Se conocieron de casualidad, mirándose por las vidrieras de ambos puestos de trabajo. Él trabajaba en una zapatería ubicada justo enfrente del estudio jurídico donde ella se asomaba por la ventana.
Después de observarla durante varios días, él descubrió que ella tomaba el mismo autobús urbano que él para volver a casa y que se bajaba un par de paradas antes, lo que le sirvió de pretexto para acercarse.
La primera vez que hablaron lo hicieron en la misma parada del autobús, en una tarde de lluvia. Ahí conocieron sus nombres y se rieron tontamente por efecto de la vergüenza y de ese cosquilleo constante que se siente en la boca del estómago de los enamorados cuando las mariposas -miles de ellas- le invaden.
El segundo paso lo dio él, al día siguiente, y la invitó a comer a este bar, donde estamos sentados ahora usted y yo, y donde acudía él de vez en cuando.
Si la primera salida fue una comida, la segunda fue el cine.
Grave error: las primeras citas son para conocerse y en el cine sólo se miraron de reojo. A la salida volvieron a caer en este bar para compartir un café juntos y el comentario de la película que ninguno de los dos había seguido.
La tercera cita fue directamente en esta mesa, donde usted y yo estamos sentados, en una noche lluviosa y húmeda.
Él no dudó en declararle su amor.
Desde entonces están juntos.
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