Se fue.
Buscó el Atlántico con su pacífico barco
alzó al viento sus alas de cera,
y ante el mar
como una seda,
quedó en la espera
entre el polvo y la nada.
La luna vio
como su luz se cerraba.
Su viaje
había preparado aún en tierra.
Cosió las velas que serían sus alas,
amarró cuerdas,
remos y palas,
y untó con brea
una a una las maderas.
Su nao nació
para despedir su alma.
La ruta
apenas marcada en el mapa,
no incluía caminos ni arboledas.
Sólo estelas
de espumas
y de marcas
invisibles en el agua.
Sólo había
un trayecto: el de ida.
De madrugada
partió levando anclas.
Buscó la mar mezclada con el alba
en la masa
del sol, cálida
y brillante,
cuando aún no abrasa.
Sus rayos
iluminaron su cara.
El viento
soplaba en esas sábanas,
con la fuerza del mar cuando levanta sus alas.
No hubo palas,
ni palmas,
ni remos
que hicieran falta.
La noche
le devolvió la calma.
Y entonces
llegó a su destino,
rodeado de mar y pleno de karma.
Aseguró su barca:
ni vela arriba, ni abajo ancla,
y se lanzó al vacío
para entregar su alma.
La brisa
despidió su nada. |