Celeste recorría el campo recogiendo flores un tanto alejada de sus dos hermanas mayores, cuando un sonido agradable llegó a sus oídos. Parecía el sonido de una nave espacial volando a baja altura o el de una manguera que tira mucha agua y con mucha presión.
Celeste levantó la vista para tratar de ver algo; incluso intentó ubicar a sus hermanas que estaban al otro lado de la campiña recogiendo flores. Pero todo fue en vano.
Sin saber qué era lo que había escuchado, la pequeña niña caminó hacia el final del terreno y cuando le faltaban unos 50 metros para llegar al lugar, vio como un huevo gigante caía en la tierra: “Fiummmmmm… Pummmm”.
Celeste se cruzó de brazos, miró primero al gigante huevo metalizado que se había enterrado unos 30 centímetros en la tierra y luego elevó la vista al cielo para tratar de encontrar a la cigüeña distraída a la que se le había caído aquel huevo.
Luego se acercó, sin temor alguno, al gigantesco huevo que tenía más de un metro y medio de altura y observándolo con cuidado determinó que no era de gallina: “Los de las gallinas de la abuela son más chiquitos. De todos modos se lo voy a preguntar a ella que seguro que sabe de que pajarito es este huevo”.
Celeste entonces intentó hacer rodar aquel huevo metálico que estaba enterrado en la tierra, y en su intento sintió como el huevo se abría.
Hizo dos pasos hacia atrás y al notar que por encima el huevo se abría en dos partes, comprendió que el pajarito estaba naciendo.
Comenzó entonces a juntar pastos y ramas para construirle un nido, e incluso pensó en buscar lombrices para alimentar al bebito que venía al mundo y que a lo mejor no podría volar.
Pero nada de ello fue necesario.
Cuando la tapa posterior del huevo se abrió, surgió de él un niño con un disfraz parecido al de un astronauta, escafandra, antenitas de vinil para detectar la presencia del enemigo, botas plásticas similares a las de lluvia que Celeste tenía en su casa, guantes gigantes como los de Batman pero en el mismo color naranja de su traje y un reloj gigante que llegaba hasta el codo y que tenía un montón de pantallitas.
Torpemente el niño salió de su huevo metalizado. Celeste intentó ayudarlo pero el pequeño tropezó y se dio contra el suelo.
- Torrrrrpeeeee -dijo Celeste-. ¿No ves que acabas de nacer? Tienes que hacer todos los movimientos con calma.
- Ñuiñuiñiiiñiiiiñuiii-bip-bip-fuiuuuuu-nui Nui-ñiiiiii -contestó el niño desde el suelo con un sonido similar al de la radio transoceánica del abuelo de Celeste.
La niña lo arrastró de los brazos hasta el nido que había empezado a construir minutos antes y cuando logró acomodarlo el niño se puso de pie de un solo salto. Giró la cabeza de un lado al otro, de forma muy lenta, y mirando a Celeste volvió a insistir con su lenguaje radial desconocido: “Ñuiñuiñiiiñiiiiñuiii-bip-bip-fuiuuuuu-nui Nui-ñiiiiii”.
Celeste insistió en que no sabía lo que decía pero que ya aprendería a hablar como todos ellos. Le explicó que ella al principio tampoco hablaba bien pero que últimamente decía casi todas las palabras, salvo las que llevan doble erre que es la letra que más le cuesta pronunciar.
Mientras ella hablaba, el niño con escafandra grababa los sonidos en su enorme reloj que llegaba hasta el codo. Luego los reprodujo, para sorpresa de Celeste que nunca se había escuchado a sí misma y, finalmente, combinando botones en sus pantallas, logró culminar la tarea.
- Ya lo tengo -dijo el joven salido del huevo-. Este es el idioma que tú hablas.
- Siiiii!!! -contestó Celeste con muchísima alegría-. ¡Qué rápido que lo aprendes!
- Endes. Bueno, en realidad está registrado en mi memoria principal, junto a unos 150.000 más. Pero en esta región de tu Planeta, sólo había posibilidad de uno entre mil o mil quinientos idiomas.
- ¿Y con esa máquina no puedes hacer que yo pronuncie mejor las “erres”? -preguntó la niña.
- Erres. No lo creo. Lo siento, pero tu forma de aprender a hablar es distinta a la mía.
- Ahhhh -dijo Celeste, asombrada-. ¿Y también hablas jeringozo?
- Gozo. No lo sé. De todos modos podré buscarlo en mi memoria de idiomas.
- Ahhhhh -repitió Celeste sin salir del asombro-. ¿Y por qué repites lo último que yo digo?
- Igo. No lo sé. Eso debe ser un error de frecuencia. Tendré que buscarlo también en mi computadora.
El niño del traje naranja y las antenitas de vinil, repetía al iniciar una frase, las últimas dos sílabas que había pronunciado la persona a que acababa de escuchar. Si la otra persona le decía “emblema”, él entonces repetía “Blema” y luego se pronunciaba. Si lo que escuchaba era, por ejemplo, la palabra “nave”, repetía “Nave” antes de empezar su interlocución.
Celeste ya había notado esa falla en su nuevo amiguito, pero siguió interesada en el huevo y su computadora.
- ¿Traes computadora en tu huevo? ¡Que bueno! -exclamó Celeste.
- Eno. No. No en mi huevo. La traigo aquí, en mi brazo -contestó el niño señalando su gigantesco reloj-.
- Ahhhh ¿Y cómo te llamas?
- Amas. Ehhhh... En el lugar de donde vengo me llamo Lshnfoqir3hsj Flc-i09wjhrn, pero aquí eso es difícil de pronunciar. De acuerdo a tu idioma, creo que puedes llamarme El Androide.
- ¿Leandro Ide? Que lindo nombre. Yo conozco a un niño que se llama Leandro pero todos le dicen Leo.
- Leo. ¿Le dicen Leo?
- Si. Leo el de la Caracola.
- Cola. ¿Por qué el de la Caracola?
- Jajajajaja. Porque en el jardín de su casa tiene una enorme caracola.
- Cola. ¿Y está viva?
- Jajajaja. No. Es de cemento. La hizo su abuelo. Jajajajaja. Es como una coca-cola.
- Cola. ¿Como una Coca-Cola?
- Jajajajaajajajajaj. No, no. Es que me haces reír repitiendo lo último que yo digo. Es como un espectáculo.
- Culo. ¿Un espectáculo de quien?
- Jajajajajajaja. Tuyo. Porque estás diciendo palabrotas.
- Otas. ¿De veras? Yo no quiero hacer eso.
- ¿De veras no quieres hacerlo? Yo pensé que lo decías porque eras un torpedo…
- Pedo. ¿Un torped..? Oh, no. Te burlas de mi, niña.
- Jajajajaja. Sólo estaba haciéndote una broma.
- Oma. Déjate de bromas y dime como te llamas.
- Celeste. Me llamo Celeste porque es el color más bonito del mundo.
- Undo. ¿Es el color del cielo?
- Si. Es el color del cielo y el del mar… hmmmm… y el es color del Lago Titi-caca.
- Caca. ¿Y cuál es ese…? Oh no, vuelves a burlarte de mí, Celeste. Ya no lo hagas, por favor.
- Jajajajajaja. Esta bien Leandro, prometo no volver a hacerlo, pero ahora acompáñame que iremos a hablar con mi papá a ver si te puede llevar hasta tu casa.
En vano fueron todos los intentos de Leandro Ide por explicar a la pequeña Celeste que su casa estaba en otra galaxia, que él venía de un planeta lejano.
Lo único que consiguió antes de salir rumbo a la casa de la niña, fue cubrir con pastos y ramas el huevo en el que había aterrizado (que en realidad era una nave espacial donde podía viajar una sola persona).
- Mi casa queda al otro lado de la campiña, Leo. ¿Podrás caminar hasta allá?
- Allá. Sí. Puedo caminar hasta 1.234 kilómetros lineales sin recargar mis baterías. Creo que la distancia hasta tu casa es mucho más corta que eso.
- Entonces vámonos, que mis hermanas me deben estar buscando.
Celeste y Leandro Ide cruzaron la campiña hasta llegar a su casa, donde la mamá la esperaba con una taza de chocolate caliente. En la mesa, el niño explicó que su ropa no era un disfraz y que su verdadero nombre era Lshnfoqir3hsj Flc-i09wjhrn. Pero de nada sirvió. La mamá de Celeste -que se llama Raquel- decidió esperar a que venga su esposo en el coche para que lleve al niño hasta su casa.
“Este amiguito de Celeste es un poco raro. Dijo que venía de un lugar llamado Kamino y yo no conozco ningún barrio que se llame así”, pensó Raquel un tanto confundida; aunque más se confundió cuando escuchó la versión de Celeste.
- Leandro es un niño que venía en un huevo para nacer, pero el huevo se le cayó a la cigüeña, mamá. ¿Lo entiendes? -dijo la niña.
- ¿Se le cayó a la cigüeña?
- Si. Y se le cayó en el campo que está detrás de la casa de la abuela, donde yo juntaba flores. Entonces lo encontré. Ahora hay que decirle al papá que averigüe en el hospital cuál de las panzonas de acá esperaba un niño llamado Leandro. Tiene que ser una mujer de apellido Ide… ¿Conoces alguna?
- Ide… Ide… No, no conozco a nadie en esta ciudad con ese apellido -contestó la mamá, mucho más preocupada que antes.
|