Pasadas las 11 de la noche llegaron del cine; ella seguía melosa por los mil seiscientos cincuenta y cuatro besos que él le había dado y él seguía con una erección como cualquier novio de 17 años que se pasa la tarde lamiendo, rozando y acariciando a una joven criaturita de la misma edad. En la puerta de su casa, Liliana fue capaz de olvidarse de sus viejos y pedirle a su novio que la abrace mucho; era virgen y tímida, y la de Ricardo era su primera experiencia con un hombre; aún así, fue capaz de desinhibirse y pedirle que estreche su cuerpo contra el de él.
Sintió la erección apoyada sobre su pubis y le encantó la sensación que le despertó: un suave cosquilleo que iba desde el estómago hasta la entrepierna y volvía por el mismo camino. Por lo que percibía, el bulto de su novio era ahora más grande que cuando lo había mirado de reojo en el cine: entonces asomaba una enorme carpa a través del pantalón de jeans, como si fuese un animalito enjaulado queriendo salir de su cautiverio. “¿Cómo la tendrá?”, pensó para sí misma mientras sentía como ese bulto enorme y caliente buscaba un lugar entre sus piernas, produciéndole las más extrañas sensaciones. Ni por un segundo dejó de apretar con sus brazos a su chico, ni por un instante dejó de sentir sus labios y su lengua y su aliento, todo junto, jugando con sus propios labios y su propia lengua y su propio aliento.
Sin darse cuenta, comenzó a gemir. Sentía latir el miembro gordo de su novio y no podía evitar la respiración entrecortada ni los ojos que se le cerraban dejándose llevar por algo que hasta ese momento ella desconocía: la pasión.
En el frío rincón de la antigua puerta cancel, Liliana sintió como su húmeda ropa interior cedía ante la mano atrevida y tímida de él que se metía entre sus piernas. Su excitación estaba llegando a un extremo que ella conocía por audacia propia: se estaba acercando al orgasmo. Había tenido esa sensación algunas veces en la intimidad de su oscuro cuarto, pero ayudada por sus propios roces. Fueron algunas caricias esporádicas que llegaron a su cuerpo por fuertes deseos reprimidos que a la noche salían a la luz; o por las novatas calenturas que le habían ocasionado los besos de Ricardo en sus primeros siete meses de noviazgo.
Esta vez era más fuerte y no podía evitarlo.
Sentía que la mano de él se metía por debajo de su pantalón y no podía hacer nada para detenerla; sentía los dedos de Ricardo desabotonando su vaquero y bajando el cierre de su cremallera, sin embargo nada hacía por impedir que él siguiera adelante. En un instante de luz, Liliana tomó aire y alcanzó a susurrarle al oído:
-
¿Vamos… a hacerlo...?
-
No lo sé –fue la respuesta de él-, pero no podemos volver a quedarnos calientes como el domingo pasado. Me volví a mi casa con un dolor de huevos de aquellos y no pude ni tocarme. A la noche puse las bolas en agua con hielo. Hoy tenemos que explotar juntos...
No había terminado de decir eso cuando sus dedos índice y mayor comenzaron a rozar, por debajo de la ropa interior –de color rosa y con florcitas- la intimidad de Liliana.
Ella sintió que se moría.
No fueron más de 10 segundos de caricias las necesarias para que todo su femenino e inexperto cuerpo vibrara en un orgasmo. Era el primero compartido. El inolvidable. Sus rostros se quedaron frente a frente en un péndulo que tenía en sus sienes el punto de apoyo. Ella aún respiraba jadeante y él no dejaba de tomarla por la cintura.
-
¿Se supone que es mi primera relación sexual? –preguntó Liliana desde su ignorancia cuando recuperó el aliento–.
-
No sé... creo que sí. Al menos ha sido nuestro primer contacto sexual –trató de tranquilizarla Ricardo-.
Los besos se repetían otra vez pero con ternura, con cariño; sin la pasión y la calentura que habían tenido unos minutos antes, pero aún con cierto morbo que se manifestaba en sus lenguas inquietas. Ricardo miró la hora en el antiguo reloj pulsera con manecillas doradas que había sido de su abuelo y comprobó que eran casi las 12 de la noche, hora de irse pues Don Cosme –el padre de su novia– seguramente estaría esperando del otro lado de la puerta del zaguán, mirando ‘El Mundo del Espectáculo’ en su televisor Ránser de 24 pulgadas y sentado en un cómodo sillón pasado de moda.
Liliana debía llegar antes de la señal de ajuste.
Se dieron un beso y, tratando de disimular la humedad en la entrepierna de su pantalón con el suéter atado a la cintura, ella entró a la casa con total naturalidad. Él se fue inmediatamente después del beso; la noche estaba fresca y hermosa para caminar, y era lo mejor que podía pasarle en las próximas 37 calles que le esperaban en el largo recorrido hasta su casa.
Habían estado juntos ese sábado, desde las 7 de la tarde, aproximadamente, pero aún así Ricardo se había olvidado de contarle lo de la reunión del Centro de Estudiantes. “Tendría que haberle dicho algo”, pensó.
Liliana, ya dentro de la casa, se preparó para acostarse. Era tarde y aunque el domingo no debía madrugar, debía ayudar a su madre en la cocina porque se reunía toda la familia.
Antes de irse a la cama, ya en camisón y dispuesta a dormir, volvió al salón y despertó a su padre, por quinta o sexta vez desde su regreso, que cabeceaba delante del Ránser sin darse totalmente por vencido ante el sueño.
Estaba calzándose las pantuflas, Don Cosme, cuando sonó el teléfono.
La manecilla mayor del reloj del comedor ya había pasado el número IV y la menor estaba clavada en el XII dorado. No era habitual recibir una llamada a esa hora.
Liliana atendió casi con temor, pero se tranquilizó al escuchar, del otro lado de la línea, la voz de Ricardo que intentaba clamarla.
- …Sólo llamé para decirte que… quizás no nos veamos por un tiempo… un tiempo bastante largo… -intentó explicarle él-.
-
¿Qué? ¿Qué decís Ricardo?... No me asustes.
- No. De veras Lili. Ha ocurrido algo y debo irme, pero prometo volver a buscarte. Lo juro. Por favor… debes esperarme.
- No te creo. No te creo nada de los que decís. Estás loco.
- Te amo Lili. Y aunque no sepas nada de mí en los próximos años, tenés que saber que voy a volver a buscarte. Te amo Lili.
La comunicación se cortó en ese momento y aunque ella pensó que su novio bromeaba, nunca más volvió a verlo.
La desaparición de Ricardo se dio esa misma noche, o quizás en la mañana siguiente. Lo cierto es que el domingo no apareció por la casa de Liliana, el lunes no hubo noticias de él en la escuela y el martes, cuando Liliana y su amiga Roxy fueron a buscarlo a su casa -donde vivía sólo con su madre- se encontraron dos coches Ford Falcon verdes en la puerta y un montón de milicos revisando la vivienda.
Una vecina les dijo que habían desparecido los dos: “Se los comió la tierra, nena”.
Era el mes de abril del año 1977 en Buenos Aires. Época de desapariciones, torturas y prisiones clandestinas, donde los derechos humanos, para las autoridades militares de turno, eran los que caminaban erguidos.
El Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, englobado en un proyecto macabro para toda Latinoamérica, terminó de destruir las pocas instituciones sociales que existían a nivel barrial o educativo en la República Argentina, y las reuniones de las asociaciones vecinales o los intentos por reflotar centros estudiantiles de escuelas secundarias, terminaba justificando el accionar clandestino de las fuerzas castrenses.
Las desapariciones se sucedían a diario, y a diario el justificativo era el mismo: “Estaba metido en algo…”, “algo habrá hecho que desapareció…” o “era terrorista, por eso lo mataron”.
El verdadero terrorismo, en ese entonces, era de Estado.
En ese contexto social, y a pesar del dolor que se apoderó de la joven y enamorada estudiante de bachiller, el temor de sus padres y el miedo social terminaron imponiéndose; y aunque Liliana llegó incluso a viajar hasta Zárate para hablar con el abuelo de Ricardo, nunca más volvió a saber de él.
Aún enamorada, la muchacha terminó sus estudios ese año y ensimismada en una depresión interna que nunca alcanzó a asumir, continuó con el oficio de su madre y de su padre –modista ella y sastre él- en la confección, costura y arreglo de ropa.
Nunca más volvió a enamorarse.
Conoció la pasión de otros labios, el sexo con otros hombres y el encanto de una buena noche que no es lo mismo que el encanto de una nochebuena. Pero nunca olvidó aquella llamada después de medianoche: “De veras Lili. Ha ocurrido algo y debo irme, pero prometo volver a buscarte. Lo juro. Por favor… debes esperarme”.
En abril de 1985, ocho años después de la desaparición de Ricardo y su madre, Lili realizó la primera caminata en Plaza de Mayo; y algunos meses más tarde, en uno de esos recorridos de cada jueves, fue entrevistada por televisión donde dijo claramente que ella iba a recuperar a su novio.
A finales de los ‘80, cuando el gobierno de Raúl Alfonsín agonizaba con dos frascos de suero en cada brazo, Liliana sufrió una quebradura en su pierna izquierda al bajar de un autobús urbano y tuvo que estar en reposo durante algunas semanas. En ese tiempo, convencida más que nunca de que Ricardo volvería a buscarla, comenzó a tejer una camiseta de hilo, con cuello, en un punto precioso y en un color liláceo, el mismo que le gustaba a su novio.
Iba muy lenta con el tejido, lo que, sumado a otros hechos también sospechosos, hizo suponer a Roxy, su amiga del alma, que Liliana hacía lo de Penélope: tejer en el día y destejer en la noche.
En realidad, a Liliana la manejaba la duda. Sus cambios de conducta dependían del grado de credibilidad de ese momento. Si ese día se levantaba convencida de que su novio volvería realmente a buscarla algún día, entonces tejía a pasos agigantados. Pero si era un día pesimista, entonces guardaba el tejido en el último cajón de la cómoda, y lo dejaba allí durante varios días. Incluso semanas.
A mediados de los años ’90, Roxy le rogó que recibiera ayuda psicológica. Comenzó a hacer terapia grupal en un centro cercano. Allí, con la ayuda de una psicóloga y de un grupo de compañeros, descubrió que si existiera la posibilidad de que Ricardo estuviera vivo, aunque fuese mínima, entonces su sueño de volver a verlo no era una utopía. Además, al recordar la llamada telefónica recibida esa noche, Liliana insistía en que su novio “sonaba con una voz distinta. Quiero decir que era él quien hablaba esa noche, pero sonaba raro. Como más adulto. Su voz sonaba adulta, no tonta como cuando me hacía esas bromas”.
Con la ayuda del esposo de Roxy, que trabajaba en la empresa telefónica, intentó conseguir alguna posible grabación o dato de aquella llamada. Pero fue imposible.
En el inicio del siglo nuevo, se compró una computadora de última generación, conectó Internet en su casa y comenzó a buscar a Ricardo en los motores de búsqueda.
Lamentablemente había demasiados ‘Ricardo Gómez’.
Creó una página web: www.buscoaricardo.com.ar, pero en ella sólo recibió mails de personas con ese nombre y con pretensiones financieras, sexuales o incluso de cuidados sanitarios.
En el 2003, al terminar el verano argentino, metió la camiseta de hilo, casi terminada, en una bolsa de plástico, y la depositó en el último cajón de la cómoda. Sólo le faltaban las terminaciones y unir las mangas.
Su ilusión había casi desaparecido.
Sin volver a recordar su tejido, Liliana comenzó a explorar en Internet cada rincón, para saber algo de su novio.
Algo le decía que estaba vivo. Que existía.
La web de búsqueda y su dirección de correo electrónico, recibían diariamente datos e informaciones, pero ninguno de ellos le servía.
Una o dos noches después de haber cumplido 45 años, tras celebrar con algunos amigos y esperando que el pícaro sueño aparezca, entró en su mail para ver los mensajes. Un spam comercial de una empresa telefónica, le hizo abrir los ojos. Dejó la computadora encendida, abrió el cajón bajo de la cómoda, y desesperada, como si el mundo se acabara en los próximos minutos, comenzó a terminar lo que hacía muchos años había empezado. Se quedó dormida en el sillón pasado de moda donde antes lo hacía su padre, a eso de las 6 de la mañana, después de dar la última costura a las mangas de aquella camiseta de hilo color lilácea.
Su rostro, levemente recostado sobre su hombro derecho, mostraba el mismo relax de aquella noche en que las caricias y los besos de Ricardo le arrancaron un orgasmo en la puerta cancel.
Sus manos, con veinte años menos que en la noche anterior, sostenían con apego la obra de hilo que habían terminado esa misma madrugada, extendidamente recostada sobre su pecho.
Su rostro había recuperado la sonrisa que se le había escapado en el último año de secundaria y su cara, aún dormida, era la de aquella Liliana que soñaba con dormir en brazos de Ricardo.
Al otro lado de la sala, donde el lugar del Ránser había sido ocupado por una Hewlet Packard, la pantalla que mostraba la palabra “Windows” cambiando de colores y de tamaños, escondía la imagen que, en papel, aparecía en la impresora de chorro de tinta ubicada a su derecha.
Era la promoción de Telefónica.
La del Spam.
La que le había cambiado la piel, dibujado la sonrisa y devuelto el sueño a Liliana de dormir, algún día, en los brazos de Ricardo.
“Ahora es posible hablar con el pasado”, rezaba el titular en la hoja impresa y agregaba: “Un nuevo servicio de Telecom permite a sus clientes hablar con alguien, en el pasado, siempre y cuando su número no haya cambiado a través de los años”. En los ejemplos se mostraba a una mujer hablando con su amiga de la infancia, en una llamada hecha al mes de agosto de 1962 y un empresario reclamando el pago de unos terrenos en febrero de 1971. En ambos casos, combinando imágenes actuales y en color, con la típica blanco y negro de aquellos años.
Pasadas las 11 de la mañana se despertaron; ella seguía melosa por los mil seiscientos cincuenta y cuatro besos que él le había dado y él lucía, elegante, la camiseta de hilo color lilácea haciendo juego con sus canas.
|