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15-12-2008
| el disparo de Molina |
Tenía algo más de 5 meses de vida, según lo recuerda mi madre, cuando por idea suya nos hicimos esta foto en la casa de la ‘Nona’ Secundina, para, como ella misma dijo, “que quede de recordo del Marcelín con la mamma”.
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La foto en cuestión, disparada desde una vieja máquina Miranda en el año 1967 por el dedo índice de la mano derecha de Miguel Molina, fotógrafo oficial del barrio Alberione de la ciudad de San Francisco, Córdoba, Argentina; está en estos momentos en mi poder ayudándome a recorrer los miles de segundos que transcurrieron desde ese día del año en que nací, y hoy, en mi vida.
Es como un vídeo-clip donde no dejan de pasar las imágenes, a razón de 24 fotogramas por segundo, con la música de fondo un poco confusa y con escenas que van desde el blanco y negro al sepia, al color y al technicolor.
Al igual que la Vaca Lechera, esta no es una foto cualquiera. Y esto no lo digo por la calidad del papel ni por el encuadre, sino por su contenido.
Son cinco generaciones posando delante de una cámara de fotos Miranda, para que nadie se olvide de ellas.
Son cinco personas pertenecientes a diferentes épocas, que poseen –y de esto no acaben dudas, porque las cuatro mayores son mujeres- la misma sangre: hijo de la hija, de la hija, de la hija, de la madre.
Son cinco veintenios, un siglo de vida reunido en torno a un doble objetivo: el de la Miranda y el que motivó la instantánea: “que quede de recordo del Marcelín con la mamma”.
A pesar de tanta vida y tanta historia reunidas en este recuadro de 18 x 12 centímetros, la foto es muy simple, como todas las de esa época. Mi madre y la suya están de pie, y sentadas están mi bisabuela Secundina y mi tatarabuela, conocida en la familia como la ‘Nona’ Bruno. Obviamente, el calvito con carita ovalada, ojos de niño recién comido y manos ansiosas, soy yo, hace más de 40 años.
No se esfuerce por tratar de distinguirme. En ese entonces, estimado lector, aún no usaba barba ni peinaba canas.
En mi caso, es muy fácil darse cuenta cual soy porque voy vestido de bebé.
Pero en el caso de las féminas, tampoco es difícil distinguirlas.
La mujer bonita con piel de seda, sonrisa de muñeca de Divito, cabello negro azabache recién batido y una medalla brillante que cuelga en su pecho de una cadenita del mismo metal, ubicada arriba a la derecha, es mi madre: Clide Teresa González, que recibió su primer nombre porque era el que le gustaba a su padre y el segundo para recordar a su madre, que está ubicada justamente a su lado en la imagen.
La de la izquierda, precisamente, es Teresa -ó ‘Chocha’ como la conocemos en la familia-, mi abuela, y es –junto a mis sobrinas- la principal responsable de que cada cierto tiempo regrese a Argentina para verla. Es esa mujer bonita con pinta de gringa piamontesa cuyo rostro parece preocupado como si se hubiera dejado la comida en el fuego, que luce un vestido estampado y dos pendientes de oro, grandes como anillos de gitano, y la imagen de una mujer orgullosa de su familia. “Yo soy la del medio”, parece decir con su sonrisa y su mirada cargadas de orgullo, “y estoy entre mi abuela y mi madre, mi hija y mi nieto”.
Debajo de la ‘Chocha’ está, cómodamente sentada, la ‘Nona’ Secundina, que recibió ese nombre a pesar de haber sido la primera hija del matrimonio Rebaudengo. En realidad, creo que su madre había perdido ya un primer hijo en Como, Italia, al norte de Milán, y de allí que haya recibido ese nombre de pila. La imagen que se ve de mi bisabuela es, decididamente, perfecta. Así era ella, o al menos así la recuerdo yo. Feliz. Sonriendo en todo momento y siempre mostrando los cachetes colorados. Es “por la sancre”, aseguraba en ese cocoliche que hablaba, mezcla del piamontés que había aprendido en su casa y del castellano que estudió en la escuela argentina. Lleva colgando una medallita de oro de una cadenita del mismo metal, que hacen juego con los pendientes; todo fruto del regalo de Carlín Cortesse –ó Nono Cortesse ó Nono Pinipós-, su esposo, en algún aniversario de bodas o algún cumpleaños especial. Si no me falla la memoria, la ‘Nona’ Secundina murió en 1996 ó 1997, con 95 años de edad.
Finalmente la cuarta mujer, de finos y escasos cabellos y vestida toda de negro, es la ‘Nona’ Bruno; mujer a la que la vida le regaló una viudez cuando tenía algo más de 20 años, una hija de meses de vida y apenas unas semanas como inmigrante arribada a la Argentina. Lo que quiero decir es que la ‘Nona’ Bruno no necesitaba a un hombre para cortar la leña para la cocina, ni para llegar a fin de mes, ni para traer un plato de comida a casa. Murió en 1973, como Perón, con 94 ó 95 años de edad –igual que su hija– y dos vueltas al mundo en barco en sus espaldas.
El del medio, ya lo dije, soy yo. El “Marcelín” de las “nonas”. Gordito de 4 kilos de peso al salir del vientre materno por cesárea –más que cesárea aquello fue una hectárea- que era incapaz de negarse a un biberón lleno y que calmaba su ya incipiente ansiedad hiperquinética, con un chupete en la boca y otra media docena colgando en el cuerpo y en las manos.
A casi 45 años del disparo de Molina, aún no he encontrado nada en el mundo que me haga sentir tan orgulloso como el hecho de aparecer en esta fotografía.
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