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12-03-2009
aprender a leer

Bajó del sulky con la rudeza de un hombre que trabaja la tierra y tras atar el caballo al palenque improvisado que había en las afueras de la escuela de campo número nosecuanto, se dirigió a la entrada del colegio por primera vez en sus 42 años de vida.
Quería aprender a leer.
Entró a la escuelita sin pedir permiso, por bruta más que por mal educada, y asomada en la puerta del aula le preguntó al único maestro que dictaba clases si podía hablar con él. “Sí”, dijo él. “En un minuto estoy con usted”.  El docente dejó a sus alumnos con alguna tarea y salió al pasillo para hablar con aquella mujer, que parecía más ansiosa que un paciente que asiste al dentista con un terrible dolor de muelas.


- Usted dirá, señora.
- Soy señorita, maestro. Y quiero aprender a leer.
- Bien. Me parece muy buena idea –dijo el maestro-. Me llamo Julio Hipólito Roteda, soy el director y único maestro de esta escuela rural a la que asisten unos 28 niños y con gusto la enviaré con una recomendación al pueblo, a la escuela nacional, donde un amigo se encarga de educar a las personas adultas.
- No, no. Que pueblo ni que ocho cuartos. Una mierda la escuela nacional. Yo no puedo ir a una escuela de gente de mi edad, donde todo el mundo se ríe si ven a una mujer tosca y bruta como yo, de campo, aprendiendo las letras y los números. No maestro. Además yo sólo quiero leer, no me interesa escribir. ¿Pa’qué voy a escribir si yo nunca tengo necesidad de escribirle a naides?. Yo necesito leé, maestro, porque me he quedado sola en la chacra, mi hermana menor se casó con uno de La Esmeraldita, el Ramón, buen hombre sabe,  y se jué a viví allá. Y eso está lejos de acá, como a diez leguas. Ya no me puede leé los libros como lo hacía ante, ¿entiende?.


A buen entendedor, pocas palabras.
El maestro comprendió que delante de él tenía a una mujer de campo, criada en la chacra y educada a fuerza de trabajo y sacrificio.  Por la forma de vestir –llevaba bombachas de gaucho, alpargatas y una camisa de hombre bastante descolorida-, el peinado –pelo bastante corto y ondulado pero con los rizos naturales de ese cabello, limpio pero sin brillo-, la forma de hablar –bien rural, como la de cualquier campesino de la zona- y los gestos –toscos, haciendo juego con sus manos callosas y de uñas cortas que para nada se parecían a las de una mujer de 42 años- la mujer no tenía muchas intenciones de socializar en una escuela del pueblo dedicada a la educación especial para adultos, y tampoco podía recomendarle algunos cursos por correo, que se hacían a través de vídeos en VHS y que daban muy buenos resultados.
Julio miró hacia la tranquera de entrada a la escuela, vio el sulky de la mujer con el caballo atado al palenque, escuchó los murmullos del aula que iban creciendo porque se estaba demorando con la charla y sin dar demasiadas vueltas resolvió por lo sano.
Primero le preguntó su nombre, a lo que la mujer contestó “Socorro. María del Socorro. María del Socorro Silvestro, me llamo, pero todos me dicen Corrín. Desde chica. Mi madre me puso ese nombre porque nací el 27 de junio, maestro”; después quiso saber si vivía lejos de allí, a lo que ella indicó que más o menos a una legua de distancia, hacia el norte; y por último se interesó por su tiempo libre, si disponía de él. “Claro. Tengo casi toda la tarde libre, después de las 6 más o menos, ya termino con todo el trabajo de la chacra, maestro”.
Finalmente, el maestro le pidió que regresara es misma tarde, después de las 6, para que pudieran conversar tranquilos.
La vocación docente de los maestros y las maestras rurales en el pasado siglo XX, era envidiable. Había que sentirla muy adentro para tener deseos de estudiar, recibirse de docente y luego instalarse en una zona inhóspita, lejana de toda civilización o vecindario, para enseñar allí a leer y escribir a un grupo de alumnos, de entre 5 y 15 años de edad, que integrando los distintos niveles educativos –de primero a sexto grado de la escuela primaria- compartían una misma y única aula de clases.
Aferrado a ese amor por la docencia y a la ansiedad que descubrió en Socorro en sus deseos de aprender a leer y a escribir –el proceso educativo comprende las dos acciones a la vez, ambas son inseparables: no se puede decir que se aprende a leer sin, a la vez, aprender a escribir. Es como decir que se ha leído a Ortega pero no se ha leído a Gasset-, Julio le propuso comenzar el lunes siguiente con las clases,  a las 6 de la tarde y una vez que los niños se hayan retirado. Socorro debía traer dos cuadernos, lápiz, goma y combustible, en invierno, para alimentar la lámpara a kerosene con la que tendrían luz. Los libros estaban en la escuela.
La primera semana le sirvió, a la nueva alumna mayor de edad, para trazar líneas cortas y largas en todos los sentidos, hacer círculos en las hojas del cuaderno de tareas, pintar dibujitos sin salirse del contorno previamente marcado y descubrir que en efecto, es imposible aprender a leer sin aprender a escribir. Y viceversa.
En la segunda semana Socorro ya reconocía todos los números del 1 al 100, a simple vista, e incluso llegó al fin de semana siendo capaz de escribirlos. “Así que los moraditos de 10 pesos, tienen el 10 escrito ahí mismo y yo no lo sabía”, afirmaba sonriente mirando el billete al que hacía referencia.
Al cumplirse el primer mes, Julio vio con orgullo como su alumna de mayor edad distinguía las vocales una a una, y era capaz de escribirlas en minúsculas y mayúsculas, sin temor a equivocarse, con una grafía redondeada y perfectamente legible.


- ¿Y cuándo voy a poder leer los libros que compro en el pueblo, maestro?
- Pronto Socorro. Muy pronto. Te prometo que cuando llegue el verano, te hartarás de leer en las noches.
-La Corrín leyendo, ¿quién lo hubiera dicho? ¡Y escribiendo! Mi hermana quiere que le escriba una carta, maestro, cuando sepa. Aunque sea pa’decile que la Carola está bien, sabe.
- ¿La Carola?
- Si. La Carola, maestro. Es la vaca de mi hermana pero sigue conmigo, en la chacra. Y mi hermana la extraña más a la Carola que a mí. Estaba muy encariñada, sabe.


El calor se sentía durante el día y el sol ya obligaba a llevar ropa liviana cuando dejaron de usar la lámpara a kerosene en las clases de Socorro. Estaba llegando el verano y la educación iba de maravillas. Habían superado la tercera parte de las 103 páginas del ‘Semillita’ -libro de primer grado en la educación argentina- cuando Julio le comunicó a su alumna que era el momento oportuno para avanzar: “La semana que viene vamos a terminar el ‘Semillita’ así que tendremos que empezar con otro libro. Tendremos que empezar a usar alguno más complicado”.
Ni por las tapas Socorro se imaginó que aquel “libro más complicado” del que hablaba el maestro, podría ser alguno de los que ella guardaba en casa con mucho recelo y que compraba de dos en dos o de tres en tres, cada vez que iba al pueblo. Aquellas novelas semanales de amor y de jóvenes enamoradas, seguían intactas en el viejo estante de caoba que Socorro tenía en su habitación, perfectamente separadas de acuerdo a dos características fundamentales: a la derecha todas las que aún no había leído y a la izquierda, todas las que su hermana le había leído hasta hacía unos meses, cuando se casó con el Ramón y se fue a vivir a La Esmeraldita. 
Las novelas de la derecha duplicaban y casi triplicaban a las de la izquierda, pero ni así aceptaba Socorro que su hermana, en las visitas que le hacía con el Ramón algunas tardes de domingo, le leyera alguna de las nuevas. “Nada. Leelas pa’vos si querés, que a mí el maestro me dijo que en el verano ya podré leerlas yo misma. No te preocupés hermana, ya me va a sobrá tiempo pa’leé todo esto”.
El ‘Semillita’ se terminó un viernes, ya entrado el primer mes del estío, y entonces Socorro preguntó cuál de todos los que estaban en la biblioteca de la escuela era el libro siguiente. El maestro dijo que no. Que el próximo lo traería ella de casa, porque a partir del lunes comenzarían a leer una de esas novelas vírgenes que guardaba en el mueble de caoba. Él no lo sabía, pero era una de las que estaban ubicadas en el estante de la derecha.
El lunes, cuando Julio vio a Socorro entrar a la escuelita, volvió a notar en la mujer aquella ansiedad del primer día, como el mismo dentista que descubre que a un antiguo paciente le ha vuelto el dolor de muelas.
Socorro se sentó frente a la mesa redonda donde recibía las clases, sacó el cuaderno con la tarea realizada y cuando intentó abrirlo en la página de los ejercicios escritos, el maestro se lo cerró con delicadeza: “Hoy no. Hoy sólo vamos a leer, Socorro. Con el libro nuevo, digo. El que trajiste de casa”. 
A Socorro la ansiedad se le dibujó en el rostro.
Le creció el dolor de muelas.
Sacó el libro de tamaño monitor de su bolsa de plástico tejida al crochet y lo puso sobre la mesa. Estaba impecable, como si recién lo hubiesen enviado desde la imprenta. Era pequeño, como todos los de su estilo, y la tapa estaba ilustrada por el dibujo de una pareja joven, elegantemente vestida, a punto de besarse delante del escaparate de una tienda de modas. Arriba, en un óvalo en blanco que ocupaba el 80 % del ancho de la portada, unas enormes letras rojas, de bonito diseño, dejaban leer ‘Corín Tellado’, y debajo, en negro y con una letra más pequeña, el título de la  novela: ‘Mi mujer eres tú’.
Socorro nuevamente intentó abrirlo, pero el maestro, otra vez con delicadeza, le pidió que empezara por la tapa. Ella, de memoria afirmó que las letras rojas decían “Corín Tellado” (*) y que esas palabras ya había aprendido a escribirlas.
Entonces Julio le pidió que comenzara por el título.
La alumna, obediente, leyó de continuo y sin equivocarse: “Mi mu-ujer eee-res tú”. Miró al maestro, sonrió como un niño que recibe su primer tren a pilas y abrió la novela para comenzar a leerla desde la primera página: “Se en con tró, encontró con él a la saa-liii-da de la caa-sa, casa de modas…”.
Ahora era el maestro el que sonreía. Había aprendido a quitar una muela.


* (El 30 % de las mujeres latinoamericanas que aprendieron
a leer y a escribir en edad adulta, lo hicieron motivadas por
el afán de poder leer, por sí solas, las novelas de Corín Tellado,
cuyo verdadero nombre era María del Socorro Tellado López).

 

 
 

 




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