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02-08-2009
la lluvia

 

“Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.”

Jorge Luis Borges / La Lluvia

 

La noticia dejó sin palabras a miles de científicos del mundo entero.
Y lo que es peor, sin solución aparente al tema.
De repente, por causas inexplicables como las que causaron la ceguera blanca en la novela de Saramago Ensayo sobre la ceguera, comenzaron a aparecer en distintos puntos del planeta lluvias torrenciales que inundaban regiones enteras, pero sin emitir sonido.
Por algún motivo desconocido la lluvia había dejado de sonar.
Como primera medida, la Organización de las Nacional Unidas (ONU) decidió reunir a los mejores Meteorólogos, Geólogos, Sismólogos, Médicos, Astronautas, Cocineros, Arqueólogos y científicos de similares características de distintos países y continentes, para buscar las causas de semejante tragedia. Las reuniones eran prolongadas y tediosas en Nueva York, y era importante contar con buen alimento, de allí que se haya buscado también a los mejores cocineros del mundo.
Tras 23 días de exhaustos debates, los Meteorólogos llegaron a la conclusión de que se trataba de un problema ecológico: el Planeta, cansado de pedir ayuda, decidió comenzar a pelear por su defensa con actitudes caprichosas como la de callar ante la caída de la lluvia, como si el agua que mojaba sus raíces ya no surtiera efecto.
Los Geólogos, al igual que los Sismólogos, sostenían que la verdadera respuesta a este dilema la hubiese tenido Carl Sagan, que había fallecido en 1996, o el propio Jacques Cousteau, que lamentablemente tampoco estaba ya entre nosotros.
Los médicos especialistas en garganta, nariz y oído -se llaman otorrinolaringólogos- manifestaron a través de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que se trataba de una nueva infección posiblemente derivada de la Gripe Porcina o Gripe A, latente en esos días.
Los Apaches, en tanto, consultados por expreso pedido del presidente de los Estados Unidos ante los altos conocimientos de estos aborígenes del norte de América para hacer llover y lograr que las nubes descarguen su llanto, dijeron que el problema era del hombre blanco y expresaron textualmente con mensajes de humo: “Cara pálida bajar el pote del volumen cuando comienza a caer lluvia”. Estaba claro que los pieles rojas seguían acusando a la tecnología y al hombre blanco.
Las lluvias comenzaron a ensordecerse en cada rincón del planeta, incluso en terrenos donde se presenta una o dos veces al año, y los científicos reunidos en la Gran Manzana seguían sin encontrar las causas del problema tras casi siete meses desde el primer síntoma descubierto en la ciudad italiana de Saluzzo.
Fueron necesarias más de 600 reuniones interminables en la sede del organismo internacional, para que se dieran cuenta que lo mejor era encontrar una solución y dejar de buscar las causas del problema.
En realidad, el problema se había trasladado ya a otros ámbitos: los matrimonios jóvenes no se daban cuenta si al hacer el amor llovía fuera de la habitación y por tanto había bajado muchísimo el número de relaciones sexuales entre ellos; como consecuencia del punto anterior el índice de natalidad también había bajado en toda la Tierra hasta en un 7,2 %; los filmes que llevaban escenas de lluvia no podían grabarse con sonido natural porque aún los aguaceros provocad0s en estudios de filmación se negaban a sonar y, finalmente, los campesinos no se enteraban de cuando llovía por lo que quedaban encerrados en sus viviendas, en algunos casos totalmente anegados por el agua que rodeaba sus viviendas tras varios días de lluvias que ellos no habían escuchado.
Por suerte el olor a tierra mojada no había desaparecido y la gente de pueblos de gesto antiguo podía seguir disfrutando de ese aroma.
Ante la falta de soluciones por parte de los científicos, el seno de la ONU recibió en una tarde de septiembre, a un humilde director de coros payeses de la española isla de Ibiza, en el Mar Mediterráneo, que aseguraba poder devolver el sonido a la lluvia con su grupo de catalano-parlantes.
La prueba se realizaría en la Iglesia de San Carlos de Peralta, uno de los más bonitos pueblos del Mediterráneo ubicado en el norte de la isla y que por ese entonces contaba con unos 120 habitantes.
Jóvenes, adultos y ancianos, se reunieron entonces en la entrada a la iglesia, debajo del órgano, y aprovechando el lugar con mejor acústica del edificio religioso comenzaron a frotarse las manos, palmo a palmo, creciendo en la intensidad con que lo hacían. Cuando el ruido de las manos ásperas inundó la iglesia, comenzaron entonces a mezclarse las castañuelas que sonaban con el golpe de los dedos pulgar y mayor, en ambas manos de los integrantes del coro.
El sonido era ya aterrador, cuando algunas voces iniciaron el golpe de las palmas de sus manos sobre sus piernas y a continuación comenzaron a agregarse taconeos y saltos sobre el suelo de madera. El sonido fue tan imponente que fuera del santuario, en las calles asfaltadas del pueblo de San Carlos edificado sobre una piedra gigante, comenzó a caer la lluvia cada vez con mayor intensidad y sonando al ritmo del coro de la iglesia.
Algunos historiadores aseguran que esa noche de septiembre llovió en todo el planeta y que quienes más disfrutaron de esa lluvia fueron los habitantes de pueblos perdidos, remotos o de pescadores, que recuperaron el sonido de la garúa de forma lenta y gradual a lo largo de toda la noche.
Los jóvenes y no tan jóvenes hicieron el amor incluso en plena calle, y los campesinos bailaron y cantaron viejas canciones y romances en medio del campo y entregados al agua que sonaba, incluso, al chocar contra sus cuerpos.
A la mañana siguiente el sol brilló con más fuerza y el cielo se vistió con el mejor celeste que se le conociera.
En San Carlos de Peralta, en tanto, cuando las abuelas comienzan a contar historias a sus nietos, hablan de aquella actuación del coro recordándola como la noche que llovió dentro de la iglesia, con truenos y relámpagos, pero sin que nadie se mojara.
Los niños, ansiosos, esperan entonces a que llegue la lluvia para poder oírla mientras la observan desde el porche de la iglesia. Cierran los ojos, frotan las manos palmo a palmo y descubren así su sexto sentido.

 
 
 
 

 




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