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14-08-2009
Particulares 30

 

Humphrey De Forest Bogart -consta en actas- hizo al menos tres cosas significativas en su corta vida de 57 años: inmortalizar a Rick y la película Casablanca actuando con esa rudeza viril que a todos los hombres nos gustaría tener; conquistar el cuerpo, el alma y el corazón de Lauren Bacall, la joven actriz que conoció en 1944 durante el rodaje de Tener y no tener y que aún sigue enamorada de él a 52 años de su muerte y, lo más importante, fumar como un Ekeko.
Si escribimos en google el texto “Humphrey Bogart” y le damos un click a “imágenes”, el 90 % de las fotografías que aparezcan del enigmático actor tendrán como único complemento un cigarrillo. E incluso las grandes caricaturas de la época, de diversos dibujantes de renombre en los Estados Unidos, lo pintaban al actor con un cigarrillo en la cuenca de los labios o en la tijera de los dedos.
Estaba por abandonar mis 11 años de edad en diciembre de 1978, cuando descubrí a Bogart en Casablanca, al ver el filme por primera vez en mi vida en la cocina de la casa de mis padres en un televisor Ránser de 24 pulgadas y caja de madera que ocupaba más lugar que la nevera -y eso que en esa época las neveras eran enormes, ruidosas y se abrían con una palanca de cambios similar a la de un autobús urbano-.
Así quería ser.
Como él.
Como ese actor.
Un duro al que le daba lo mismo que la tía que quería se fuera con otro, que todo lo mataba con un buen trago de whisky y que daba órdenes a los empleados de su bar sólo con la mirada. Y lo más importante, que fumaba como un Ekeko.
Al día siguiente, con el Mono -un amigo del alma cuyo nombre completo es Walter Guillermo Pedro Martínez- nos fuimos hasta el tanque de agua de la casa de los eucaliptos donde bebían las vacas, en el medio del campo, con dos cigarrillos de la marca Colorados que él le había robado a la Leda -su madre-. Los fumamos a razón de uno por persona cuidando en detalle el hecho de tragar el humo como lo hacía Rick, y con la condición de aguantárselas bien macho: sin toser, ni marearse, ni escupir.
Decididamente, aquello de fumar me fascinó.
Nos fascinó.
Desde entonces comenzamos a fumar con el Mono, dos o tres veces por semana, siempre en el tanque de agua o en los eucaliptos, al lado del canal, y con marcas variadas de tabaco porque en esa época los niños podían ir a comprarle cigarrillos a los adultos, e incluso se podían comprar por unidades, sueltos, que era lo que hacíamos nosotros.
El 18 de junio del 2007, con 40 añitos de edad en mis espaldas, a eso de las 11 de la mañana un dolor de pecho comenzó a subirse hacia mi cuello mientras trabajaba en la oficina del periódico, por lo que, sin pedirle permiso a nadie me trepé a la moto y me dirigí al Hospital Can Misses.
Entré con dirección a Urgencias, pero mi esposa me estaba esperando para que vayamos a verlo a Enrique Chueca, cardiólogo.
Chueca enseguida me dijo que era un problema de corazón, por lo que me ingresaron, me hicieron los estudios de rigor para estos casos y determinaron que había sufrido una angina de pecho, algo más que un susto para un fumador empedernido.
Uno o dos días después me mandaron a casa y allí tomé la decisión de dejar el cigarrillo y, de ser posible, dejarlo bien apagado.
Que quede claro que esta decisión no incluía mi intención de parecerme a Rick, o a Humphrey.
Hablé entonces con el neumólogo de Can Misses, Antonio Cascales, y comencé de inmediato a hacer un tratamiento muy interesante que incluía varias pasos previos al abandono del hábito de fumar.
Gracias a ese tratamiento supe que consumía entre 10 y 15 cigarrillos diarios, que más de la mitad de ellos los fumaba por la mañana y que ya sumaba 29 años ininterrumpidos alimentando mis pulmones con humo como si fuesen una caldera.
El 14 de agosto del 2007 -si no me equivoco era miércoles- a las 11 de la noche encendí el último cigarrillo en la terraza de un piso de Can Misses, ubicado frente al hospital. Era una Particulares 30, típico cigarrillo negro sudamericano de etiqueta verde y blanca, que fuman por lo general los albañiles, los estudiantes y los muy fumadores en Argentina, y que constituye el sabor más exquisito que puede tener un pucho en mis labios: una rara mezcla de tabaco negro, menta y bicho verde o chinche verde, que te hace abrir todas las papilas gustativas de la punta de la lengua, rincón del órgano móvil bucal donde se esconden las palabras que no quieren salir cuando uno las necesita o que quieren mantenerse escondidas.
Fue el último.
Y si cierro los ojos me parece volver a sentir su textura en mis labios, su sabor en la punta de mi lengua y su olor en toda la casa.
El tratamiento del doctor Cascales continuó semana a semana, controlado de cerca por una enfermera que trabaja con él y de nombre Marisa. Aunque creo que se lo he dicho varias a veces a ambos, no está de más repetirlo: estoy muy agradecido por su tratamiento y sobre todo por los resultados.
El dejar de fumar ha sido una de las batallas más importantes que he ganado en mi vida. “Lo importante es ganarle al cigarrillo. El deseo de fumar no desaparece como por arte de magia y probablemente cada vez que veas a alguien fumando vas a sentir deseos de volver a hacerlo. Pero hay que derrotar esas ganas e imponerse”, me dijo el neumólogo al momento de comenzar el tratamiento y fue fundamental para lograr el objetivo.
Hace algo más de dos años no me hubiese creído capaz de escribir un artículo como éste sin un cenicero al lado decorado con los restos de al menos tres cadáveres de puchos ya fumados.
Hace algo más de dos años no me hubiese creído capaz de jugar al fútbol una vez por semana, tras haber estado 12 años sin hacerlo.
Hace algo más de dos años no me hubiese creído capaz de caminar 6 kilómetros cada día por las calles y las playas de Ibiza.
Hace algo más de dos años no hubiese sabido qué hacer con las manos vacías de tabaco.
Perdonen si en esta última parte hay errores, pero es que estoy escribiendo con los ojos cerrados, sintiendo su textura en mis labios, su sabor en la punta de mi lengua y su olor por toda la casa.

 
 

 




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