Demasiado hablador
me hizo la vida
por buscar con palabras la comida.
Que supieran distintas,
divertidas,
hervidas con clavo de olor
y cocidas en su tinta.
Demasiado ansioso
me forjó el pasado
que saltó a un joven osado
desde una infancia inocente
de ruidos y pecados.
La adultez me sorprendió quejoso,
y la vejez me encontrará impotente.
Demasiado listo
y lleno de artificios
me descubrió este oficio
de conocer la magia de las letras.
Arte que te otorga el beneficio
de encontrar conejos en escritos
y rimas y versos en chisteras.
Demasiado vanidoso
me muestran mis versos
que no por límpidos y tersos
me desnudan.
Me desnudan por tercos,
resentidos, rencorosos,
e incapaces de pedir ayuda.
Demasiado extenso
se ha hecho mi camino
donde se mezclan senda y nido.
Senda, que andando se pasa,
nido, que cubre el olvido
del callejón de regreso
que te devuelve a casa.
Demasiado oneroso
resultará el futuro
cuando el costo más duro,
caro, imperturbable,
resulte ser el muro
de la vejez: árbol añoso
de hojas y ramas impenetrables. |