Tuvo que armar y desarmar miles de zapatos, Adolfo Pugliese, para poder complacer al tercero de sus hijos que soñaba con tocar el piano. Primero le propuso tocar la flauta, aprovechando los conocimientos que él mismo tenia del ‘dulce’ instrumento y lo económica que resultaba la inversión comparada con lo que Osvaldito quería. Pero fue en vano. Después trató de seducirlo con el violín, para que imitara a sus dos hermanos mayores, Fito y Alberto, que fruncían el lado izquierdo del cogote tratando de encontrar los tonos de un falso stradivarius. Nada. Finalmente, convencido de que la música era lo del pibe, en 1917 ó 18 el obrero del calzado, empeñando hasta los ojos, pudo comprarle al purrete un piano que ni siquiera entraba en la casa: “Ya tenés el piano, Osvaldito. Está en la casa de la abuela, porque acá no entra”, le dijo.
Con el piano afinado en el living de la casa de la nona, Osvaldo Pedro Pugliese, de tan sólo 14 años de edad, comenzó a estirar los dedos sin dañar las uñas ni preocuparse por la osteoporosis, porque estaba convencido de que los pianistas clásicos debían cuidar sus manos, pero los de tango –como era su sueño- debían cuidar las teclas. “No son los dedos, son las teclas las que tienen que sonar”.
Había tomado lecciones de solfeo en casa, y se había formado en el teclado del conservatorio del barrio, cuando a la edad de 15 años se inició profesionalmente como músico de tango en el conocido ‘Café de La Chancha’, de Villa Crespo, así bautizado por los parroquianos en alusión a la poca higiene del dueño -y del local-. Aunque al debut asistió poco público, no faltó quien sentenciara: “El pibe va a ser bueno”.
Del ‘Café de la Chancha’, Osvaldo Pugliese pegó un salto acrobático para caer en la orquesta de la única bandoneonista mujer que guarda la historia del tango debajo de la manga. Con ‘Paquita’ Bernardo el pibe ganó lustre, se dejó escuchar en un conocido café del centro de Buenos Aires, tocó para Enrique Mollet y Roberto Firpo, tomó clases magistrales con el Maestro D’Agostino y terminó siendo pianista de Pedro Maffia, en 1927, en el último paso que dio antes de cumplir el sueño de tener la ‘orquesta propia’, que formó junto al violinista Elvino Vardaro, con quien hizo “tango de avanzada”, pero del que lamentablemente no quedaron grabaciones.
Dejó a Vardaro, a Gobbi y a Laurenz en el camino, y en agosto de 1939 –época en que el tango se escuchaba en cada rincón de la Argentina- presentó en el Café Nacional de Buenos Aires su propio grupo: la Orquesta de Osvaldo Pugliese. Tenía apenas 30 años de edad, 15 tocando tangos y –aunque entonces no lo sabía– 60 por delante para hacer la sinfonía que a él le gustaba y crear un estilo dentro de la música ciudadana.
Entonces comenzó a tejer melodías, a enredar compases que se acomodaban a golpe de teclas, con ajustes de sostenidos y bemoles. De músico y pianista pasó a ser director, compositor y arreglador de sus propios tangos, convirtiendo el género en una expresión de nacionalismo artístico en permanente renovación. Supo volcar en el pentagrama la combinación entre el sentimiento popular que despierta el tango –al igual que el fútbol- y la excelencia de la música clásica; y selló toda su carrera –tan bonita como su música– con ‘La Yumba’, un tango tan marcado por el ritmo que lleva por nombre su propia onomatopeya.
“En ‘La yumba’, Pugliese separó el ritmo de la melodía”, afirmó José Gobello, presidente de la Academia Porteña del Lunfardo. En efecto, es la repetición de un diseño rítmico de dos compases en el que se intercalan trozos melódicos; estructura musical que fue empleada por Piazzolla en muchas de sus composiciones.
Afiliado al Partido Comunista desde muy joven, Pugliese perdió muchos días de su vida en prisión, porque fue uno de los músicos más perseguidos durante los gobiernos de Perón y de regímenes militares. En la celda, seguía componiendo: “Yo trataba de tener siempre papel y lápiz”, decía.
Guiado por unas gafas de especial aumento en sus cristales y una parsimonia de tortuga, el Maestro Osvaldo Pugliese creció tanto con su estilo tanguero que en 1985 el Teatro Colón de Buenos Aires le abrió sus puertas de par en par: “Pase Maestro –le dijeron-. Deje que la magia de su melodía invada, por primea vez en su historia, este teatro que sólo huele a música clásica, sabe a ópera y se decora con tutes y pases de baile”.
El tango, en el Teatro Colón, estuvo a la altura de las circunstancias. Pero el teatro, a don Osvaldo, le quedó chico.
Fue el 26 de diciembre de 1985: él celebró sus 80 años de vida y su orquesta cumplió 46.
“Cuando escuché lo que había hecho en el Colón, me quedé sin palabras. Eso era tango”, afirmó Joan Manuel Serrat y casi tres años más tarde se calzó el smoking, con palomita incluída, para cantar dos veces seguidas ‘Melodía de Arrabal’ junto a la Orquesta de Pugliese en el Teatro Albéniz de Madrid.
De España saltó a Portugal, Holanda, Francia, China, Rusia, Finlandia y Japón. Tanto viajaba y tanto tocaba, siempre manteniendo una orquesta en la que todos los músicos querían estar porque “don Osvaldo comparte las ganancias como si fuese una cooperativa”.
En el ’94 falleció Osvaldito, su nieto, y a él eso lo hizo pensar en ‘el retiro’.
Un año más tarde, cuando aún no había cumplido los 90, se tomó el ‘Olivos’ y nos dejó, justo uno o dos días después de que Serrat lo fuera a visitar a la Clínica donde estaba ingresado.
Algunos viejos tangueros aseguran que si uno apoya la oreja al muro exterior del Teatro Colón de Buenos Aires, comienza a sonar ‘La Yumba’ como si estuviese grabada en los ladrillos.
Yumba… tatataratarayyuuummba… tatataratarayyuuuummmmba…. tatataratarayyuuuummmmba…
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