|
 |

14-03-2009
| pulsiana |
Nació en un barrio de malvón y luna -por donde el hambre suele hacer gambetas- el hijo menor de Ángel Bailone y Mauricia Sosa, al que llamaron Luis Ángel: Luis por alguien de la familia de su madre y Ángel, claro está, por su padre, quien además de llevar ese nombre, lo era.
Luisito, tal como le llama su esposa –La Negra- desde hace exactamente 53 años, era un niño muy educado que iba a la escuela cada día en Plaza Josefina, su pueblo natal, y al que los pantalones cortos le duraron muy poco porque en Plaza Josefina, su pueblo natal, el hambre entraba por todos lados sin pedir permiso en aquellos años y la única forma de combatirlo era trayendo el pan debajo del brazo.
No alcanzó a quitarse el guardapolvo, el Luisito, cuando ya se ganaba las primeras migas trabajando en el taller de su padre, especializado en electricidad del automotor. Primero cambiaba los foquitos, después aprendió a manejar los destornilladores y los alicates, y por último, cuando tuvo la lección casi aprendida, se especializó en el uso de las llaves fijas.
Estaba en esa etapa de su adolescencia, en la de aprender a manejar las llaves fijas para aflojar o ajustar tuercas, cuando apareció en su vida la llave pulsiana a la que él, desde entonces y hasta la actualidad, le llama ‘prusiana’ creyendo que se trata de una herramienta fabricada en Prusia o, quizás, un simil de la silueta de las mujeres que viven en esa región de Europa.
Con su pulsiana escondida en el bolsillo invisible de su rodilla izquierda, el Luisito comenzó a recorrer –a los 14, 15 ó 16 años de edad- las calles de San Francisco (nada que ver con Karl Malden y Michael Douglas) porque a esa edad –a los 14, 15 ó 16 años de edad- hay que quemar energía como sea, y para ello él tenía una bicicleta con la que salía de paseo y a la que, por desgracia, cada tanto se le salía la cadena.
La primera función importante que la pulsiana cumplió en su vida no fue la de ajustar la cadena de su bici, sino el hecho de haberlo hecho justo cuando La Negra, Chona o Clide Teresa –como ustedes prefieran llamarle-, una adolescente de 14 ó 15 añitos de edad y con más curvas que el circuito de Monza, pasó delante de sus ojos con las pilchas domingueras y un peinado a la ‘croquiñol’ que lo dejó estupefacto.
Era en la calle Dorrego y a eso de las 7 de la tarde, por lo que el Luisito tomó nota de la dirección exacta para volver a repetir allí, al día siguiente, la rutina de la cadena que se sale sola.
En efecto, la morenita de ojos marrones y pelo azabache volvió a aparecer por la esquina de la calle Dorrego y esta vez, al notar la presencia del Luisito en el lugar, una sonrisa se le escapó de entre los dientes sin que pudiera evitarlo. Él tardó varios meses en saber que aquella sonrisa, inocente, pura y hasta burlona, obedecía a su presencia: “Otra vez se le salió la cadena a este boludo”.
No fueron necesarias más de 15 ó 16 salidas de cadena, para que finalmente el Luisito tomara la decisión de acercarse a la muchacha.
Y escucharla.
- “¿Por qué no le pones una cadena nueva?”, dijo ella.
Él, entonces, comenzó a acompañarla porque, haciéndose el langa, le dijo que vivía cerca de su casa.
- “Vivís a la vuelta de mi casa. Sos el hijo de don Ángel, mirá si no te voy a conocer”, afirmó ella, que lo tenía junado al fulano, de frente y de soslayo.
El tenía 17 y ella 14.
Y se gustaban.
No fueron necesarias más de 15 ó 16 salidas de cadena más, para que finalmente ella apurara el trámite y le preguntara al Luisito si eran novios o qué eran.
Él sólo dijo que sí.
Ella le dio un beso.
Desde entonces se hicieron inseparables.
La segunda vez que usó la pulsiana, Luisito, fue para hacer las conexiones de plomería y electricidad de la casa que se estaba construyendo en el barrio Macchieraldo, al norte de la ciudad de San Francisco, porque quería casarse con La Negra –Chona o Clide Teresa- y dejarse de noviar y andar a los tumbos, con esa bicicleta a la que seguía saliéndosele la cadena.
Se casaron en el ’66 –el 24 de marzo- después de diez años de novios, 1.573 salidas de cadena, 243 croquiñoles, más de 700 apuradas de trámite y casi cinco mil peleas estúpidas.
El tenía 27 y ella 24.
Y se amaban.
La tercera vez que mi padre, Luisito, usó la pulsiana –llave que recibe ese nombre en los talleres mecánicos argentinos porque es regulable y se ajusta a través de un pequeño sinfín que se mueve con el dedo pulgar- fue para construirse su propio taller e independizarse, allá por 1974 ó 75, años en los que la independencia era solo una metáfora o lo que era más común aún, una utopía.
En el taller comimos, nos vestimos y estudiamos mi hermano Daniel y yo.
La cuarta vez que el Luisito sacó la pulsiana del bolsillo secreto de su rodilla izquierda, fue para ayudarse con internese porque para él las máquinas de escribir no tienen pantalla y los televisores no tienen teclados, por lo que en pleno 2009 una PC –Personal Computer- es algo totalmente novedoso a lo que se negó a acercarse hasta hace escasas tres semanas.
Lo que quiero decir es que el Luisito es un hombre que cree en las herramientas de su taller pero no en las herramientas de un software, o lo que es lo mismo, a él le gusta engrasarse las manos cuando trabaja y no entiende que aún con las yemas de los dedos gastadas por los años, las palabras se escriban sin manchar el papel a través de una computadora.
“Hola gordo como estas espero que bien yo tirando aflojo el laburo cuidate no comas mucho”, fue lo primero que sus manos de electricista de coches escribieron en el chat de hotmail, para contactarse conmigo y por presión de mi madre, La Negra –Chona o Clide Teresa-, que aún sigue enojándose como cuando le hizo cambiar la vieja y estirada cadena
de su bicicleta por una nueva.
“Hola gordo como estas espero que bien yo tirando aflojo el laburo cuidate no comas mucho” fue escrito en casi una hora y 32 minutos, ayudándose, como bien dije anteriormente, con la pulsiana, dos llaves ale de distintas medidas, una soldadora eléctrica y una de punto, casi 45 metros de cable bipolar de una pulgada, una llave de relay nueva y una Bahco estriada de 9/16 –su favorita-.
Y aún así le faltaron los acentos, los puntos y las comas.
“Hola gordo como estas espero que bien yo tirando aflojo el laburo cuidate no comas mucho”, en realidad, representa mucho más que lo que dice. Es el fruto de un matrimonio –Luisito y La Negra, Chona o Clide Teresa-, que con casi 43 años de casados y 53 juntos, decidieron apostar por las nuevas tecnologías para mejorar la comunicación y hacerla diaria con su hijo, el mayor, que por esa cabeza aventurera y un poco bohemia que tiene, no tuvo mejor idea que irse a vivir a la isla de Ibiza, en España.
La computadora lleva algo más de tres semanas con ellos y la conexión a internese tiene algunos días menos. Mi padre, Luisito, aún no ha pasado de la famosa frase “Hola gordo como estas…”, per0 mi madre ya chatea conmigo, hace mosaicos de fotos, escribe mails y maneja el Word y otros programas. Y todo por obra y gracia de su curiosidad y de la paciencia de sus nietas.
Les cuento todo esto porque hoy, 14 de marzo de 2009, el Luisito cumple 70 años de vida.
Había pensado en una pulsiana nueva pero, a decir verdad, creo que a él le gusta tener la que lleva desde los 14, 15 ó 16 años, embutida en el bolsillo secreto de su rodilla izquierda.
En realidad, aún no se que voy a regalarle.
Creo que lo mejor, a la distancia, sería enviarle una tarjeta de felicitación y decirle que lo quiero con toda mi alma y que es precioso, como hijo, sentir el orgullo que yo siento por mi padre.
Pero les juro que no encuentro palabras.
|
| |
|
| |
| |
|
 |
|
|