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26-04-2009
| todos amamos a Lucy |
No me refiero a la de Los Beatles y el cielo de diamantes, ni a la del esqueleto de la especie Australopithecus afarensis (AL-288) de unos 3,5 millones de años de antigüedad, aproximadamente, descubierto en Etiopía en la década del ’70.
No.
Me refiero a la otra Lucy.
A la pelirroja que aprendimos a amar en blanco y negro, con sonido mono y delante de un televisor Ránser del tamaño de una pantalla de autocine.
La mejor escena de sus 179 medias horas de espectáculo que creó en seis temporadas seguidas de televisión, fue la que protagonizó junto a su amigo Harpo Marx: el mudo. |
Ya saben ustedes como ocurren estas cosas: Harpo se había hecho amigo de la pelirroja nacida en el pueblo de Jamestown, en el Estado de Nueva York, mientras filmaban ‘El hotel de los líos’ en 1938, donde ella hacía un cameo de bailarina o de cocinera o de chica que pasaba por ahí, y en un momento de descanso mientras el hermano mudo de los Marx caminaba de un lado para el otro repasando la letra –bueno, la escena- ella le siguió por detrás imitándolo en el caminar y en sus gestos, hecho que a la Lucille se le daba más que bien desde que cursaba sus estudios primarios en el triste pueblo de Celoron. |
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Allí imitaba a sus compañeros de clase que eran mayores que ella, y a su maestro de música; pero en el set, burlar a Harpo con todos sus gestos despertó las sonrisas de los presentes y el actor, en lugar de enojarse -como lo hacían todos los creídos de la industria cinematográfica hollywoodense de entonces- prefirió conocer a la muchacha y convertir aquella mueca burlona en la mímica imitatoria de cualquiera que anduviera distraído en un descanso del film. Harpo, Groucho o Chico, solían contar que ni el propio William Seiter, director de la película, se salvó de la picaresca burlona de la futura comediante más importante de los Estados Unidos durante el rodaje de esa película.
En la escena en cuestión, que corresponde a un capítulo de mayo, junio o julio de 1955, Harpo -con su característica peluca enrulada, el sombrero arrugado y la gabardina con los bolsillos siempre llenos- deleita a dos mujeres en la sala del apartamento interpretando una melodía preciosa con el arpa –instrumento que le dio nombre a su personaje-, que si no me equivoco es ‘Take me out to the ball game’ - http://www.youtube.com/watch?v=H16vDiX_PCo&feature=related -y luego acompaña a una de las mujeres fuera de la vivienda para volver a ingresar con su típico silbido marcado por dos dedos en la lengua.
En ese momento, descubre que hay una tercera persona en escena, vestida exactamente igual que él, detrás de la puerta corrediza de una –por entonces- moderna cocina americana. El otro Harpo, no es otra que Lucille Ball -Lucille Désirée Ball Morton, según costa en actas- una mujer que nació con la sonrisa dibujada en su frente pero del lado de adentro, del lado de la imaginación, y que a pesar de haber sido acusada en algún momento por el gobierno de Estados Unidos de haber votado al Partido Comunista, fue la primera americana en exportar la cultura de su país en el formato más pequeño que existía de imagen y sonido: la tele.
La escena del supuesto espejo - http://www.youtube.com/watch?v=gHRzyOttJS0 - que protagonizan Harpo –por entonces de unos 66 ó 67 años de edad- y la popular Lucy –de 43-, dura aproximadamente 5 minutos y constituye una pieza de colección para aquellos que, al igual que yo, disfrutan de la creatividad en la pantalla chica, sin más recursos que el blanco, el negro y varios tonos de grises, un sonido directo a modo de teleteatro y dos o tres cámaras resaltando el guión.
Se trata, sin lugar a dudas, de un homenaje de Lucy a los Hermanos Marx, parodiando una escena de espejo realizada en un film por Groucho y Harpo. Decididamente, es una obra maestra de la televisión humorística.
‘Yo amo a Lucy’, nombre de la tira que comenzó a emitirse en 1951, fue el primer gran programa de la televisión internacional, el primero que se exportó a gran escala al resto del mundo, el primero de los Estados Unidos que se tradujo a decenas de idiomas insospechados –como el mandarín- y el primero en demostrar que la televisión podía ser un negocio tan redituable o más que el cine de Hollywood.
‘Yo amo a Lucy’ -al igual que ‘El show de Lucy’- es una comedia netamente familiar que llevó a millones de hogares de los cinco continentes las virtudes del estilo de vida de los Estados Unidos en la mitad del Siglo XX. Fue el vehículo ideológico más efectivo que pudo aprovechar el Tío Sam en esa época.
Para que les quede claro, hace exactamente 58 años que ‘Yo amo a Lucy’ genera dinero en grandes cantidades, pues incluso hoy se emite en canales de televisión del mundo entero.
Además, y con esto queda claro que la pólvora ya estaba inventada, ‘Yo amo a Lucy’ vendió en estos 58 años de emisión, miles de videos, libros, camisetas, sudaderas, calendarios, ropa interior, barajas, imanes para neveras, tazas, llaveros, plumas, relojes, discos, revistas y pinturas; e incluso es motivo, anualmente, de convenciones internacionales que se celebran en distintos puntos de los Estados Unidos, donde los actores que aún están vivos –creo que sólo los hijos de Lucy con el actor cubano Desi Arnaz- siguen firmando autógrafos a granel y contando anécdotas y datos curiosos de aquellos años gloriosos.
Lucy, el personaje en blanco y negro que en la serie se llamaba ‘Lucy’ Esmeralda Mc Gillicuddy Ricardo según lo revela en un capítulo en que ella y su esposo acuden a una boda; desapareció en abril de 1960.
Lucy, la actriz cuyo verdadero nombre anotado en el Registro Civil del Ayuntamiento de Jamestown es Lucille Désirée Ball Morton, murió el 1989. El 26 de abril de 1989.
A 20 años de su muerte, aún seguimos enamorados de aquella pelirroja que aprendimos a amar en blanco y negro, con sonido mono y delante de un televisor Ránser del tamaño de una pantalla de autocine.
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