Entre algodones, su vida se estaba apagando.
Como un destello, sintió su respiración cada vez más cortada.
Su sangre perdiendo fuerza como un árbol sin savia al que poco a poco se le van secando las ramas.
Casi no veía la luz, sólo ese resplandor blanquecino al final del túnel en esa imagen sin color como de un sueño en blanco y negro.
Había tenido la serenidad suficiente -en escasos segundos- para poder ver toda su vida pasar delante de sus ojos.
No se arrepintió de nada.
Ya inerte, sin movimiento, esperó la oscuridad con sabiduría.
Click.
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