Después de guardar cola durante al menos cuatro horas de reloj, finalmente, Marcelo B. consiguió acercarse al despacho del funcionario de turno que la había tocado en suerte en la oficina de desempleo.
El bueno de Marcelo, con las piernas y talones hinchados por la larga espera (y también como consecuencia de sus arriesgadas peripecias anteriores que serán explicadas a lo largo del relato) agradeció sobremanera poder apoltronar con un estruendo sordo sus agraciadas posaderas en la diminuta silla habilitada a tal efecto.
El funcionarucho de tres al cuarto miró por encima de sus lentes con indisimulada expresión de hastío. No se había levantado en toda la mañana, ni siquiera para ir al baño, ya que acostumbrado como estaba a soportar las interminables desventuras y tragedias de los míseros desempleados, había acostumbrado a su cuerpo a hacer oídos (y esfínteres) sordos a sus mas básicas y acuciantes necesidades fisiológicas. Pero aún así, la súbita presencia de aquel orondo y desgarbado cordobés (argentino) le hizo sentirse particularmente incómodo, ya que, a pesar de haberlo intentado por todos los medios, todavía era incapaz de retener o mantener bajo control la imperiosa necesidad de llevarse algo que poder comer a la boca. Era casi la hora del almuerzo, y las entrañas del escuálido funcionario de apenas cuarenta kilos de peso se rebelarían en tropel y correrían al asalto de la Bastilla en brevísimos instantes si no le hincaba el diente a su inseparable y aceitoso bocadillo de mortadela con aceitunas de una vez por todas.
-¿Nombre y apellidos?- preguntó con impaciencia esperando quitarse a semejante espécimen lo antes posible de su arco visual.
-Bailone, Marcelo…para servirle a usted en lo que desee.
-¿Edad?
-Indeterminada, pero para rellenar la casilla tal vez le ayude saber que la horquilla abarca entre los 7 y los 67 años.
-¿Ocupación anterior si la hubiera o hubiese tenido alguna vez con anterioridad?- pregunto el funcionario remugando entre dientes y maldiciendo su mala fortuna, ya que parecía evidente que la cosa iba complicarse más de lo esperado.
-Bien, lo cierto es que ahora mismo estoy trabajando involuntariamente a tiempo parcial…
El funcionario esquelético se repantingó en su asiento echándose para atrás mientras se pasaba una mano por la calva incipiente y agarraba con desencanto evidente el borde de la mesa contrachapada con la otra, señal inequívoca de su inminente estado de cabreo.
-¿Me está diciendo que se ha tomado usted la molestia de perder el tiempo, guardando la vez durante toooda la mañana, para venir ahora a hacérmelo perder a mi diciéndome que ya tiene usted un trabajo?...¿Que pasa caballero; nos aburrimos en casa, o qué?
-¡No, no!…señor, me gustaría poder precisarle que el trabajo que ejerzo en este preciso instante no es, como ya comenté con anterioridad, ni mucho menos algo que realice conscientemente. Y por supuesto tampoco recibo remuneración alguna por ello, más bien al contrario. Lo cierto es que tan solo me reporta disgustos. El motivo de mi visita es saber si hay alguna vacante, en la ocupación que sea, que permita librarme de esta tribulación exasperante que me mortifica a diario.
-Bien- replicó cansinamente el oficinista público mientras se acercaba de nuevo a la mesa conduciendo con pericia el taburete de ruedas y maldecía para sus adentros que los sonados siempre le tocaran a él- ¿y cual es esa ocupación que le mantiene tan involuntariamente ocupado, valga la redundancia, señor Bailone.
-Verá señor funcionario, durante toda mi vida he ejercido de “hombre estadística”. ¿Conoce usted el concepto?.
-¿…?
-Puede que, tal vez, susodicho asunto no le diga lo mas mínimo. Ya se que como por todos es bien sabido, el funcionariado público no debe preocuparse de nada mas que no sea su propio trabajo sin temor a perderlo, que para eso se pasaron sus buenos años opositando para conseguir tan justa y merecida plaza, como sin duda es el caso de usted. Verá usted caballero, ya desde mi más tierna infancia formo parte de todo tipo de estadísticas habidas y por haber. Creo que tal vez exista un componente genético, ya que una de mis abuelitas (por poner un ejemplo) tan solo utilizó el teléfono una vez en su vida, lo que la convierte en un caso único, porqué si bien es cierto y sabido que las mujeres de antes no usaban teléfono, también lo es que cuando lo hizo contaba ya mas de ochenta años y estábamos en la década de los 90, ni mas ni menos. Esta premisa subyacente me condiciona a formar parte de estadísticas mayoritariamente minoritarias, si se me permite la incongruencia. Por ejemplo: aunque si bien es cierto mis ancestros italianos y su descendencia, entre la que me incluyo, engrosan junto con los gallegos el 66% del montante actual de población que emigró a la Argentina durante el siglo XX, tampoco es menos verdad que un servidor también forma parte de un grupo menos numeroso que a su vez salimos de nuestro país de adopción en busca de otro (en este caso, España) en el que poder ganarnos la vida. Allá (en la Argentina) también formaba parte del reducido grupo de compatriotas, mayoritariamente cordobeses, que no comemos para vivir, sino que vivimos para comer. De ahí mi aspecto lustroso que me ha ocasionado mas de un disgusto, por que lo cierto es que también formo parte, aunque no se lo crea, de un grupo selecto de humanos que hemos sobrevivido a tres infartos, ni mas ni menos, y por supuesto, como buen residente bonaerense afiliado al partido comunista que fuí durante años, también luzco con orgullo las cicatrices que me dejaron las palizas de los milicos durante la dictadura de los setenta, con balazo incluido y todo…mire, mire, justo aquí en el costado derecho lo tengo…
-Pare, pare…Señor Bailone, ¿sería usted tan amable de explicarme hasta donde quiere llegar, sin tener que reportarme al completo toda su obra vida y milagros, por favor? Hay mas gente esperando detrás de usted, gente que no se levanta todas las mañanas con ganas de cachondeo y cuya única razón para venir aquí no es otra que la de encontrar un empleo digno con el que sustentar a sus familias. Piense usted que no tan solo me esta haciendo perder el tiempo a mí, también se lo esta haciendo perder injustamente al resto de infortunados desocupados de la cola.
-No haré acopio de posesión de mucho mas de su tiempo ni de mis camaradas involuntariamente ociosos señor funcionario. Si quiere que vaya al grano, pues al grano que iremos directamente y sin marear la perdiz (como dicen acá) rondándola por más vericuetos. Vera usted, desde que resido en España mi situación es cada vez mas insostenible ya que (siguiendo con los ejemplos ejemplarizantes) mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, con lo que estadísticamente hablando, resulta que ambos disponemos de un vehículo propio, cuando es evidente que la cosa no funciona precisamente así. Lo mismo ocurre con toda suerte de cachivaches y aparatos electrónicos de última, penúltima o antepenúltima generación como puedan ser teléfonos móviles, ordenadores, conexiones wi-fi, tostadoras y un larguíísimo etcétera, parece que todo el mundo lo tiene todo doblado menos yo, que por no tener, no tengo de nada. Por supuesto también entro en la estadística de la población inmigrante desempleada y por defecto en la del montante total de gente sin un sustento salarial regular que ya alcanza al 20% de este bendito país, lo que me hace dudar seriamente de que fuera una buena opción a la hora de abandonar el mío propio a su suerte. Así y todo, no es la gravedad de mi precaria situación económica lo que mas me preocupa, sino el hecho de que las desproporciones estadísticas mas dolorosas parecen cebarse últimamente en mi persona mas aún si cabe de lo que me sucedía con anterioridad. ¿Sabía usted, señor funcionario, que estadísticamente cada cinco minutos un peatón es atropellado en este país?...pues bien, yo soy ese peatón, nadie más que yo. Y no vea usted lo engorroso que resulta andar todos los días rodando por los suelos con la cantidad más variopinta de vehículos a motor traccionando a toda pastilla por encima de mi cabeza, y para mas inri resulta que la totalidad porcentual de los que incurren en el delito de omisión de socorro también se me ventilan a mi mismo con toda impunidad. De ahí viene mi aspecto bochornoso y desarrapado, ya que me resulta humanamente imposible mantenerme en unas condiciones físicas y estéticas mínimamente aceptables para no resultar desagradable a la vista del personal, lo que hace que también se me incluya (injustamente diría yo) en un grupo minoritario de gente con un preocupante aspecto de marginado social. Pero eso no es el colmo…el colmo de los colmos vino cuando me cayó un meteorito encima hace tan solo un par de días. ¿Sabe usted, ilustrísimo señor funcionario público, cual es el índice estadístico de posibilidades de que a uno le caiga un aerolito extraterrestre en la cabeza?...yo se lo diré sin sobrecargo alguno por ello: existe una posibilidad entre seis mil millones de que eso ocurra; cifra que, aproximadamente, es la que conforma la totalidad de la población mundial en este mismo instante, lo cual implica que si algo semejante ocurría, tan solo le podía ocurrir a uno. Pues ese uno fui yo mismo, el señor Marcelo Bailone, aquí presente para servirle a usted en lo que haga falta. ¿Cree usted, señor empleado de la oficina de desempleo, que existe alguna vacante de cualquier tipo que me mantenga ocupado y remunerado salarialmente a la par que alejado de este ignominioso destino que me ha tocado en suerte… pregunto anonadado?
-Señor Bailone- respondió el apabullado funcionario mientras se alzaba del taburete y rodeaba al argentino con incontinencia verbal aguda al tiempo que le posaba ambas manos en los hombros- tengo exactamente el trabajo que usted necesita. No se si esto tendrá algo que ver con su curiosa relación con las estadísticas o con la concha de la madre que me parió, pero lo cierto es que me ha convencido usted. Levántese y siéntese usted en mi silla, porque empieza ahora mismito a trabajar- le dijo mientras lo empujaba literalmente hacia su asiento. Considérese afortunado por haber estado en el sitio adecuado en el momento preciso ya que, desde este mismo instante, un servidor dimite irrevocablemente de sus funciones y le traspasa las obligaciones, ventajas económicas y deberes que en su día me fueron asignados en las aulas examinadoras del insigne colegio del funcionariado público, todo ello tras arduas e interminables horas de oposiciones que resolví satisfactoriamente para asombro de mi familia y conocidos mas allegados que desde un primer momento no daban un duro por mí.
Dicho esto, y apoltronado ya el sorprendido y boquiabierto señor Bailone en la butaca que había calentado su propio trasero durante los últimos veinte años, el escuálido funcionario agarró su aceitoso emparedado de mortadela con aceitunas para dirigirse directamente y sin volver la vista atrás hacia la puerta de salida. Y cuando ya en la calle respiraba el contaminado aire exterior a la par que le hincaba el diente a su almuerzo, se le vinieron a la cabeza multitud de opciones con las que sobrellevar (o tal vez sobrepasar) semejante shock traumático causado por aquel orondo argentino cordobés cuya similitud con el Arquímedes representado en un mosaico pompeyano antiquísimo le vino de repente a la cabeza y sin saber a santo de qué.
Barajó las posibilidades de llegar a casa, contárselo todo a la parienta, echarle un casquete para desestresarse y volver al día siguiente a su trabajo a la oficina como si no hubiera pasado nada. Pensó también en arrojarse del primer puente que encontrara por el camino, pero descartó la idea por su manifiesta falta de originalidad al ser un recurso ya ampliamente utilizado entre el amargado y sufrido funcionariado público (como diría Marcelo, el hecho sería estadísticamente poco relevante). Seria mucho mejor bajar al metro y tirarse de cabeza al tren, y en caso de arrepentimiento de ultima hora siempre cabía la remota posibilidad de intentar al menos tirarse a la taquillera en su defecto. En todo ello estaba pensando cuando, finalmente, sus sufridos esfínteres se rebelaron con un desenfreno inusitado en medio del madrileño Paseo de la Castellana.
|