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08-09-2009
el delator

 

No se puso de pie Ed Harris.
No se puso de pie ni aplaudió.
Se quedó sentado con uno de sus mejores cabreos, el mismo que mostró en muchos de sus films.
Nick Nolte tampoco se puso de pie.
Y tampoco lo hizo Amy Madigan.
Ni lo hizo Jim Carrey, que prefirió esperar sentado en su butaca y de brazos cruzados.
Afuera, en la acera del teatro Kodak, continuaban los insultos y los silbidos; los mismos que tuvo que soportar el ya anciano director Elia Kazan al llegar a la entrega de los Oscar en la que recibió su premio honorífico.
El octogenario director fue presentado con mucho nerviosismo por Martin Scorsese y Robert De Niro, que se equivocaron en sus textos y se les trababa la lengua.
Elia Kazan, el mayor delator de la historia del mundo del espectáculo en los Estados Unidos, recibía así su Óscar Honorífico por su carrera profesional. Era el año 1999.
Su carrera como director de cine, fue intachable. Sin duda, uno de los mejores. Tanto lo fue que llegó a narrar, en uno de sus mejores films, su acto de chivateo ante el Mccarthismo.
Agradezco “el valor y la generosidad” de la Academia de Hollywood, dijo al recibir el premio. Fue una entrada triunfal ante sus compañeros. La única que pudo ofrecerles a lo largo de su carrera.
La entrada anterior, la que había hecho casi 50 años antes, fue ante los miembros del Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC), donde delató y entregó a ocho de sus compañeros, amigos y directores; y a siete desconocidos más, para salvar las aguas.
Richard Nixon le pidió que lo tome con calma, que ya otros habían cooperado. Se refería a Budd Schulberg, Eddie Dmytryk y Richard Collins. El primero de ellos, guionista del film ‘La Ley del Silencio’ que Elia Kazan dirigió -conocida también como ‘Nido de ratas‘- donde un Marlon Brando impresionante hace el papel del delator. (¿Una apología del delato?).
Durante aquel año 1952 Elia Kazan fue uno de los tipos más repudiados de Estados Unidos. En el Actors Studio los alumnos ni le saludaban, y en sus pasillos le daban vuelta la cara al verlo.
Sostiene Oscar Vila que “Cuando le contaron la declaración, Marlon Brando rompió a llorar en el plató donde rodaba Julio César”.
Cuarenta y siete años después de aquella canallada, la Academia de Hollywood le otorgó un Oscar Honorífico.
Error.
El honor no se gana sólo como artista, profesional o trabajador.
El honor se gana como persona.
Elia Kazan, conocido por su ideología de izquierdas, ingresó en el partido Comunista Estadounidense en 1934. Tras negarse inicialmente a presentar testimonio, Kazan terminó revelando en 1952 la identidad de ocho compañeros del partido -Phoebe Brand, Tony Kraber, Lillian Hellman, Dashiell Hammett, Clifford Odets, Pamela Miller, Morris Carnovsky y J. Edward Branberg-.
La mayoría de ellos acabó en la lista negra del comité (HUAC) creado por el borracho acomplejado Maccarthy, por la que se les impusieron restricciones prácticamente insalvables a su derecho al trabajo. Kazan defendió su decisión afirmando: “Es cierto que existe un daño político, pero refiero hacerles un poco de daño a ellos que dañarme mucho a mí”.
Paradójicamente, Clifford Odets, uno de los acusados por Kazan, tomó la misma actitud delatadadora que su chivato.
La contracara de esta actitud, se llama dignidad: “Soy John Ford y hago películas del Oeste” fue la respuesta de uno de los más dignos y geniales directores de la historia del cine americano.
En palabras de Orson Welles, “teníamos miedo de perder nuestras piscinas”.
Al contrario que otros muchos actores y cineastas que se vieron obligados a declarar ante McCarthy para conservar su empleo en Hollywood, Kazan escribió en sus memorias, publicadas en 1988, que no se arrepintió de su decisión y que nunca dudó de que volvería a hacerlo.
Ayer, Elia Kazan hubiese cumplido 100 años.
Lo recuerdo hoy porque su cine ha sobrevivido a sus debilidades y a sus canalladas. Su talento como descubridor y director de actores ha dado nombres imprescindibles en la pantalla grande y su forma de narrar con este lenguaje audiovisual, feu sin dudas único.
América, América (1963), Esplendor en la hierba (1961), Un rostro entre la multitud (1957), Al este del Edén (1955), La ley del silencio (1954), ¡Viva Zapata! (1952), Un tranvía llamado deseo (1951) y Pánico en las calles (1950), son algunas de sus obras maestras, las que lo honran como director de cine.
Yo también me hubiese quedado sentado y de brazos cruzados.
El honor se gana como persona.

 
 
 
 

 




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