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04-05-2009
noteolvido

La verdad es que no recuerdo la fecha exacta, pero si recuerdo que esa semana el abuelo estuvo inquieto, como malhumorado –no con sus nietos por supuesto: aún en el peor de sus días tenía una sonrisa para nosotros-. Dijo que había demasiados “milicos” recorriendo el barrio y que eso no era bueno. El viernes, a la hora de la siesta, con un frío que hacía telegrafiar con los dientes, se puso a cavar en el fondo del patio, en el terrenito que quedaba ubicado en medio entre la planta de nísperos y el limonero, al lado de su taller.
Tras hacer un pozo bastante grande, que le demandó mucho esfuerzo, de algo más de 1 metro de profundidad, comenzó a enterrar en él libros y revistas que traía de la piecita donde guardaba sus cosas, ante el silencio de mi abuela, la tristeza de mi prima Claudia y el desconcierto que a mí me invadía.
Era el mes de junio en Argentina, de eso estoy seguro, aunque no podría asegurar si era 1978, 79 ú 80; porque a mí me parece haber tenido ya 12, 13 ó 14 años de edad pero a la vez sospecho de ello, porque yo, a los 12, 13 ó 14 años de edad, ya hubiese sabido por donde venían los tiros.
Y el recuerdo, como tal, lo siento desde mi inocencia, casi diría desde mi niñez.
El tema es que al Ángel –que era, a la vez, su nombre y su esencia- no le tembló el pulso pero sí los labios a la hora de meter todos los libros y revistas en ese agujero hecho en la tierra, y aunque mi prima lagrimeó a escondidas porque el abuelo enterraba las revistas Selecciones americanas y las Novedades de Moscú, que a ella le encantaban, a mí me dolieron mucho más los números de El Gráfico –estaba incluso el número 1-, algunas revistas Humor y casi toda la colección de una publicación que él guardaba con mucho celo.
Toda una colección del Código Civil escrito por Dalmacio Vélez Sarsfield, dos o tres tomos de un diccionario Oriente, varias ediciones del Almanaque Mundial de los últimos años, el libro Civilización y barbarie de Domingo Faustino Sarmiento, una edición antigua de El Principito de Saint Exúpery, algunos escritos de Wolf, Piglia y Borges, textos en italiano y en piamontés antiguo, e incluso alguna edición de Cesare Pavese; integraban un extenso listado de libros, ensayos, periódicos, revistas y novelas de todo tipo, que podían resultar peligrosos ante el gobierno de facto que gobernaba -¿gobernaba?- el país en esa época. Todos fueron a parar al pozo, entre la planta de nísperos y el limonero. "Nunca se les ocurra sacarlos. Y si alguien pregunta por la tierra removida, estamos haciendo una quinta, sembrando tomates o lechuga”, dijo.
Habíamos empezado a cavar después de comer, aunque el abuelo no comió ese día, y terminamos como a las 7 de la tarde. Era ya de noche. El Ángel acabó exhausto y yo atribuía ese cansancio a su mal humor de esos días porque en ese entonces, y como dije antes, mi vida era pura inocencia y no entendía como alguien con la dulzura y el amor que tenía mi abuelo se podía poner de tan mal humor después de enterrar un libro.
Hoy, a los 42, sería incapaz de comprender una sepultura de esas, e incluso de permitirla, partiendo desde el hecho primitivo e inviolable que exige la regla: nadie entierra un libro y escribe un árbol, sino todo lo contrario.
En el invierno argentino de 1999, es decir unos 20 años después de aquel ‘entierro cultural’ -como lo llamamos con mi prima- el Ángel cenó lechón, tupido como a él le gustaba y como le exigían sus dientes, y se fue a la cama. Al día siguiente, 10 de julio, no quiso despertarse. Se fue de este mundo sin deudas, sabiendo que a los 88 años de edad nada le debía a la vida. Ni ella a él. Vamos, quiero decir que estaban a mano.
Se llevó el amor por su esposa, Mauricia, a la que esperaba reencontrar desde el mismo día en que ella había muerto; se llevó la sabiduría más cara, la que te vende la vida a precio de hambre; se llevó los recuerdos más dulces y tiernos de una infancia huérfana de padres y rica de abuelos y nietos, y se llevó su dentadura completa, intacta, “fruto de no haberla tocado nunca con pasta de dientes”, como él afirmaba.
Los cuerpos sepultados debajo del níspero, en tanto, siguieron allí. Tal como él lo había pedido en vida.
En marzo del año pasado, estando yo de visita en San Francisco, fui a la casa de los abuelos donde actualmente viven mis tíos. Enorme fue la sorpresa cuando al llegar a la zona del ‘entierro cultural’, me encontré el terreno cubierto por una alfombra de pequeñas flores, muy bonitas y de follaje muy verde, que crecen en terrenos de mucha humedad.
Creí, en un principio, que las había sembrado Claudia, o mi tía, porque se ubicaban exactamente en el territorio donde, hace ya 30 años, enterramos los libros con el abuelo; entre la planta de nísperos y el limonero.
Pero no.
“Nacieron solas”, dijo Claudia. Empezaron a crecer hace ya varios años y en los últimos cubrieron toda la zona, como si aún hubiese peligro de que viniese algún milico.
“Nomeolvides”.
Así se llaman.
Tienen un color azul-violáceo en sus pétalos, son amarillas en el centro y para los entendidos, su presencia en la casa significa “amor sincero y verdadero. No me olvides”.
Noteolvido abuelo.
Noteolvido.

 

 




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