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27-12-2009
no son los padres

 

Lo siento. Créanme que lo siento, pero no son los padres.
No son ellos.
Durante años hemos vivido engañados. La verdad la sabíamos antes, cuando éramos niños.
Entre los meses de septiembre y octubre últimos, tuve oportunidad de hacer uno de los viajes más bonitos que puede realizar un ser humano: recorrer Escandinavia, o buena parte de ella.
Partiendo desde Berlín a bordo de una autocaravana o Motor-home de alquiler, rodamos más de 6.000 kilómetros por las tierras del norte de Europa, comprendidas entre Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia.
Mi objetivo, aunque oculto, era llegar a Laponia y conocer la tierra de donde venía Papá Noel, de acuerdo a como me lo habían contado en mi niñez en Argentina.
El viaje fue largo y sobre todo frío.
Cruzar Dinamarca es precioso, pero implica recorrer tres islas enormes y los consecuentes puentes de 30 y 40 kilómetros de longitud que unen un terreno c0n el otro, a través del Mar Báltico.
Luego llegó Suecia, donde el paisaje es más escandinavo o nórdico pero el clima más frío. Allí la autocaravana trepó por caminos serpenteados entre pinares, donde por largos minutos era la única testigo del paisaje.
A medida que avanzaba la Fiat Ducato buscando el norte Lapón, el frío se hacía cada vez más intenso.
A mediados de octubre llegamos a la zona donde comienza la región de Laponia sueca y allí nos encaminamos hacia la Laponia finesa, al Este.
A unos 300 kilómetros del límite entre ambos países, nos detuvo un control militar muy estricto. Se acercó un oficial abrigado hasta los colmillos, y al bajar mi ventanilla para que pueda verme a la cara, se sorprendió. De inmediato llamó a alguien por el radio y me exigió que me bajara del coche y presentara toda mi documentación: pasaporte, papeles del alquiler de la autocaravana, DNI argentino y español, carné de socio del Club Atlético Belgrano de Córdoba -lo tenía vencido pero no me dijeron nada-, carné de conducir, carné de la biblioteca Can Ventosa en Ibiza y de un videoclub del que soy socio.
Cuando ya eran como seis los militares que me rodeaban y me observaban detenidamente haciendo comentarios entre dientes en su idioma, el primero de ellos me devolvió toda la documentación, me dijo en un perfecto castellano “disculpe las molestias” y me pidió por favor que iniciara mi viaje de retorno.

- ¿Cómo? Debe haber un error. Debo ir a Laponia, quiero conocer la tierra de Papá Noel -insistí.
- No puede hacerlo. Usted no. Es época de mucho peligro para una persona como usted. Podrían… confundirlo.
- ¿Cóomo? -insistí en mi pregunta sin entender nada-. ¿Confundirme?
- Si. Si. -dijo solamente-. Lo siento, es mejor que regrese hacia Suecia o tendré que llevármelo detenido.

Ante esta última propuesta, que me dejó boquiabierto, no me quedó otra que dar la vuelta.
Giré en marcha atrás hacia el borde del camino, intentando en una maniobra volver a ponerme en la ruta de regreso, y antes de arrancar definitivamente, uno de los soldados que se había retirado cuando me devolvieron la documentación, salió corriendo y a los gritos desde la oficinita montada a un costado del control carretera.
“Espere” me avisó el oficial que hablaba español, y cogiendo un pequeño paquete del tamaño de una caja de DVD, se acercó hasta la ventanilla para entregármelo. “Con esto podrá entender mejor lo que le digo. Vuelva el verano próximo, antes de agosto, y será bienvenido”.
Entonces, disgustado, comencé a bajar hacia los lagos de Ostersund, en el centro de Suecia, para entrar luego en Noruega. Además de frío, desconsuelo.
Hace un par de días, cuando me fueron menester unos mapas del norte de Europa para conocer la distancia entre Helsinski y San Petersburgo, me encontré en mi mochila de viajes el paquete del militar de Laponia. Estaba envuelto en papel de diario, pero intacto.
Saqué el DVD que había dentro, lo puse en la computadora y entonces comprendí por qué no me habían dejado entrar; por qué hubiese estado en peligro mi persona y por qué me pidió que vuelva en verano.
Además, entendí la mentira con la que me han estado engañando mis padres desde que tenía 8 ó 9 años de edad hasta ahora.
“Son los padres, son los padres”, afirma todo el mundo rompiendo la ilusión de cualquier niño sin tener ni la más mínima idea de qué va el tema.
Lo siento.
No quiero ser cruel con ustedes, pero es necesario que lo sepan.
No son los padres.
Compruébenlo ustedes mismos.

 
 
 
 
 

 




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