La manecilla chica de mi reloj no había caído aún en la X de la circunferencia y sin embargo la avenida España, calle principal de la ciudad, estaba totalmente vacía.
¿Que está pasando -me pregunté- que ya nadie anda por la calle, ni los negocios abren sus puertas y ni siquiera los bares despachan a sus clientes?
Busqué en mi billetera un pequeño almanaque de bolsillo para consultar la fecha de aquel día, porque temí que fuera algún feriado o alguna fuesta importante que se me había pasado por alto.
Entonces lo ví clarito: era 21 de diciembre. El primer 21 de diciembre de un argentino viviendo en España desde hacía diez meses.
El primer inicio de invierno en una época en la que, durante toda mi vida, llevé pantalones cortos y camisetas frescas.
E
l primer escalón de días más cortos, noches más largas y temperaturas más bajas, pero al otro lado del Océano Atlántico.
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