Las Topper me dolían. Eran nuevas, celestes y con dos agujeritos al costado para que respiren “los pieses” como se decía en el barrio. Pero el dolor, aunque molestaba, no era nada comparado con la tensión que se vivía en el ambiente. Estábamos todos allí, en un rincón de un inmenso patio cerrado, mirándonos con miedo los unos a los otros y sin saber qué iba a pasar con nosotros, que sería de nuestras vidas en las próximas horas.
El comienzo fue horrible.
Nos sacaron de la cama antes de la 7 de la mañana para trasladarnos a ese sitio, donde nadie nos decía nada. Nos acomodaron como animales: “quédense aquí y no se muevan”. Nos dijeron que teníamos que tener paciencia y después de varios minutos de espera –que se hicieron interminables- nos llevaron ‘arreando’ hasta una sala donde había mesas y sillas.
“Siéntense”, dijo una mujer que parecía ser la manda más del grupo. Era bonita, pero con un aire de ‘sargenta’ que no coincidía con su belleza exterior. Llevaba un uniforme adecuado al cargo, pero estoy seguro que prefería vestir de sport.
Cuando por fin nos sentamos, la ‘jefa’ se tomó su tiempo para hablar. Nos miró como midiéndonos, uno a uno –éramos tranquilamente unos 40 seres encerrados allí-, y comenzó a dar órdenes porque allí, afirmó, no podían cometerse errores. Nos dijo cuál era su objetivo y cuáles serían los nuestros; y agregó que para ello sería necesario poner en marcha un plan de varios años.
Yo seguía retorciendo los pies dentro de las Topper celestes, porque me tenían loco. “Si tengo que salir corriendo en una emergencia, me descalzo”, pensé mientras miraba a uno que estaba del otro lado de la sala y que me había hecho señas con la cabeza, como diciendo ‘¿qué mirás?’. “Y vos”, le dije con la misma seña de la cabeza: “¿Qué mirás?... pelotudo”.
Entonces bajó la mirada.
Uno que se sentó a mi izquierda, de pelo laceo y cara de loco, dijo por lo bajo que a él aquello del plan a largo plazo y los proyectos que tenían para nosotros, le daban lo mismo. “Voy a ser jugador de fútbol cuando salga de aquí”, afirmó en voz baja. El de la silla de la derecha lo miró feo, lo señaló con el dedo índice de su mano derecha y lo mandó callar, en voz alta, para que lo escuchasen.
La mujer entonces se acercó a él, le dio órdenes de quedarse tranquilo y antes de irse le preguntó su nombre completo: “Rubén Segundo” dijo, “Rubén Segundo Lanzetti”. No titubeó. Tenía cojones.
Uno que estaba en la mesa de atrás empezó a reírse del nombre, o del apellido. En realidad nunca pudimos saberlo. Fue suficiente con la firme mirada de la mujer de uniforme para que se terminara la risa.
- Y vos, ¿cómo te llamás? –le preguntó al gracioso-
- Alfredo –dijo el miedoso e inmediatamente se puso a llorar como una Magdalena-.
La tensión era tal que el ambiente se podía cortar con una hojita de afeitar.
Una morenita, bonita, que se llamaba Viviana y que estaba ubicada un poco más atrás del chistoso, también explotó en llanto y salió corriendo de la sala. Y otro grandote al que llamaban Jóse, empezó a lagrimear pero sin llanto. Como pudo, respirando hondo, se las aguantó el morocho. También parecía tener cojones.
Había tanta tensión, tanta ansiedad y tanto miedo en ese primer encuentro, que cualquiera de los que allí estábamos se podría haber hecho encima.
La jefa nos dio la espalda, dijo “basta de llorisquear” y comenzó a repartirnos las primeras instrucciones escritas en una hoja de papel de tamaño monitor.
- ¿Alguien sabe que día es hoy? –preguntó con esa voz que ponen las autoridades militares-
Nadie se animó a decir nada. Algunos no lo sabían, otros ni siquiera habían escuchado la pregunta, yo seguía peleando con las Topper celestes que me tenían loco y el chistoso, Alfredo, seguía llorisqueando y moqueando.
- ¿Nadie….? –insistió la del uniforme blanco-
El chistoso dejó de moquear, tomó aire, y sin dejar de mirar al suelo dio una respuesta: “Lu-nes”.
- Muy bien –dijo la jefa-. Muy bien Alfredo. Hoy es lunes.
El cara’e loco de pelo laceo se acercó entonces a mi oído y otra vez en voz baja me dijo: “El Alfredo se tira un pedo…”, y entonces los tres –él, el que se llamaba Rubén Segundo y yo- empezamos a reírnos a carcajadas.
En efecto, era lunes. El lunes 3 de marzo de 1973 a las 9.30 horas de la mañana, aproximadamente, estrenando unas zapatillas Topper celestes con dos agujeritos al costado y compartiendo la mesa con Eduardo ‘Fisca’ Ferreyra –el cara’e loco de pelo laceo- y Rubén Segundo Lanzetti –‘Canchi’-, debutaba en mi primer día de clases en la Escuela José Bernardo Iturraspe. Tenía 6 años de edad, odiaba levantarme temprano en la mañana y había accedido a comenzar la escuela primaria porque mi madre me había explicado que para ser periodista era necesario estudiar los 7 años de escuela, los 5 de secundaria y los de la Universidad.
La jefa, de uniforme blanco y pelo largo oscuro que caía sobre sus hombros, se llamaba Ana María Martínez y fue el primer amor de mi vida. (En algún momento de nuestras vidas llegué a pensar que yo también era el amor de su vida, pero en realidad a ella le gustaban mis Topper celestes).
Alfredo, el chistoso que explotó en llanto, sigue teniendo problemas con los gases.
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