Tarritos Comunicación Literatura Escritura Textos Poesía Periodismo Literatura Periodismo Escritura Libros Escritores Textos Ficción No-ficción Narrativa  


www.tarritos.es


 
08-01-2010
carbón para la niña

 

Llegado el invierno, la cruda realidad de Aidita y su abuela se disfrazó de frío, humedad y escasa comida en la vieja vivienda donde vivían.
Doña Piedad cruzó muy mal el camino del verano y del otoño, y al entrar en los primeros fríos de noviembre la humedad de la zona de Portinatx, en el norte de la isla, se metió hasta sus huesos disfrazada de artrosis o reuma (o ambas cosas a la vez), y la tiró a la cama. Desde entonces se hicieron inseparables, abandonando una a la otra sólo para cambiar las sábanas.
La pensión por viudez que recibía la abuela de Aidita era el único ingreso de la casa. De su madre, Aidita nunca tuvo noticias y en medio de tal desajuste la niña, de apenas 9 años de edad, debió madurar de golpe para sobrevivir.
Lo que quiero decir es que en aquel crudo invierno ibicenco en Portinatx, la pequeña se hizo adulta a la fuerza con todo lo que esto suponía: aprender las trampas de los adultos, perder la inocencia en algunos aspectos de su niñez y resolver la cotidianeidad de ella y de su abuela Piedad aunque eso implique robar el fruto de los pescadores en la mañana temprana, hacerse de leña que no le era propia para el brasero y la cocina, juntar espárragos e hinojo silvestre para inventar platos especiales, cocinar huevos frescos que se metieron en su bolsa en algún gallinero vecino sin que ella se diera cuenta e incluso notar como en el supermercado los enlatados más pequeños se quedaban encerrados en los bolsillos de su abrigo sin salir para pasar su código de barras en la caja.
En un principio, en el pueblo nadie notaba la diferencia, quizás porque en la escuela Aidita seguía siendo la misma de siempre. Una alumna de excelentes cualidades de aprendizaje, lectora e interesada en su educación; colaboradora y muy buena compañera. Un ejemplo con el que se llenaban la boca las madres y los padres nefastos que no encontraban en sus hijos al abanderado con el que soñaban.
Cuando diciembre entró en su primera semana, Aidita comenzó a tener un comportamiento un tanto extraño. Contestó muy mal a su maestra en un par de ocasiones, hizo llorar a una compañera de clases rebajándola con sus conocimientos e incluso llegó a ser descubierta mientras pinchaba los neumáticos de las bicicletas de los demás niños, con una hoja de yuca.
Ya en la segunda semana la dueña de una verdulería la sorprendió robándole coles y en el supermercado se le fueron las latas al suelo cuando salía de la caja porque la tela de su abrigo terminó rompiéndose. En ambos casos se le perdonó por pedido de la trabajadora social del Ayuntamiento, pero en el caso de la panadería no hubo perdón, y el robo de dos baguettes metidos en los pantalones de la niña terminó en una denuncia policial.
Pasada la primera quincena de diciembre, el tema de Aidita y su abuela Piedad preocupaba en todo el pueblo. Algo había ocurrido con esa niña que generaba este cambio de actitud y de conducta.
Ella, en tanto, seguía con su postura antisocial, sin saludar a sus vecinos, haciendo pasar malos ratos a sus compañeros de clase o con bromas pesadas a sus amiguitas.
Para fin de año la tristeza inundó la vivienda de las dos mujeres, donde el brasero hacía días que no ardía porque la escasa leña que quedaba se guardaba para la comida.
El frío les hizo pasar una pésima nochevieja. “No te preocupes abuela. Dentro de poco vamos a estar mejor”, aseguraba la niña a Doña Piedad, tratando de tranquilizarla.
El 1 de enero a primera hora de la mañana, con una piedra del tamaño de su mano, Aidita pasó por la verdulería y destrozó los huevos expuestos en la acera.
El 2 de enero, en el supermercado de siempre, agujereó con sus dedos todos los paquetes envasados al vacío que estaban en las neveras y los estantes.
El día 3, aprovechando que había llovido, llenó de barro el buzón grande donde todo el mundo depositaba sus cartas; y los días 4 y 5 se dedicó a ensuciar a la gente con agua de cuneta, haciéndolo principalmente a sus espaldas.
Obviamente, cuando antes de las 7 de la mañana del 6 de enero sus ojos se asomaron al frío cristal verdoso del ventanal de la cocina, no encontraron otro regalo de Reyes que carbón. Dos enormes bolsas de carbón esperaban en la puerta de la casa de la niña que, a pesar de haber tenido un buen año hasta diciembre, arruinó todo su comportamiento con la actitud de las últimas semanas, y en especial de los últimos días.
Cuando salió a la puerta, una vecina la miró con tristeza y rencor, como diciéndole que no se merecía otra cosa. Ella simplemente comenzó a hacer fuerza, halando del cierre del enorme saco de carbón, para meterlo en la casa.
Solita, sin ayuda, metió el carbón en la cocina.
Por un instante, mientras aquella niña desobediente y mala cortaba la cuerda que mantenía cerrado uno de los sacos que le habían traído los Reyes Magos, pensó en el daño que había hecho en los últimos días; en su actitud mezquina, dañina. Pensó en salir a pedir perdón casa por casa en todo Portinatx por lo que había hecho. E incluso se prometió a sí misma escribir una extensa carta a Melchor, Gaspar y Baltasar, dando explicaciones y detalles de lo ocurrido.
Sabía que ese año se merecía el carbón.
Sabía que ese año era justa la vieja costumbre de los Reyes de Oriente de castigar a las niñas que se portan mal llevándoles carbón en lugar de regalos.
Sabía, desde hacía tres o cuatro semanas, que el Paje Carbonilla enviado por los Reyes Magos a Portinatx y encargado de vigilar a los niños durante todo el año para saber si habían sido buenos o malos, no le perdonaría las pinchaduras en los neumáticos de las bicicletas.
Sabía, incluso, que había sido él mismo el encargado de poner los dos enormes sacos de carbón en su puerta.
Por eso, porque lo sabía, no sintió culpa por lo que había hecho.
Más tranquila consigo misma, quitó por fin la cuerda que ceñía el enorme saco de arpillera y comenzó a sacar el carbón de dentro.
Antes de que la abuela despertara el brasero ya estaba encendido.

 

 
 

 




ACERCA DE TARRITOS


Tarritos Web de Marcelo Bailone González Ángel Eusebio
LA WEB
www.tarritos.es
Leer más >

 
     
  El Autor Marcelo Bailone González Ángel Eusebio Periodista Escritor Narrador Cuentista
EL AUTOR
Ángel Eusebio
Leer más >
 
     
  Libro de Marcelo Bailone González Ángel Eusebio Cuentos Relatos Las Mujeres de antes no usaban teléfono
LA OBRA
Libros del autor
Leer más >
 
     
  Artículos Cuentos Biografías Micro relatos Poesía Taller Literatura Escritor
CONTACTO
Suscripción / RSS
Leer más >
 
     
 
           

alojamiento web gratis
Otros servicios ofrecidos por HispaVista:
Ofertas de Trabajo y Busco pareja
Consigue una página web gratis o un
hosting con Galeón