La historia se la contó al abuelo del abuelo de mi abuelo, el abuelo del abuelo de Caló, su amigo, y le aseguró que la misma había sido traspasada a través de la palabra y de generación en generación, durante miles de años.
Parece ser que un ibosita que cuidaba caballos y les susurraba al oído, accedió a la información de boca del resplandeciente Aetón, uno de los cuatro corceles del Sol.
Aetón aseguró que la historia era real y que su encendido jinete, al que llamaban Helios en Grecia y Sol Invictus en Roma, no podía conciliar el sueño ninguna de las noches del año solar por él creado sin cubrirse con una sábana y después de observar durante largos minutos la Bahía de Portmany en la isla de Ibiza.
“Dicen que es algo que lo trae de niño”, contó Aetón al ibositá de los caballos, susurrándole al oído.
Al parecer, el pequeño niño llamado Sol no lograba conciliar el sueño en su cuna, en los primeros meses de su vida, por lo que sus padres Hiperión y la bella Eurifaesa -a la que todos llamaban Tea- consultaron desesperadamente a brujos, hechiceros y doctores, sin encontrar solución al problema.
Una mujer anciana que sabía del arte del descanso les propuso cambiar de ubicación la cuna del niño y orientarla en el sentido opuesto a la puesta de sol y mirando hacia oriente.
El niño esa noche mejoró su humor aunque se despertó con llanto en reiteradas ocasiones.
Fue en la noche siguiente cuando el pequeño Helios -al que todos llamaban Sol- encontró el descanso que le devolvió la vida. Ese día había recibido la visita de sus amigos: El Día, El Mes, El Año, La Centuria, Las Horas, La Primavera, El Verano, El Otoño y El Invierno; y entre tanto jaleo y sonrisas, la cuna del niño sufrió una rotura por lo que debió se entregada a un carpintero para su reparación.
Ante la falta de cuna, esa noche el Sol durmió en un lecho ubicado al lado de un ventanal de piedra de grandes dimensiones y mirando hacia el oriente, es decir, hacia el lado opuesto al poniente.
Se cubrió con una sábana del color del mar y justo antes de dormirse, sus ojos brillaron con un color rojizo como Marte.
Desde entonces descansa, cada noche, en el mismo sitio.
Primero se asoma a la ventana sentado en su lecho y cepilla sus dientes, luego va recorriendo con la vista toda la costa ibicenca desde la isla Conejera hasta la Bahía de Portmany y por último, antes de desaparecer debajo de la sábana que le proporciona el Mar Mediterráneo, ilumina con sus ojos rojizos toda la isla y le contagia su color a la tierra. Entonces desaparece para encontrarse en la intimidad, y por escasos minutos, con la Luna, el amor de su vida.
El abuelo del abuelo de Caló le dijo, además, al abuelo del abuelo de mi abuelo, que el Sol y la Luna se llevaban tan bien y se querían tanto porque sólo se veían de noche, en la intimidad y durante escasos minutos.
Si ves al sol mirando la bahía, no hables en voz alta, ni grites, ni digas tonterías o palabras sin sentido, porque puedes molestarlo.
Sólo dí “hasta mañana”.
- Shhh. Hasta mañana.
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