“Sandro, póngale. Mi mujer y yo queremos que se llame Sandro, como un tío italiano que vive allá. Nos gustó ese nombre, señorita, por eso quiero anotarlo a mi hijo con el nombre de Sandro… Sandro Sánchez”, reclamaba el padre de la criatura en el Registro Civil de Lanús, provincia de Buenos Aires.
No hubo caso. La chica jovencita que atendía en el Registro Civil lo consultó con la Jueza de Paz y ésta dio una respuesta rotunda: “Si no figura en el listado de los nombres aceptados, no podemos anotarlo. Decile al padre que le ponga otro nombre o que lo anote en otro lado”.
Era el 19 de agosto de 1945 y Vicente Sánchez se volvió al hospital para estar con su esposa y su hijo recién nacido.
Cuando la madre del niño, Irma Nydia Ocampo, se fue con el alta médica, entonces los dos -madre y padre- atacaron el Registro Civil para anotar a su hijo con el nombre del tío italiano.
Tampoco se lo aceptaron.
Terminaron poniéndole Roberto. Roberto Sánchez.
Cerca del mediodía salieron a la calle, y Vicente, enfadado sacó un cigarrillo para calmarse mientras Irma le daba el chupete al pequeño Robertito sin que cesara su llanto.
“¿Qué le pasa al Sandrito?” preguntó Vicente y acercó la mano en la que tenía el cigarrillo recién encendido para hacerle una caricia. Sandrito, Roberto o el pequeño recién nacido le manoteó el pucho, le dio dos pitadas tragando el humo y descubrió que ese era el chupete que él quería. “El otro no, vieja. A mí dame de ese que fuma mi padre”.
Desde ese momento lo llamaron Sandro.
Desde ese momento agarró el cigarrillo.
Sandro, consta en actas, se crió en la localidad de Valentín Alsina fumando antes y después de jugar a la pelota; antes y después de bañarse, de comer, de cenar y de mirar a Pepe Biondi en la tele.
Un día vio, en blanco y negro, a un cantante llamado Elvis que movía las caderas al ritmo de una música que se le metió en las venas.
Desde ese momento empezó a imitarlo.
Cantaba sus canciones como podía, hablaba inglés como no sabía pero bailaba mejor que el protagonista.
A los 13 cantaba sus canciones a capella; a los 14 las cantaba acompañado por la guitarra de un amigo y a los 15, ya con pelos en el pecho y barba de rasurada diaria, las cantaba en los escenarios de la zona pero en castellano, con un grupo que después de muchas idas y venidas terminó llamándose ‘Los del fuego’ porque todos, al igual que él, fumaban; pero ninguno llevaba fósforos.
Desde ese momento empezó a llevar mechero.
Todo lo demás ya se sabe: Sandro grabó 52 discos, filmó 16 películas, se llevó a la cama a miles de mujeres y se dio el gusto de ver a Elvis Presley, su ídolo, en la primera fila del Boston Garden.
- ¿Cuál es Sandro? -preguntó Elvis.
- El del cigarrillo -le comentó su asistente señalando a la primera fila de butacas.
- Ahhh. Parece buen tipo, lástima el vicio.
Entre pucho y pucho, el Gitano -como le llamaron artísticamente en una época al descubrir que era nieto de un Gitano Rom- comenzó a tener fama de ganador y en cada presentación que hacía el escenario quedaba plagado de bragas de distintos colores que le arrojaban sus fans.
A lo mejor el número de bragas era inferior al que suponemos, pero en ese entonces -principios de los ‘60- las bragas (en argentina se dice bombacha) eran tamaño toldo y aparentaban mayor número. Quiero decir, que con una braga de ese entonces hoy se fabricarían siete u ocho docenas de las actuales.
Entre todas las ropas íntimas que le tiraban, a él siempre le impresionaban las de color rosa, quizás porque era algo más que un color.
Con ‘Rosa, Rosa’ alcanzó el millón y medio de copias vendidas de un single, lo que por ese entonces era casi un récord.
Por esa época ya se había olvidado del rock que le había visto nacer y sólo se dedicaba a la balada romántica, que tenía mucho éxito sobre todo en las féminas.
Desde ese momento empezó a llevar condones en todos los bolsillos.
Era el amante perfecto, el depravado al que adoraban las mujeres, el que las hacía sufrir, el que se acostaba con una distinta cada día, el que nunca decía “te quiero” y el que detestaba que se lo dijeran. Hubiera sido el terror de las madres de miles de muchachas jóvenes, pero ellas también se enamoraban de Sandro.
Desde ese momento se hizo amigo de las endorfinas.
“Lo que más atrajo siempre fue su personalidad enigmática, la ceja levantada, el tembleque de sus labios y sobre todas las cosas... el misterio que lo envolvía”, afirmó Patricia Sosa en el año 1993, asumiendo que a ella también se le caían las medias por el Gitano o, lo que es lo mismo, se le subían las endorfinas.
Las endorfinas u hormonas de la alegría, eran las que le aparecían a las muchachas fans del Gitano, que las sentían recorrer su cuerpo sin poder detenerlas. Eran como mariposaurios que revoloteaban alrededor de sus partes íntimas, generando un cosquilleo que las hacía reír y gritar desenfrenadamente.
Las madres más castradoras controlaban a sus hijas antes de salir: si en el bolso llevaban una braga de repuesto -bombacha- era porque estaban con la regla, en cuyo caso no pasaba nada, o porque se iban a un recital de Sandro, en cuyo caso había peligro de endorfinas.
Sandro, en tanto, seguía fumando -ya convertido en Sandro de América el ídolo de sus “nenas”- y coleccionando ropa interior femenina.
Desde ese momento no va a ningún recital sin sus “nenas”.
Desde ese momento sus “nenas” le llaman el Frenético.
Para finales de siglo XX, Sandro había fumado tanto que sus pulmones explotaron en forma de enfisemas. Es decir que tenía una EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica); un agrandamiento permanente de los espacios aéreos distales a los bronquiolos respiratorios, con destrucción de la pared alveolar.
Desde ese momento lleva un respirador artificial conectado a sus fosas nasales.
Desde ese momento abandonó el mechero, el cigarrillo y los ceniceros.
Las “nenas” se entristecieron mucho y empezaron a rezar por su ídolo, porque a pesar de que sus pulmones habían explotado, su corazón seguía siendo el mismo.
Hace un par de años, en una de sus últimas recaídas, el médico de Sandro anunció que sus pulmones ya no aguantaban y que su corazón ya no era el mismo. Entonces se casó con Olga, el amor de su vida, porque entendió que aún respirando e íntegro, debía entregar su corazón a una mujer.
Las “nenas” volvieron a llorar, pero de alegría.
Desde ese momento sólo espera el transplante.
El sábado, tras un traslado urgente desde Buenos Aires, un equipo médico del Hospital Italiano de la ciudad de Mendoza le practicó un doble transplante de pulmones y corazón, del que el músico evoluciona favorablemente.
Desde entonces los argentinos rezamos por él, aunque no sepamos la letra de los rezos.
¡Que difícil que es ser argentino!
Primero el Diego con el corazón lleno de agujeritos, después el Negro Fontanarrosa que se va sin despedirse, luego Charly que por suerte logró recuperarse y ahora Sandro que no puede respirar si no le ayudamos.
Vamos.
Todos juntos.
Repitan conmigo que rezando entre todos es más fácil:
“Ay, Rosa, Rosa / tan maravillosa / como blanca diosa, / como flor hermosa / tu amor me condena / a la dulce pena de sufrir…”.
Sandro, rezo por vos.
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