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08-06-2009
el gordo Heredia


Lo habían logrado. Aquella tarde resultaría gloriosa, bajo todo aspecto y circunstancia, en el estadio Heliodoro Rodríguez López. El Deportivo Tenerife había ganado con mucho sacrificio y remontaba así su vuelo de regreso, por enésima vez, a la primera división del fútbol español.
Diego salió de la cancha con los brazos en alto, aplaudido y ovacionado por el público canario, y con la camiseta mojada, bañada con el sudor que certifica el sacrificio, la constancia, el esfuerzo y a veces el triunfo. El mismo sudor del cuerpo y de la sangre con que concluían sus luchas los antiguos romanos; el que marca la supervivencia y otorga el derecho a continuar con vida.
Después de las duchas tomó algo –rapidito– con el resto de los muchachos y entregó la ropa al utillero, donde se demoró un poco, por lo que fue uno de los últimos en irse del estadio. Salió a la acera por un lateral y tras pasar frente a las taquillas ya cerradas, cruzó en diagonal el aparcamiento en dirección a su coche. A escasos 30 ó 40 metros de su objetivo, metió la mano en el bolsillo de su pantalón vaquero y extrajo la llave del flamante vehículo mono-volumen que aún mantenía el brillo de fábrica en el lomo, los flecos de goma de sus neumáticos de pocas pisadas y los plásticos transparentes que envuelven y protegen  las butacas con el mismo recelo que el padre de una quinceañera. La llave, de formato extraño y moderno, colgaba de un clásico llavero de cuero argentino que mostraba el mapa de la provincia de Córdoba en aquel país sudamericano, con un punto destacado a hierro caliente en esa geografía que señalaba la ciudad de San Tito, su pueblo natal, al borde del croquis marcado con fuego en aquel trozo de crudo cuero vacuno.
Un simple ‘bip’ presionado en la panza negra de la llave fue correspondido con un guiño de luces de su coche, indicando que la puerta del conductor ya estaba abierta. Cansino, comenzó a apurar el paso aunque su físico pedía reposo. Había sido un buen día y quería llegar cuanto antes a casa para salir a cenar y a festejar con su pareja.
Fue en el preciso instante en que comenzó a abrir la puerta cuando, con la mano apoyada en el picaporte, notó que dos muchachos se acercaban para hablarle. Los notó un poco nerviosos pero pensó que se trataba de un par de simpatizantes buscando autógrafos o un saludo, pues estaban claramente identificados con los colores del equipo donde él jugaba. El primero de los hinchas –de cabello corto y bigote recortado por encima del labio superior de su boca– estiró la mano como para estrechársela, pero para sorpresa de Dieguito la otra mano mostró una navaja, de las llamadas ‘sevillanas’, que se abrió con el brillo de la hoja hacia arriba y que provocó un golpe de temor en el futbolista argentino, sacudiendo levemente su cabeza al sonar el típico ’clac’ que pronuncia ese tipo de arma blanca al abrir su filosa boca. El segundo de los hombres, en tanto, mostró la punta de un cañón a través del bolsillo lateral de su chaqueta de chándal lo que hizo suponer al jugador del Tenerife que estaba siendo apuntado con un arma de fuego.


– ¡Está bien! Tranquilos...  –fue la reacción de Diego, y agregó– No nos pongamos nerviosos... no nos pongamos nerviosos.
– A-a-a-acompá-ñanos –respondió el primero de los hinchas, mientras seguía mostrando la sevillana en su mano izquierda.


Con el jugador por delante, los tres hombres cruzaron el aparcamiento en línea recta, en dirección al estadio, y subieron en un furgón blanco que apestaba a pescado y a Océano Atlántico, y que se encontraba mal aparcado en una de las calles laterales del predio deportivo. Lo sentaron en la parte trasera, sobre un cajón de madera húmeda, y frente a él se ubicó el rubio de la cazadora mientras el otro joven de bigote fileteado que vestía una camiseta del Deportivo Tenerife de algunas décadas atrás tomaba el control del vehículo poniéndolo en marcha.


– Quí-quí-quí-tale el-lel-lel mó-vil y trata de a-pa-apa-apa-garlo –dijo el conductor a su rubio compañero, sin mirar atrás, mientras realizaba maniobras para salir del estacionamiento.


Diego no habló. Sólo se limitó a apagar su teléfono móvil y a entregarlo para evitar violencia o malos tratos.
Salieron en dirección al Mercado de Nuestra Señora del África, buscando el muelle, y tras recorrer las primeras calles el rubio de cabello largo colocó, en la cabeza del jugador argentino, una venda negra, gruesa y calurosa, para evitar que pudiera observar el camino. Después, amablemente, le entregó en propias manos dos tapones de caucho para los oídos, de esos que se utilizan en la industria como medida preventiva de seguridad laboral y que se colocan presionando los mismos hasta reducirlos a su menor tamaño e introduciéndolos luego en la oreja para esperar que por alguna ley física que sólo conocen los especialistas, el tapón recupere su tamaño y choque contra las paredes del orificio auditivo, evitando que cualquier sonido llegue al cerebro de quien los utiliza. Una vez colocados y controlados los mismos, el acompañante avisó al conductor que todo estaba en orden, con un gesto realizado con su mano derecha –el pulgar hacia arriba– hecho de tal manera que el otro pudiera verlo a través del espejo retrovisor interno sin necesidad de girar la cabeza ni de distraer la atención.
La combi volkswagen blanca no llegó a la autopista del sur y Diego lo supo aún con sus dos sentidos anulados. Salió de Santa Cruz por la carretera a San Andrés, costeando el muelle. La idea no era mala y estaba bien pensada, a pesar de lo novatos que eran los supuestos secuestradores. El largo recorrido a San Andrés, por la costa, hubiera sido captado por el futbolista si sus oídos hubiesen estado descubiertos: el Atlántico se hace notar con sus rugidos y a esa hora el barullo del tráfico no hubiera podido impedir que el futbolista se oriente. Además, la camioneta en la que se trasladaban era ruidosa, pero también vieja y maltratada; la puerta lateral –corrediza– quedaba entreabierta y no cerraba bien; uno de los cristales traseros estaba roto y en su lugar un trozo de cartón prensado colocado a último momento, no evitaba que se filtrasen sonidos y chifletes; una parte del piso estaba carcomida por el salitre y el agujero que se había formado podía servir, tranquilamente, para que el secuestrado se diera a la fuga. Finalmente –y esto quizás sea lo más grave– el viejo furgón no se encontraba en las mejores condiciones mecánicas y eléctricas, y podía detenerse en cualquier momento y por causas desconocidas por sus actuales usuarios.
Al llegar a San Andrés y antes de buscar la playa de Las Teresitas, giraron a la izquierda por la carretera que va más allá de Taganana y que se conoce más por sus curvas que por el paisaje que recorre. En algún cruce con mucho tráfico, o quizás en un puente o vado, el vehículo permaneció algunos minutos detenido hasta que volvió a retomar la marcha. Después llegó a una zona muy urbanizada e iluminada, donde giró a la derecha hasta tomar por el angosto y sinuoso camino que cruza la isla de costa a costa y que en algún punto de la montaña permite ver la ruta del Atlántico que mira al continente Africano y la que mira a América. Unos 20 ó 30 kilómetros después cruzaron un vado seco o un puente sobre un barranco y algunos metros más adelante giraron nuevamente a la izquierda por una senda que parecía muy húmeda y fría (a pesar de no ver ni oír, la temperatura penetraba la ropa deportiva que tenía el argentino y la altura de la montaña se hacía presente a través del clima). En algún lugar apenas urbanizado del trayecto cogieron un desvío a la derecha por un sendero pedregoso cuyo mal estado sacudía el viejo utilitario de pescadores, esforzaba al máximo el ya escaso accionar de sus amortiguadores y convertía todo el vehículo en un sonajero que, a pesar de los tapones en los oídos, Diego sentía perfectamente.
Fueron necesarios unos 20 ó 25 minutos de camino pedregoso para arribar a destino. La combi aminoró poco a poco la marcha hasta frenar bruscamente. El motor se detuvo entonces y las luces se apagaron; el sonido y la oscuridad, hechos silencio y misterio, eran iguales para los tres: los tapones y la venda ya no marcaban diferencias.
Aún sordo e invidente Diego fue ayudado a bajar del vehículo por los dos jóvenes amenazantes y metido dentro de un viejo caserío isleño que a simple vista parecía totalmente abandonado.
La primera sensación del jugador argentino dentro del refugio, fue muy desagradable. Una profunda humedad que se respiraba en el ambiente denotaba abandono y se mezclaba con el olor del estiércol de los animales, mientras las corrientes de aire frío de la montaña silbaban por encima de su cabeza, lo que indicaba que probablemente el techo y las aberturas estuvieran en mal estado o ya no existieran.
Ya sentado en lo que supuso una cama y antes de quitarse la venda de los ojos, el extranjero escuchó el ruido de un vehículo llegando al lugar, lo que también llamó la atención a los raptores. 


– ¿Es Miguel? –preguntó el más joven de ellos– 
– Sí, es él –contestó el de la navaja, pidiéndole que no vuelva a mencionar ningún nombre, lo que ayudó a grabar aquel ‘Miguel’ en la mente del argentino–.


Todavía confuso sobre lo que estaba viviendo fue ese el momento en que Diego comenzó a sospechar que se trataba de un grupo de inexpertos.
Miguel entró al refugio cuando el jugador ya tenía descubiertos los ojos. Era un chaval de unos 90 kilos de peso y no más de un metro sesenta de altura, estaba vestido de negro –saco, pantalón y corbata– y tenía el rostro pálido y ojeroso. Como si estuviese angustiado.


– ¿Cómo fue? –Preguntó Miguel con ansiedad–.
– ¿El rapto o lo otro? –Contestó a modo de pregunta el del bigote refinado–
– No, no, David... Lo otro ... Lo del Gordo...
– Nada –Dijo el chófer de la combi del que Diego acababa de conocer su nombre–. Fue fatal. De sorpresa... En el segundo gol del Tenerife: lo gritamo’, lo festejamo’... hasta que, de repente, se sentó y empezó a llorar...
– ¿...Y no dijo nada más?
– Sí, si... Me decía: ‘Ya está David, ya está’... Y nada más. No sé... ¿Tú estuviste con Eva?
– Sí, si. Eva está bien. No te preocupes.


La conversación entre los dos supuestos líderes de la banda, volvió a aportar dudas e inseguridad al futbolista. “¿Qué quieren estos tipos de mí? ¿les ofreceré pasta?. ¡Me cago! No se qué mierda hacer. Me parece que lo mejor es esperar a que hablen ellos”; pensó con ideas que se movían de un lado a otro en su rubia cabeza.
El diálogo entre Miguel y David concluyó afuera, tras lo que Diego escuchó otra vez el motor del coche que se ponía en marcha y se alejaba. Entonces David volvió a entrar y dirigiéndose a él, le pidió que se quedara tranquilo y que tratara de dormir.


– No te preocupe’ por nada, Dieguito... –aseguró David al futbolista– no te va a pasar nada.


Como a las 7 de la mañana, con las primeras luces del día, el argentino sintió que le sacudían el brazo izquierdo para que despertara. El rubio de cabello largo le ofrecía una taza de café mientras sostenía un termo de acero inoxidable bajo el brazo derecho. Se sentó en la cama para beber la infusión, despegándose los ojos con los dedos y bostezando, cuando tomó conciencia de las ruinas de aquel caserío donde había pasado la noche. Se puso una manta encima de los hombros, llevó los ojos de un extremo al otro de la habitación y cogió la taza con las dos manos para calentarlas. El café amargo y fuerte, supo a manjar en su boca, que hacía más de 12 horas que no probaba bocado.
David se sentó frente a él y moviendo la cabeza con un claro gesto de nerviosismo, comenzó a dialogar con el jugador argentino, saltando de sílaba en sílaba en su marcada tartamudez.


– Mi-mi-m-m-mi-ra Die-go. No, no-no sot-tro no, no-note-note-que-remo hacé ná. E’ má, no-no-no-so-sotro te a-a-mi-ramo mu-mucho... ¿Me-me-comp-compren-de’?.
– No. –fue la respuesta tajante de Diego–. Francamente no lo entiendo.
– Mira. El pro-pro-prob-lema no e-eres tú. Dieg-go. El prob-blema e’ el Gor-do He-He... Heredia.


Llegado a ese punto, el argentino estaba más confundido que nunca: no sólo seguía sin entender lo que querían hacer con él, sino que le costaba muchísimo descifrar la metralleta de palabras de su interlocutor.
El rubio pelilargo de nombre desconocido hasta entonces, se posó frente de él de pie, al lado de David. Abriendo la cremallera de su cazadora, para estar más cómodo, habló con el futbolista de manera clara y concisa; sin tartamudeos ni sorpresas, y mostrando con orgullo la camiseta azul y blanca que había quedado al descubierto en su tórax y su vientre.


– Mira Diego, lo que David te quiere decir e’ que nosotro’ somo’ del Tenerife, a muerte. ¿Tú me comprende’? Lo seguimo’ a toda’ parte’; en la’ buena’ y en la’ mala’; llorando de tristeza y de alegría. ¿Tú me comprende’? A muerte. ¿Me comprende’? Pero nunca seremo’ tan fanático’ como el Gordo. Como el Gordo Heredia... ¿Entiende’? –le dijo el joven raptor mientras extraía de su bolsillo el carné de socio del club tinerfeño, donde claramente se leía el nombre Francisco Soto Dorta–.
– Vale –dijo Diego–. Hasta ahí va todo bien. Pero, ¿qué mierda tengo que ver yo en esto, Francisco?.
– Fran. Llámame Fran, Dieguito.. ¿Me comprende’? Fran, Fran pa’ lo’ amigo’.


Diego se quedó observándolo. Fran, enfrentándolo con sus ojos, como buscando la franqueza en lo más profundo del diálogo, sonó los dedos de una de sus manos presionando con la otra y sin pensarlo demasiado acercó un cajón de madera y se sentó en él para estar un poco más cómodo. Al parecer tenía muchas cosas que decir y muy importantes.


– El Gordo, Dieguito, lo siguió al Tenerife a toda’ parte’. ¿Me comprende’? Vivió lo’ ascenso’ y descenso’ en carne propia. No como nosotro’ que empezamo’ a seguirlo cuando tuvo bueno’ resultados’. No. El Gordo hacía todo por el Tenerife: sino le puso de nombre ‘Deportivo Tenerife’ al hijo mayor, porque la empleada del Registro Civil no se lo permitió. ¿Me comprende’? Pero, para que tenga’ una idea, se casó con la Eva, su mujer, en la misma fecha de fundación del clú. Y el día de la boda tenía puesto, debajo del traje, una camiseta que usó el equipo el primer año de ascenso a primera. ¿Me comprende’? Y eso porque tiene más de cien camiseta’ oficiale’ de todo’ lo’ tiempo’, que fue consiguiendo año tra’ año, ademá’ de la’ que heredó de su padre y de viejo’ jugadore’ que se la fueron dando al conocerlo. El Gordo tiene casaca’ de la’ década’ del ’30, ’40, ’50 y de lo año’ que te imagine’. ¿Tú me comprende’?
– Sí, si Fran, entiendo todo eso, es más, me parece que alguna vez me han hablado en el club del famoso ‘Gordo Heredia’, que supongo que debe ser esta persona a la que te referís. Hasta ahí va todo bien, pero ¿qué tengo que ver yo en todo esto?
– ¿Tú?... Tu eres el jugador elegido por el Gordo. Para él, el número uno. ¿Me comprende’? Encima te llama’ Diego, como Maradona. Joder tío, ¿tú sabe’ lo que era pa’l Gordo ver un partido donde jugaba Maradona?. Lo mássimo. Lo mássimo. Si pasaban por la tele un partido de la ‘selesión’ argentina con Maradona en la cancha, Eva decía que esa noche quedaba embarazada, porque el Gordo quedaba tan esitado despué’ del partido, que le hacía tré o cuatro gole’ a la mujer... ¿Me comprende’?
– Es má’... –agregó David, pero esta vez mucho más tranquilo y sin tartamudear–, el hijo mayor del Gordo se llama Diego, porque ya te dijo Fran que no pudo ponerle ‘Deportivo Tenerife’, entonces le puso Diego. Y al má chico, al menor de-de-de su’ hijo’, le puso Armando, lo’ do’ por Maradona...
– Claaaro pibe. Y tú que viene’ al Tenerife y le echa’ una’ gana’ mi niño – agregó Fran, que nuevamente había tomado la palabra–. Y encima ere’ argentino y te llama’ Diego... Bueno. Bueno. Para el Gordo, lo mássimo. Lo máxximo. ¿Me comprende’?


En ese momento Diego entendió que realmente su vida no corría peligro y que seguramente se trataba de conocer personalmente al fanatizado Gordo Heredia o algo por el estilo; por lo que se relajó casi por completo. Se echó hacia atrás en la cama apoyándose en sus codos y tras un breve suspiro, volvió a hablar con sus raptores.


– Perfecto. Ahora entiendo todo. Acabamos de ascender a primera, el Gordo Heredia está como loco de alegría y ustedes quieren que yo hable con él, ¿verdad?
– No. –dijo Fran–
– No –contestó también David, y agregó–, pero es como si lo fuera’ a hacer.


Entendidas en parte, las causas por la que tres personas lo mantuvieron aislado y privado de su libertad, el jugador argentino se dispuso entonces a escuchar atentamente cada una de las palabras que los amigos del tal Heredia fueron mencionando a modo de petitorio. Más y más las oía y más y más crecía su sorpresa y su desconcierto. Cuando la idea general de los tres amigos –Fran, Miguel y David– fue comprendida, el futbolista habló poniéndose de pie y sin perder tiempo; era necesario actuar con rapidez para poder ubicar, antes que nada, al utillero del Tenerife.
Trepados los tres en la cabina delantera de la vieja combi de pescadores, iniciaron el regreso a toda marcha y a los saltos, por el pedregoso camino de montaña. A pesar de la prisa, la ansiedad y las explosiones del furgón (que tenía problemas de platinos) el paisaje asombró al futbolista que en ningún momento dejó de observar esa pincelada de edén que la naturaleza regaló a esa zona de la isla: la firmeza de la piedra, el vaivén de los helechos y la arboleda, y hasta la humedad de la montaña contrastaban ante sus ojos con la misma perfección que un reloj suizo. El barranco buscando la playa; las enormes hojas de platanera acompasadas con el viento. Las casas metidas en la montaña como trozos de verduras mechados en la carne. Las huertas y los sembradíos peinados en la tierra. Los chorros de agua que bajan de alguna vertiente, y el aire fresco y húmedo que olía como el de su tierra. Todo era nuevo para él. Con más de dos años en la isla, era la primera vez que sus ojos brillaban ante esa pintura.
En menos de media hora llegaron al estadio Heliodoro Rodríguez López, donde Diego sabía que encontraría lo que necesitaba. De inmediato entró a los vestuarios para ubicar al utillero. Fran y David lo esperaban con la combi en marcha. A los pocos minutos el jugador argentino volvió a aparecer en escena por una de las puertas de predio deportivo, corriendo con el mismo ímpetu con que lo había hecho en la cancha en la tarde del día anterior y con la misma camiseta usada esa tarde, flameando en su mano izquierda. Trepó nuevamente a la camioneta, alentó a sus ex raptores para que apresuraran el paso y con la ventanilla baja sacó la cabeza fuera del vehículo para comprobar que el aire de la ciudad no era el mismo.


– ¿Adónde es? –preguntó–
– En el cen-tro –contestó David, que volvía a mostrar síntomas de su nerviosismo en su manera de hablar–


A toda velocidad subieron algunas calles hasta llegar a la Plaza Weiller, giraron a la izquierda por General Mola en dirección al lado opuesto de la ciudad y tras cruzar un par de semáforos en verde llegaron a una avenida en la que entraron a los bocinazos, pues el tráfico aparecía muy concurrido. Se detuvieron por el rojo en una esquina y de inmediato siguieron subiendo, buscando el edificio donde se encontraba su amigo, el Gordo Heredia.
Cuando la furgoneta volkswagen de pescadores llegó al lugar indicado fue estacionada en doble fila, a pesar de que aquella calle era angosta. Los tres ocupantes saltaron a la acera y corriendo se toparon con la puerta de entrada. Allí Diego se detuvo y, por consiguiente, los otros dos hicieron lo mismo. Sin pensarlo mucho, el argentino le entregó a David la camiseta y éste la levantó con su mano derecha mientras entraba a la sala. Miguel salió desde el fondo del local, y se alegró al ver el trofeo de tela y de diseño exclusivo del club tinerfeño, con el 10 en el dorso.


– Apúrate David, date prisa... –dijo con mucha personalidad el más bajo de los secuestradores que aún vestía de negro como en la noche anterior–
– ¿Hay tiempo? –preguntó Diego con cierta preocupación–
– Sí, si hay tiempo... –contestó Miguel– Todavía hay tiempo Diego. Gracias


Entonces David se paró delante del Gordo Heredia y colocando la camiseta extendida sobre su pecho, se quebró en llanto. La mano de Fran se posó en su hombro, como para darle fuerzas, y cogiéndolo por el brazo izquierdo comenzó a retirarlo del lugar pues la empresa funeraria se disponía a cerrar el féretro.
El jugador argentino, ya calmo, se sentó en el suelo, sobre el cordón de la acera. Suspiró profundamente, miró al cielo como pidiendo por el alma del Gordo Heredia, a quien no había conocido personalmente, y esperó haberle hecho realidad su último sueño: irse de este mundo con la camiseta del Tenerife que le dio la última alegría de subir a Primera División.
Después metió la cabeza entre sus rodillas, la abrazó con las manos trenzadas y los codos apoyados en sus piernas, y dijo, para sí mismo, lo que los hombres suelen decir en su tierra cuando se muere un cristiano: “Que descanse en paz”.


 
 

 




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