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12-03-2008
volveré y seré sillones


Lo único que repitió en su vida el hijo mayor –el varoncito- de los Mathieu Saint-Laurent, era la siesta, y los bocadillos y sándwiches de tranquilizantes y somníferos que se comía para preparar el descanso de las primeras horas de la tarde.
El vicio de la siesta, más español o latino que francés, lo había adquirido en su Argelia natal, cuando viviendo a costillas de su padre –el abogado más famoso de Orán- y bajo las faldas de su madre y sus dos hermanas, el niño Ives –Ivito- soñaba con inventar un pantalón cuya tela fuera tan resistente como el cuero vacuno… algo parecido a lo que los yankees del lejano oeste llamaron jeans o vaquero.
El ritual previo, es decir, los primeros bostezos de precalentamiento comenzaban con el último bocado del postre del mediodía. El último traguito de vino ya estaba acompañado de un bostezo mayor, que le obligaba a Ives a abrir la boca como un cocodrilo; y finalmente, mientras buscaba el periódico del día –Le Monde, per supuesté- sus ojos ya empezaban a entrar en estado de coma. Se sentaba, cruzaba delicadamente su pierna derecha sobre la izquierda –como todos los caballeros franceses- y antes de abrir el diario en la página de las noticias del corazón, se pasaba la mano izquierda por la mota de su pelo y se acomodaba las gafas para que quedasen derechas en relación a la nariz y a los ojos.
Yves Saint-Laurent, consta en actas, no utilizaba cristales con mucho aumento o con muchas dioptrías, pero si los usaba de gran tamaño, de modo que su rostro quedaba como un automóvil Ford A del ’36, curiosamente, año en que él mismo había venido al mundo.
Cuando abría el Le Monde en las páginas del corazón y el olor de la tinta se mezclaba con su loción preferida, entonces su cabeza se caía hacia un costado –generalmente el izquierdo- el papel prensa se volcaba en su rostro y su cerebro entraba en un estado alfa al que sólo se podía entrar acompañado con el Papa Benedicto XVI siempre y cuando estuviera con sus padres.
El truco para conseguir semejante estado de relajación a la hora de la siesta -afirman quienes trabajaban para él-, era la mezcla del aroma de la tinta de las páginas del corazón del Le Monde con la loción que usaba cada día Ives Saint-Laurent.
Mentira.
El secreto, aseguran quienes más saben del tema, era el sillón donde se sentaba.
Forrado en piel curtida de color marrón y con un almohadón en juego que dentro contenía plumas de algún ave que había tenido un buen vivir, el sillón favorito de Ives Saint-Laurent, en el que dormía la siesta, era de madera, tenía un diseño original aunque nada del otro mundo y su cuerpo –el del mobiliario- tenía la virtud de haberse adaptado a las curvas del diseñador más famoso del mundo, incluidos el cruce de la pierna derecha sobre la izquierda y el papel prensa caído sobre su rostro. Además, Ives se dormía y hasta no volver a despertar y a levantarse, no sentía el culo, objetivo principal que deben perseguir aquellos que, al igual que esta auténtica leyenda de la moda internacional, pretendan hacerse una siestita sin recostarse, es decir, sentados.
El sillón le sirvió en esas horitas de descanso al genial creador francés, en los últimos 25 ó 30 años de vida, coincidiendo con la mejor y más exitosa parte de su carrera, donde creó, entre otras cosas, el traje pantalón, la sahariana, los shorts y las primeras transparencias en negro que rompieron las reglas de la alta costura y el más alto erotismo.
El tema es que a nueve meses de su muerte, el sillón de Yves Saint-Laurent en el que dormía sus reconfortables siestas, fue subastado el pasado 28 de febrero por la especialista Cheska Vallois, quien logró vendérselo al Señor X en 21,9 millones de euros.
Además, la subasta organizada por la reconocida casa Christie's, superó ampliamente la cifra que esperaban recaudar –querían llegar a los 300 millones de euros y duplicaron el monto- rematando sólo productos del modisto francés y su compañero Pierre Bergé.
El sillón especializado en siestas es de cuero, está decorado con dos dragones de la diseñadora de origen irlandés Eileen Gray y el comprador -al hacerse con él- lo primero que hizo fue probar el almohadón. Probarlo in situ, digo, en sus propias nalgas.
“Excelente” dijo, y a continuación bostezó.
Lo demás ya se sabe. Una lavada de cara, betún y tinta en el cuero, lustre a la madera, media suela y taco, y el sillón queda como nuevo.
Bueno… YaaaaawwwwWN… No lo tomen a mal pero, tengo que dejarlos. Me está bajando un sueñito.
YAaaaawwwwWN…


- ¿Alguien vio el diario de hoy?


 
 
 
 

 




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