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27-09-2009
el secreto

 

Una tarde del año 2006, en que esperaba la puesta de sol sentado al lado del mar y frente al islote de Es Vedrá, en Ibiza, me sorprendí ante su presencia.
Apareció casi como por arte de magia, se sentó en una piedra a 4 ó 5 metros de donde yo estaba y me dijo que esperaba ver lo mismo que yo, sin que nadie lo sepa.
Era Septiembre. Quiero decir que era el propio mes de Septiembre quien estaba sentado a mi lado: Llevaba el cabello largo y rizado, sacudido por la brisa suave que venía del mar, ropa muy liviana y de diversos colores, como un hippy, y unos borceguíes de soldado alemán de la Segunda Guerra Mundial.

- ¿Qué haces aquí? -le pregunté-.
- Shhh -me dijo poniéndose el dedo delante de sus labios-. Debes guardar muy bien el secreto sin que nadie lo sepa.

Sin saber a que secreto se refería le dije que si, y lo guardé hasta hoy que se los cuento.
Septiembre, en esa tarde suya del año 2006, se había tomado el día libre dejando todos los almanaques vacíos, para venirse a la isla de Ibiza a ver la magia de Es Vedrá y la puesta de sol en el Mediterráneo.

- Tanto me hablaron de ella -la puesta de sol- y nunca la vi. Hoy será la primera vez que disfrute de ver a mi amigo Sol meterse en la cama.

A mi me habían hablado algo de este tema. Parece ser que hay momentos en el mes de septiembre, en los que se detiene el tiempo durante segundos, minutos, horas o incluso días. Son momentos fuera de este mundo que sólo se dan en este mes: La brisa desaparece, las plantas no cambian de tamaño durante días, los frutos cortados de la planta pueden mantener su frescura en semanas y en los seres humanos, las uñas y los cabellos quedan en su mismo tamaño.
Cuando me di cuenta que el clima no olía a nada, que la brisa había detenido su paso y que las piedras, los árboles y las flores le esperaban; comprendí que era verdad lo que decía: Se había tomado la tarde libre.

- No entiendo que haces aquí -le dije-. ¿No estamos en septiembre? ¿Deberías estar trabajando?
- Sí -me contestó-. Es cierto. Pero a veces me tomo la tarde libre y me voy a conocer lugares de los que me hablan maravillas: como éste, del islote de Es Vedrá en esta isla y su famosa puesta de sol.
- Vale. Te entiendo. Pero no deberías interrumpir esos 30 días de trabajo que tienes en el año. La gente, las plantas y los animales te necesitan.
- Es cierto. No debería hacerlo pero necesito tomármelos. Es como una venganza. Hace muchos años me quedaron debiendo 11 días y desde entonces descanso tardes enteras, mañanas o noches, cada año.

Tenía razón. Hubo 11 días de septiembre, en algún lugar del mundo, que nunca existieron. Por eso el mes se toma venganza y desaparece cuando quiere, o se confunde con marzo, que es como su hermano gemelo en el hemisferio sur.
Algunos días después encontré la información que me faltaba en la Wikipedia: En el año 1752 el Imperio Británico adoptó el calendario gregoriano. Ese año, el 2 de septiembre fue seguido por el 14 de septiembre, por lo que le deben los días 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12 y 13; con sus respectivas noches.

- El año pasado me fui a conocer el amanecer en una playa de Croacia. Allí descubrí que en ese país me llaman Rujan, es decir rojo, por el color de las hojas.
- ¿Septiembre se dice Rojan en croata? -pregunté.
- Exacto. Rojan en croata, Zári en checo, Syyskuu en finlandés, Eylül en turco y Eylûl en árabe, y Meskerem en algunos lugares de África.
- ¡Qué bueno! Debe ser muy especial para un mes como Septiembre, recibir tantos nombres.
- Si. No lo dudo, aunque hay algunos países donde aún no he aprendido a pronunciar mi nombre. En Polonia me llaman Wrzesien, pero no sé cómo debo decirlo.

Sin querer volví a observar su calzado y él, atento aunque sin dejar de mirar el mar, me dijo que habían sido de algún soldado de la Segunda Guerra Mundial.

- Los llevo de recuerdo, como una carga histórica de mi vida. La Segunda Guerra Mundial comenzó en uno de mis días y terminó, por suerte, también en mi período de trabajo.
- ¿Y sientes culpa por ello? -le pregunté.
- ¿Culpa?. No, nada que ver. Siento dolor. Mucho dolor.

Me quedé paralizado. Por primera vez desde que estábamos conversando, el mes de Septiembre se había girado con su cabeza para mirarme a los ojos mientras me hablaba: “Siento dolor. Mucho dolor”, me lo dijo sin quitar su mirada de la mía.
Un segundo más tarde, volvió a mirar hacia el mar y su horizonte infinito.

Aquel día, los talleres mecánicos del mundo entero notaron en sus paredes sólo mujeres desnudas; y existen talleristas y mecánicos que aseguran que las pin-ups cubrían sus piernas o se echaban un albornoz a la espalda.
Las computadoras de todos los lugares no encontraban referencias de tiempo y de horarios; los relojes detuvieron la marcha de sus agujas o apagaron sus dígitos y los teléfonos móviles no recibieron ni emitieron llamadas.
Fue en una tarde de septiembre del año 2006.
Esa tarde que vimos, precisamente con Septiembre, como el sol se metía en el mar, se cubría con su amplia sábana de seda y nos decía “hasta mañana” con su mano en alto.

Aún miraba el horizonte cuando volví a sentir el olor a hierbas y a tierra mojada, y la brisa suave acariciando mi frente.
Los almanaques habían vuelto a su sitio.

 
 
 

 




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