abuela Clara que la conocíamos por las empanadas que preparaba, y el Tío Ernesto -hermano del padre del Cabeza- que era sacerdote franciscano y que en esta ocasión se había llevado hasta la túnica marrón reluciente y las sandalias lustradas.
Las chicas (en tanga las seis) se taparon los pechos como pudieron para no ofender a la familia mientras nosotros, con disimulo, las sacábamos a la calle pidiendo disculpas. Javier, el Pablo y Boluca seguían haciéndose los novios.
El Cabeza salió a la acera contorsionándose de risa. Agradeció el gesto y nos pidió que volviéramos en una hora, que se sacaba a toda la familia de encima. "Menos mal que no estaban mis padrinos -dijo- que son del Opus" y siguió despanzándose de risa.
No volvimos.
Pagamos a las chicas lo convenido y las llevamos de nuevo al Parque Sarmiento. Bueno, en realidad sólo a tres de ellas porque las otras tres se quedaron con Javier, el Pablo y Boluca, que tenían una alegría enorme; tan bien se la pasaron esa noche que todavía recuerdan aquel cumpleaños del Cabeza.
Volví a casa a las 4 de la madrugada. No tenía sueño, pero sí tenía hambre. Abrí la heladera y sólo quedaba un limón sin exprimir. Bebí agua mientras preparé unos mates. “Con gusto me comería una empanada”, pensé.
El Cabeza se cansó de esperarnos esa noche.
Javier, el Pablo y Boluca estuvieron enamorados de las chicas del Parque Sarmiento hasta el mediodía.
La Abuela Clara nunca más nos invitó a comer empanadas.



 
 
 
 

 




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