Era la mejor juguetería del mundo.
Estaba ubicada en la calle Iturraspe, a 30 metros de la Avenida del Libertador, en la zona céntrica de San Francisco, y cada vez que ibas al cine Rex o al centro a dar una vuelta con tus viejos, te la topabas de frente. Entonces era inevitable recorrer sus vidrieras durante una hora u hora y media, hasta que tu madre se cansaba de tenerte la vara, te daba dos chirlos en el culo y te subía al auto para volver a casa.
- Es que yo quiero ver el autito. Me gusta ese autito, mami.
- El lunes. ¡No ves que ahora está cerrado!.
A ver si nos entendemos: Juguelandia, según consta en actas, fue la mejor juguetería de todas las épocas porque además de tener regalos para todos los gustos y bolsillos, era capaz de hacer feliz a un niño sólo con lo que mostraba en la vidriera o escaparate.
Yo fui feliz por primera vez en esa vidriera, con un autobomba, de esos que utilizan los bomberos. Y la segunda vez fue por un robot que tenía como 20 centímetros de alto y que con una pila de esas cuadradas, caminaba, movía las manos y decía algo así como “soy un robot”.
Pero la mejor de todas las felicidades que me dio el escaparate de Juguelandia, fue cuando a los 4, 5 ó 6 años de edad, ví un cowboy a pilas, que al accionarle un botón de un control conectado por cable -aún no existía el mando a distancia- caminaba como en un duelo del lejano oeste, se detenía con las piernas abiertas y desenfundaba las dos armas a la vez accionando disparos que sonaban con mayor o menor intensidad, de acuerdo a la carga de las pilas.
Era alto como el robot, tenía un bigotito al estilo Charles Bronson y una panza prominente, como la de Hoss Catwrigth, el gordo de Bonanza.
Yo no sé si el Niño Dios (Papá Noel o Santa Claus), los Reyes Magos o mi cumple -el 3 de enero- me lo trajeron de regalo. Fue el mismo día que creí que la vida era para siempre, que no había males ni pecados y que Dios existía en algún lugar del mundo y se había guardado las pilas.
La ausencia de pilas -algo no previsto por el Niño Dios, los Reyes Magos o quien haya sido el que me regaló el cowboy- hizo que mis reclamos de las mismas avasallaran el nivel de aguante del Luisito, mi padre, por lo que en un momento determinado de la tarde y con la entrepierna sosteniendo dos pelotas de básquet, se dignó a ir hasta la Estación de Servicios de Mondino y comprar las pilas correspondientes en al Bar de Cachito Camisasa.
Trajo cuatro pilas, de las grandes, que me hicieron feliz durante casi 15 minutos interrumpidos viendo una y otra vez al cowboy repitiendo los mismos pasos programados: caminar como en un duelo, prepararse con las manos a ambos lados de la cartuchera, sacar los dos revólveres y disparar al aire can,can,can… matando el tiempo de mi inocencia.
Esa vez sí que fui feliz. Quizás porque fue la única vez en que la vidriera coincidió con el regalo. Quiero decir que fue la única vez que, tras ver el cowboy el domingo por la tarde cuando el negocio estaba cerrado, alguien volvió el lunes (Papá Noel o los Reyes Magos) para comprármelo.
Nunca más ocurrió lo mismo.
Se repetía siempre la misma música: “No. Ahora no, Marcelo, que está cerrado. Hay que volver el lunes”, pero el lunes nadie volvía. Y al domingo siguiente, después de dar una vuelta en la Plaza Cívica, otra vez la burra al trigo:
- Mirá mami, es una chancha de Fórmula 1, con la etiqueta de Ferrari…
- Si, Marcelo, pero está cerrado. Hay que volver el lunes.
- ¿El lunes venimos, mami? ¿El lunes podemos venir a comprarla?
- El lunes, Marcelo. El lunes.
En el último viaje a la casa de mis viejos, hace casi dos años, encontré arriba del ropero de mi habitación el cowboy de Juguelandia. Estaba cubierto de polvo encima del mete-gol (futbolín) de teclas, la guitarra y un rompecabezas de nosecuantas piezas. Lo noté cansado, viejo, con los cables pelados, el control desaparecido y las armas casi soldadas a la cartuchera por el tiempo que hacía que ya no las usaba. Se había vuelto un pacifista.
A Juguelandia la cerraron hace muchos años, después de que un accidente provocó un incendio que destruyó todo el negocio y convirtió en cenizas el 90 % de sus juguetes. Ese año, las familias más humildes de San Francisco tuvieron una excusa para dar cuando no pasaron los Reyes: no había juguetes, se había quemado Juguelandia.
Ayer recorrí, sin querer, la zona de juguetes que tiene el negocio de bricolage de Monte Cristo, aquí en Ibiza, y me quedé sorprendido con las novedades. Ya no hay robots, ni cowboys; y el truco del negocio cerrado ya no funciona para los padres, porque ahora nadie cierra los domingos. Ya no se puede decir “volvemos el lunes”.
De entre todos los juguetes de esa inmensa galería me quedé impresionado con una moto eléctrica, a batería, que tiene una carga capaz de aguantar dos horas y que te lleva a dar vueltas por todos lados a una velocidad no superior a los 20 kilómetros por hora. Tiene el diseño de una custom, su precio no supera los 200 euros y tiene frenos en las dos ruedas.
Lo que quiero decir es que me encantó la motito.
Lo que quiero decir es que me pareció, además, barata.
Lo que quiero decir es que, además de barata es segura.
Lo que quiero decir es que probablemente vuelva el lunes.
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