Martel había llegado de Madrid siendo aún muy joven. Había sido trasladado a San José por la empresa nacional de Correos y Telégrafos.
“Es ciclista. Le encanta pedalear por cualquier camino, y por eso lo mandaron para acá”, explicó el Jefe de Correos local a un empleado del Ayuntamiento.
Por ese entonces -mediados de la década del 50- su aspecto de cabello muy largo, chistera, pantalones con tirantes y zapatillas, lo asimilaba más a un hippy de los que comenzaban a encontrarse por todos los rincones de la isla que con un cartero, por lo que algunos vecinos que le veían por primera vez al recibir correspondencia se asustaban y creaban cierta desconfianza para con el repartidor de cartas; desconfianza que no tuvo sustento alguno y que terminó siendo una mera anécdota más del mejor cartero que tuvo la isla de Ibiza.
Llevaba una bicicleta negra, de las que en la Península llamaban “mormona”, con una alforja de cuero crudo en el portaequipajes, lo que le permitía cargar sobres y cartas en los tres sacos: los dos de la alforja que caían a cada lado de la rueda trasera, y el del porta equipajes, con forma de maletín.
Lo primero que sorprendió del muchacho fue su habilidad para encontrar domicilios casi desconocidos en lugares inhóspitos o lejanos.
Hace más de 50 años no existían viviendas con un domicilio formal como existen ahora en el término municipal de San José. En lugar de ser, por ejemplo, “Calle Ramón Jiménez Nº 54”, se ponía simplemente “Can Martinet de Ses Roques” o, en la mayoría de los casos, se ponía simplemente “Martinet de Ses Roques”, con lo que era difícil para el cartero saber si se refería al destinatario de la misiva o a su domicilio.
La segunda sorpresa la dio con el conocimiento de nombres y vecinos de todos los rincones de San José, cuya jurisdicción es enorme y comprende el pueblo de Sant Josep de Sa Talaia, Sant Agustí de Es Vedrà, Sant Jordi de Ses Salines, Sant Francesc de S’Estany y Es Cubells; y una población que ya se aproximaba a los 1.500 ó 2.000 habitantes.
“Marianeta, traigo carta para ti”, decía tras golpear la puerta de casa con sus nudillos y escuchar una voz que desde dentro de la vivienda preguntaba: “¿Quién es?”. El sobre indicaba claramente “María del Carmen Ferrer”, pero el cartero ya sabía que la mujer era llamada, cariñosamente, Marianeta.
Una tarde en la casa conocida como Es Fondet, Martel llamó a Miquelet -el hijo del propietario- para entregarle una carta y el padre de éste, al que conocían como Font, salió a recibir la entrega. Viendo que era el cartero nuevo y que aún no había visitado su casa, pensó que tranquilamente podía pasar él por su hijo.
Al verlo, Martel le preguntó: “¿Pero qué haces tú, Font. No Está Miquelet?”.
La tercera virtud de Martel Negrón, que ese era el nombre completo del cartero, fue la de distribuir los sobres de acuerdo a cierto orden de importancia y urgencia de sus destinatarios.
Las cartas de amor se entregaban primero. Luego la de madres a hijos o viceversa, al igual que las que llegaban de la mili o las que venían desde las Salinas, donde los trabajadores de la sal no podían salir en toda la semana para regresar a sus casas.
Las de familiares y amigos las tenía en tercer orden y recién al final del día, se dedicaba a los sobres que llegaban con identificación empresaria, como las de los recibos de luz, agua o impuestos. Las de publicidad, que en ese entonces eran escasas, las dejaba en el porche a última hora del día y tirándolas desde la bicicleta en marcha.
Con el tiempo se le fueron descubriendo virtudes mayores al cartero mayor de San José, e incluso las investigaciones posteriores a su regreso a Madrid, determinaron otras habilidades en el repartidor, para cambiar el color del papel, su aroma, sus sellos postales o, incluso, el orden de las palabras escritas en las misivas.
Recordadas son las cartas del minero asturiano Ramón Omar Capicúa, hermano de René Hener y Ariana Naira; escritas a su esposa con carbón de grafito y siempre dentro de la mina. En horario de trabajo.
Con Martel, sus cartas llegaban limpias, con letra legible e incluso con papel perfumado. No faltó en el pueblo quien sospechara que al viril minero más que las manos sucias se le comenzara a ver el plumero.
En agosto del año 1955, llegó desde Cartagena al domicilio del mecánico de Sant Jordi, Antonio Camacho, la carta de su hermano desesperado.
Antonio:
Urgente.
Baja a tu pueblo amado.
Murió mamá.
Martel supo de la urgencia de la misiva, y por ello la misma fue entregada a primera hora del día, antes que el sol arda en lo alto.
Pero su texto había cambiado con respecto al original que había escrito su hermano, llegando incluso a confundir al destinatario que viajó a su tierra convencido de que la carta la había enviado su madre, avisándole de la triste desaparición de su mascota:
Antonio:
Urgente, baja a tu pueblo.
Amado murió.
Mamá
“Yo estoy seguro de haber escrito el texto de arriba”, explica el escritor de la misiva, el menor de los Camacho. “Estoy seguro de haber escrito ‘murió mamá’ en la carta que, teniendo luego mi hermano en su poder, dejaba leer que el muerto era Amado, nuestro perro”.
Al margen de la historia de correspondencias de los hermanos Camacho, en 1956, es decir un año más tarde de aquel incidente, la menor de las hermanas Sepúlveda, Brígida Virgilia, recibía una nueva carta de quien era el amor de su vida en los últimos cuatro años: Miguel Ángel Lacarta.
La misiva, de una dimensión aproximada a las cuatro carillas, estaba escrita a mano y con un orden exquisito. En sus líneas finales, Miguel planteaba el final de su relación, aparentemente por la aparición de una tercera persona.
…llevamos cuatro años juntos queriéndonos y amándonos.
Lo siento.
Te dejo por otra.
Senda diferente se abre en mi camino.
Tu sueño se acaba.
Lacarta.
El texto, según se pudo comprobar con los años, había sufrido variaciones, pero sin que el papel haya sido extraído del sobre, que es lo que hoy sigue sorprendiendo a historiadores, investigadores, grafólogos, documentalistas, libreros y cocineros de distintos rincones del mundo.
La carta que recibió y leyó Brígida Virgilia en 1956 -actualmente sigue soltera y rezando su rosario- dice textualmente en la última parte:
… Llevamos cuatro años juntos. Queriéndonos y amándonos: lo siento.
Te dejo.
Por otra senda diferente se abre en mí, camino, tu sueño.
Se acaba la carta.
La menor de las hermanas Sepúlveda recién ahora comprende que Miguel Ángel no haya vuelto a escribir después de esa misiva, y entiende que su espera en estos más de 50 años, ha sido en vano.
Ya no espera su mancebo.
Finalmente, uno de los casos más sorprendentes es el de diciembre de 1958, aquel duro invierno en las islas Pitiusas que significó para muchos la quiebra comercial y financiera.
Ese podría haber sido el caso del Yano Jiménez -cuyo verdadero nombre no existía pues se llamaba Orellano Jiménez, llevando por nombre de pila un apellido-, productor y agricultor que tras varios meses de sequía se vio imposibilitado de pagar sus cuotas crediticias al Banco de Vila, por lo que unos días antes de navidad, el avaro Gerente de la entidad financiera emitió una carta-documento que, de acuerdo a su testimonio, expresaba en su puño y letra:
Yano:
Más problemas.
Tu casa ya no es tu casa.
Tu casa, o la que lo fuera, ahora es mi casa -además-.
Ya no te pertenecen la casa y los muebles que hay en ella.
Ya no son tuyos, de tu pertenencia.
Puedes reclamar la ropa y sábanas que quedan. No me interesan.
Quedátelas.
Lo dice el Gerente con valor, en esta carta de documento.
El tal Orellano Jiménez, al que todos conocen aún en nuestros días como el ‘Yano’ por obra y gracia de un cura que le dio de niño un apodo que supiera a nombre, no sólo retuvo su propiedad con esta misiva, sino que además, se apoderó de la del banquero. Y todo gracias a la carta-documento que aún tiene en su poder y que fue documento de vital importancia en el juicio celebrado entre la entidad bancaria del avaro y el propio Jiménez.
Ya no más problemas.
Tu casa, Yano, es tu casa.
Tu casa -además- ahora es mi casa, o la que lo fuera.
Yano: te pertenecen la casa y los muebles que hay en ella.
Yano: son tuyos. De tu pertenencia.
Puedes reclamarla.
Ropa y sábanas que quedan, no me interesan. Quedátelas.
Lo dice el Gerente, en esta carta con valor de documento.
Muerto en 1976 por una pediculosis aguda, aún se recuerda al ex gerente del Banco de Vila pidiendo con un sombrero zaparrastroso en la puerta de la iglesia de Santa Cruz o en el paseo de Vara de Rei.
Martel Negrón, en tanto, el cartero hippy que adoraba todo San José, atraído por las luces de la gran ciudad que lo había visto nacer y convencido quizás por su varita mágica, desapareció de la isla un día del año 1961 como por arte de magia.
“Se volvió a Madrid”, afirmaba con cierta tristeza el jefe de Correos. “Ya no creo que vuelva por aquí”.
Dicen que se dedica a la cartomagia y que adivina los nombres de la gente del público, siempre con su cabello muy largo, chistera, pantalones con tirantes y zapatillas.
Aunque algunos vecinos de San José lograron averiguar su domicilio en Madrid, Martel nunca contestó sus cartas. Es entendible, a él sólo le interesaba entregarlas. |