“No hay más oportunidades”
afirmó mirándome fijo.
¿Para mí? Pregunté sin vanidades.
Porque yo, oportunidades,
nunca las había pedido.
No es que no las haya querido,
sino que, como tales,
nunca se me había ocurrido.
¿No será que, confundido,
me hice cargo de tus males?
“No hay más oportunidades
y es la última vez que lo digo”.
Lo dijo sin necedades,
sin dudas y sin frialdades,
como quien echa un castigo.
Preferí volver al camino
y evitar todos tus males.
Sólo me quedó el olvido.
El amor que había surgido
no tuvo oportunidades.
|