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13-08-2009
Paput

 

Era el único que podía hacerlo.
Ningún otro ser humano podía llegar hasta arriba.
Miquelet de Can Pep, que era medio mono para treparse a los árboles y no le tenía miedo a las alturas, una vez intentó seguirlo por el camino de cabras pero se volvió a la media hora con una cara de susto como si hubiese visto la lepra delante sus ojos y hubiese sido inevitable el contagio.
El de Es Cubells subía cada semana, como si nada, para ver las cabras. Y llegaba hasta lo más alto.
Abajo, en el pueblo de San José o en el viejo camino a la Cala d’Hort, la gente aseguraba verlo paradito encima de la sierra y oteando todo el paisaje.
Para él, el monte era realmente una atalaya que le permitía ver toda la isla y las islas vecinas, según comentaba la gente del lugar.
Él no decía nada.
Paput, como lo conocían en Es Cubells supuestamente por el pelo rojizo que tenía y siempre despeinado, era sordomudo y no tenía casi comunicación con sus pares.
Todos en San José ya sabían que él subía los miércoles por un camino de cabras que aparecía en Can Pou y desde allí trepaba por un sendero de piedras -Ses Roques- muy peligroso, hasta la cima de Sa Talaia, donde tenía algunas cabras. Volvía el jueves por la mañana, porque al parecer tenía muchos animales.
Trepar hasta la cima del monte Sa Talaia era considerado una locura en la época en que sólo existían carros tirados por bueyes.
Hasta ese lugar, que estaba “tan alto que está cerca del infierno”, sólo trepaban las cabras.
“Paput tiene cabras hasta en Es Vedrá”, comentó una vez Chiquitet en el bar del pueblo y todo el mundo se rió de la noticia. Por supuesto que nadie le creyó, pero era una manera de conocer la cantidad de animales que tenía la familia del pastor oriundo de Es Cubells.
Desde ése día en que Miquelet intentó trepar con Paput pero se asustó, la gente del pueblo está con la duda de cómo se vería todo desde allí arriba.
El propio Miquelet sostenía que su intención era la de subir a Sa Talaia para ver la isla como si fuese un pájaro: “Por eso le dicen Paput, no por el pelo colorado; sino porque es el único que sube hasta arriba y desde allí ve la isla, el mar y el cielo tal como lo ven los pájaros. Como lo ve el Paput”.
Algunos muchachos que se pusieron de acuerdo en el bar, esperaron con Miquelet al pastor a su regreso a Can Pou, un jueves cerca del mediodía. Querían preguntarle cómo se veía todo desde arriba.
Miquelet hizo de intérprete, pues ya se había comunicado alguna vez con Paput para pedirle que le deje acompañar a la cima de Sa Talaia en su fracasado intento.
“Paput -le interrumpió Miquelet al llegar el pastor a Can Pou- ¿Qué ves desde arriba”, preguntó por señas.
El pastor indicó que no, sonriente, y siguió su camino.
Al jueves siguiente, más de 30 personas le esperaban. Uno de ellos, el más adulto, se paró delante de él y le pidió que le contara lo que veía desde arriba. Tanto insistió el anciano con sus gestos, que Paput contestó a lo que entendía en las señas del septuagenario, con otra seña: unió en sus dedos pulgares las dos manos abiertas con las palmas hacia abajo y con un movimiento suave de ambas imitó un aleteo.
“Claro -dijo Miquelet- es lo que yo digo. Ve lo mismo que ve un pájaro cuando vuela sobre la isla. Si por eso le dicen Paput”.
Una semana más tarde, el mismo anciano -que ahora estaba acompañado por más de medio centenar de vecinos de San José- volvió a detener al pastor en su camino de regreso desde Sa Talaia, para pedirle más detalles de lo que él veía desde arriba. De lo que veían los pájaros.
Paput, siempre sonriente, indicó que después de esta tierra hay mar y luego más tierra; y que el cielo sube y baja dependiendo de los días. Dijo además y siempre por señas, que si alguien lo deseaba podía acompañarlo, arriba tenía un refugio donde poder pasar la noche.
Al jueves siguiente ya eran más de cien las personas que se habían agolpado en Can Pou con la curiosidad de lo que se vería desde arriba del monte. Esta vez el anciano fue directo al grano y le pidió a Paput que le dijera qué veía en la isla desde la cima de Sa Talaia, y no fuera de ella.
Paput cogió una hoja de higuera y se la colocó encima de sus partes, pero nadie entendió el mensaje. Entonces le pidió al anciano que lo haga y luego, tomando a una mujer por el brazo, le pidió a ella que se colocase hojas de la higuera sobre sus pechos y sus partes, pero la mujer se ofendió.
Y se ofendió el marido.
Y el anciano.
Y los vecinos se ofendieron con Paput.
El pastor se fue casi corriendo, amenazado por los gritos e insultos de la gente de San José que lo creyó un degenerado.
El miércoles siguiente, cuando Paput llegó a Can Pou en su camino de ida, lo esperaban más de 150 vecinos. Esta vez el pastor no fue solo.
“Vine con mi hermano -dijo el acompañante de Paput- porque él es sordo y mudo, y casi no se expresa por señas. El jueves pasado llegó a casa preocupado porque temió haberos ofendido y me pidió que le acompañara. Subiré hasta la cima y mañana, cuando regrese de Sa Talaia, les contará lo que vieron mis ojos, que será lo mismo que ha visto mi hermano en todos estos años que lleva subiendo hasta allí para visitar sus cabras”.
Ambos siguieron el camino.
Hay quienes aseguran que unos cincuenta vecinos se quedaron a dormir allí mismo, en Can Pou, mientras observaban como Paput y su hermano trepaban por el pequeño sendero de Ses Roques.
Otros, los de San José, Cala d’Hort, Es Cubells, Porroig y otros sitios cercanos, contaron que ese jueves por la mañana se vio a los dos hermanos en la cima del monte Sa Talaia, oteando la isla hacia todos los rincones: “Llevaba la mano abierta en la frente, como cubriéndose del sol, y miraba para un lado y para el otro”, afirmaba Miquelet que era uno de los que aseguraba haber visto a los hermanos que habían llegado de Es Cubells.
Cuando bajaron, Can Pou estaba plagado de gente. Como si allí mismo se estuviese celebrando la fiesta del pueblo.
“¿Qué vio?”, preguntó con cierta ansiedad el mismo anciano.
“Vi todo”, dijo el hermano de Paput.
“Vi las torretas que decoran el paisaje; vi los pinares en el centro de la isla; vi las arenas y las piedras de sus calas y sus playas que dan amparo a los jóvenes enamorados”, afirmó.
“Vi la tierra roja con sus mejores frutos y los mejores verdes que existen sobre la faz de la tierra. Vi miles y miles de higueras; vi cabras en todos los rincones y la blanca sal claramente distinguirse de la arena. Vi cómo el sol se dormía tras las aguas cubriéndose con el mar cuál si éste fuese sábana, y vi la luna despedirse con el alba”.
“Vi lagartijas, cientos de miles, y podencos. Y vi gentes, como ustedes, caminando como hormigas por los pueblos y los campos. Todo eso vi desde arriba, como si hubiese volado como pájaro”, afirmó el de Es Cubells.
Tras una breve pausa, Paput volvió a recoger una hoja de un árbol, esta vez de una parra, y llevándosela a sus partes hizo señas a su hermano, levantando las cejas, para que develara el misterio.
La pregunta, que venía sonando como vuelo de mosca entre los vecinos, llegó por boca del anciano: “¿Viste, acaso, a Adán y Eva en la isla?”.
“No. Aunque es su búsqueda y su sueño, Paput no puede hallarlos. Él está convencido de que ellos viven aquí, junto a sus hijos y los hijos de sus hijos, pero nunca pudo encontrarlos”, afirmó su hermano.
“¿Volverá a subir?”, le preguntó entonces el anciano.
Y el hermano de Paput dijo que sí.
“Volveré a ayudar a mi hermano a buscar a Adán y a Eva, y a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Sin duda deben vivir aquí, desde arriba se ve claro. Esto es el paraíso”.
Aún no los han encontrado.

 
 
 

 




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