Probablemente hayan sentido un temblor o un ruido extraño, minutos antes de que la tierra comenzara lanzar fuego por la boca del Vesubio. De todos modos fue inevitable.
Ocurrió el 24 de agosto del año 79 de nuestra era, por lo que, hace exactamente 1930 años, los vecinos de Pompeya, Herculano y Estabia, pueblos vecinos de la ciudad de Nápolis, no se imaginaban que sería el último de sus vidas. Al día siguiente una gigantesca lengua roja de lava salió del volcán napolitano para cubrir los tres pueblos y terminar apagándose en el mar.
En ese entonces Pompeya era ya una ciudad importante, con calles adoquinadas y casas realmente bellas, levantadas en un conurbano de más de 20.000 habitantes; pero Herculano, aunque más pequeña, era más rica y poderosa.
En la campiña de Estabia residía Plinio el Viejo, que sin pensarlo y ante la desesperación, se arrojó al mar y logró salvar su vida. Cuando volvió a tierra firme escribió lo que habían visto sus ojos, oído sus oídos y olido sus narices, pero durante siglos se creyó que era mitología.
El tema es que desde el siglo XVIII, aproximadamente, se vienen desenterrando restos de ciudad que, a medida que transcurrieron los años, fueron dando grandes datos a nivel histórico.
En la actualidad, y restando por descubrir algo más de un tercio de la ciudad de Pompeya que se encuentra aún bajo la lava volcánica, los descubrimientos de miles de investigadores que trabajan cada día en esa región ha sido asombrosa.
De todos los asombros descubiertos en sus escombros, la historia de las panaderías y los prostíbulos es sin duda un símbolo de la vida que se vivía por ese entonces en tierras napolitanas.
Se descubrieron 40 panaderías, que funcionaban en la ciudad de Pompeya de entonces, y 36 prostíbulos; entre estos últimos el famoso Lupanar de Pompeya, edificio construido exclusivamente para brindar el servicio de la “carne” a los vecinos de la ciudad o a los que venían de afuera.
Lo que quiero decir con este ejemplo es que hace exactamente 1930 años, el hambre se mataba con el pan -al igual que ahora- y el deseo se mataba en lupanares -también similar a lo que ocurre en la actualidad- o con la mano; pero ambos en partes iguales, o casi iguales.
Los lupanares tenían camas de piedra, construidas contra las paredes que aún guardan mensajes similares a los que hoy en día se leen en los baños públicos de cualquier lugar del mundo.
Las calles, las viviendas, la sociedad, la vestimenta e incluso el comercio de entonces era totalmente distinto al de ahora, pero no sus apetitos.
Todo, absolutamente todo lo que acontecía ese 24 de agosto del año 79 en Pompeya, Herculano y Estabia, quedó congelado por la lava, como en una fotografía tridimensional. Y ahora podemos verlo.
Por cierto, en el lupanar trabajaban las lupas o lobas, que eran las prostitutas, generalmente esclavas griegas u orientales. El precio de sus servicios iba de dos a ocho ases -como referencia sirva saber que en esa época un vaso de vino costaba un as- pero la recaudación total era del patrón o dueño del burdel. Había, además, efebos que brindaban servicios especiales a algunos clientes que así lo requerían.
Han pasado 1930 años desde aquella erupción del Vesubio pero el hambre y el deseo no han cambiado demasiado.
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