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Manel Castromil Pérez
Obligado a nacer en otoño del '71, Manel Castromil Pérez escribe poesía desde el '83, es decir desde los 12 años. Ebanista, futbolista y fiel compañero, ha reunido sus poemas en diferentes cuadernos: La hojarasca es el desvelo (1991-1993); La sombra dentro del cuerpo (1994-1996); Si no hubiera que aprender (1997-1999); Regadío (2001-2002); El vuelo subterráneo (2002-2003); Tierras de aluvión (2006) y Materiales de derribo (2007).
En octubre de 2001 vio la luz su poemario El llanto del erial (Editorial Parnass).
Veinte años después de esribir poesía, sus dedos descubrieron la prosa tomando sol en un cuaderno espiral de tapas duras. Desde entonces se visitan casi a diario, siempre en trajes de baño. Algunos de sus relatos están reunidos en el cuaderno Prosas con pelos (2006).
Ha colaborado en revistas de literatura y ha traducido al castellano el libro de Cristina Casas i Mata denominado La mateixa pedra (La misma piedra, 2007).
¿Hace falta que les diga que su principal referente poético es César Vallejo?.
Es uno de de los grandes escritores que suele escribir amor con hache.
Hombre de frente amplia desde muy temprana edad, Manel Castromil Pérez asegura que "la inmigración me molesta tanto como mi flequillo; el nuevo orden mundial se me hace bola".
Por la calidad de sus textos, por su respeto a las letras y a quienes se atraven a dibujar con ellas, y -fundamentalmente- por su constancia a la hora de trabajar en sus escritos, Manel Castromil Pérez es -en mi humilde opinión- uno de los mejores escritores de Cataluña en lengua castellana.
Para Tarritos es un honor contar con uno de sus escritos.
"Todo lo que sé del suelo lo aprendí reptando".
'Imposibilidad de seguir creyendo que César Vallejo viniera a verme aquel día lunes tan hueso' es el segundo trabajo que presentamos en esta sesión denominada: CON UNA PEQUEÑA AYUDITA DE MIS AMIGOS.
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| Imposibilidad de seguir creyendo que César Vallejo viniera a verme aquel día lunes tan hueso |
Anoche aparecieron algunas hormigas |
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y los primeros olores.
Pero antes llegaron las moscas,
verdes, entomólogas, críticos de literatura;
y aun antes una binza leve,
como el sudario de aquel residuo.
Sin embargo, el primero en llegar fui yo mismo:
le toqué la frente, estaba fría;
le corregí una falta ortográfica;
alcé las persianas y le cerré los ojos.
Luego los abrí y empecé a ver claro.
No he querido tocar nada,
pero empiezo a necesitar un cambio de postura. |
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