Luchó muy poco tiempo por su vida aquel pez plateado que colgaba de la caña de Alfonso, en las piedras grandes.
Con experiencia, el muchacho le quitó el anzuelo y antes de meterlo en el balde, junto a la pesca del día, consultó a Tomás si le gustaba porque después de todo, sería él quien se lo comería.
La respuesta fue un contundente ‘no’ indicado con la cabeza moviéndose de izquierda a derecha, con los ojos cerrados, la boca pituca fingiendo un beso y el bigote firme. Como para que no queden dudas.
Hay gatos que no se conforman con cualquier bocado.
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