Ni nana. Ni pan. Ni cebolla.
La guerra sólo se llena de espinas,
que no sirven en la olla
ni se amasan con harina.
No hay nana que al niño consuele
con su ritmo suave y relajante.
Al niño la tripa le duele
por el hambre.
¿Qué quieren sus dientes de leche?
Leche. Leche de su madre
que calme, que ataque, que fleche
su llanto y su hambre.
La nana no alcanza el consuelo
ni crea en el niño el olvido
del hambre, para conciliar el sueño.
El niño hoy no está dormido.
El niño hoy está con hambre
y su madre no tiene el remedio
que al niño su panza le calme.
El llanto resume el asedio.
¿Qué le ocurrió a tus senos
que están, madre, secos y pasos?
¿Ya no están rellenos
de amor y regazo?
¿O es que la osadía del hambre
del niño, comenzó en su día
en la dentadura blanca de su madre
que ya no comía?
Es que en esta guerra
de pólvora y sangre,
de frutos se secó la tierra
y la mesa se llenó de hambre.
¿No hay acaso pan debajo del brazo
del niño que aún no interrumpe su canto?
Hay hambre de pan y sed de regazo,
que no sabe pedir más que con su llanto.
Calma su tristeza y dale pan al niño
para que brillantes se vuelvan sus dientes
como su regazo. Lleno de cariño
su canto, entonces, tornará sonriente.
Pero aquí no hay pan, ni harina, ni granos,
ni fruta o legumbre para echar a la olla.
Solo lo que asoma en mis torpes manos
es lo que tenemos: cebolla.
¿Con cebolla el niño volverá a ser niño?
¿Con cebolla acaso estará sonriente?
Con cebolla grande y redonda hallará cariño
y encontrará brillo blanco y reluciente
para reír “con cinco azahares”,
y “cinco dientes”.
“Cinco diminutas ferocidades”
“como cinco jazmines adolescentes”. |