Fueron amigos desde antes de empezar la escuela, cuando la familia de uno se fue a vivir a la casa contigua a la del otro.
Desde entonces compartieron todo: salidas, bicicletas, pesca, playa, mujeres y fiestas.
Jorge ya había cumplido los 18 cuando Manuel (aún con 17) en una mesa de bar de esas que nunca preguntan, le dio la noticia: “Nos vamos a vivir a Argentina”. Su padre había decidido exiliarse ante una España que lo castigaba duramente, y con él a toda la familia.
Antes de irse del bar, Jorge pidió una prueba de su amistad: “Prométeme que la próxima vez que nos veamos, seguiremos siendo chavales”.
Brindaron con una caña, se hicieron los mismos trazos tatuados en ambas manos derechas y se despidieron sin ‘adioses’, como lo hacen los grandes amigos.
Nunca se escribieron cartas, ni siquiera fueron capaces de hacer uso del teléfono, ni de los beneficios que la tecnología brinda a través de internet en épocas más recientes.
Pero cada uno de ellos recodaba al otro como su amigo del alma.
Después que miles de cañas habían atravesado su garganta y que sus arrugas adornaban su rostro con la misma dignidad que su barba cana, Jorge recorrió el paseo que lo llevaba desde el barrio viejo hasta la zona del centro de Ibiza, para repetir el ritual diario en el bar.
Entonces fue la sorpresa.
Un anciano, casi tanto como él, sentado en la mesa de al lado, lo saludó con la frase que hacía 52 años no escuchaba: “Ey chaval, ¿que no te vas a tomar una caña con tu amigo?”.
Lento por los años y el cansancio de los pasos andados, Jorge miró al otro viejo casi admirándolo y buscando en su mano derecha, extendida sobre la mesa, para comprobar que la amistad eterna se firma con un tatuaje.
Ahí estaba.
Era la misma mancha negra que silueteaba a un hermoso cuerpo de mujer, igual al que decoraba su puño.
Sólo en ese momento fue capaz de hablar: “Vale –dijo–, que para eso aún somos chavales”.
Los abrazos, la emoción y el encuentro, corrieron por cuenta de ellos.
Las cañas, por cuenta de la casa.
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