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16-06-2009
la tortuga Maíalena



El tío apareció con una caja de cartón, más pequeña aún que una de zapatos, con algunas perforaciones en la tapa.
Puso la caja en el suelo y se reunió en torno a ella con sus cuatro sobrinas: Lu –la mayor de las cuatro-, Emi, Pau y Celeste.
“Les traje un regalo” dijo y abrió la caja de cartón de donde sacó una tortuga pequeña, del tamaño de su mano derecha. “La llamaremos ‘Manuelita’ como se llama a todas las tortugas, y vivirá aquí en la casa de la abuela porque aquí hay mucho patio donde ella puede jugar y divertirse”.
Las niñas quedaron asombradas y felices ante el novedoso regalo que les había hecho su tío pero ninguna de las cuatro hermanitas entendía lo de ‘Manuelita’.
Luciana -a la que todos llaman ‘Lu’ para acortar el nombre tan largo que tiene- preguntó a su tío el por qué del nombre ‘Manuelita’, a lo que su tío respondió: “Hace muchos años en un pueblo muy lejano llamado Pehuajó, una señora muy dulce cuyo oficio era el de ser juglar –las niñas le llamaron ‘la juglara’ a partir de ese día- escribiendo cuentos y canciones para los niños y contando historias conmovedoras de animalitos que vivían en el campo; narró la historia de una tortuga de su pueblo, que se llamaba Manuelita”.
“Manuelita -siguió contando el tío a sus cuatro sobrinas que escuchaban el relato con mucha atención- vivía en Pehuajó pero un día, con la firme intención de estar más bonita y rejuvenecer, se mudó a París donde le hicieron un vestido especial, un peinado muy elegante y un maquillaje reluciente. Cuando la tortuga se sintió totalmente renovada y rejuvenecida volvió a Pehuajó, al otro lado del planeta, pero el viaje a través del mar tardó tanto tiempo que al llegar a su casa estaba igual que cuando se fue”.


- ¿Estaba vieja y fea otra vez? -preguntó María Emilia, a la que todos llaman Emi.
- Estaba igual que cuando se fue -insistió su tío, aclarando que viejos sólo son los trapos y feos los fantasmas.


Por suerte, en Pehuajó la esperaban sus amigos y su tortugo, que estaba enamorado de ella sin importarle las arrugas que Manuelita tenía en el cuello.
Las cuatro hermanitas tomaron entonces a la pequeña tortuga que su tío les había regalado y pidiendo permiso a la abuela para dejarla en su casa, la llevaron al enorme patio trasero para instalarla allí definitivamente.
Jugaron con ella, le dieron de comer zapallito tierno que es la comida que más le gusta a las tortugas, y cuando notaron que el lento animalito se metía debajo de su caparazón para descansar, dialogaron entre ellas. Algo no les gustaba: ¿Por qué tenía que llamarse Manuelita como todas las otras tortugas? ¿Por qué no ponerle el nombre de ‘la juglara’ para recordarla cada vez que visitaran a la pequeña quelonia en casa de la abuela?
Cuando habían decidido el nombre lo consultaron con la abuela, para saber si ella estaba de acuerdo con la idea, y una vez aprobado por la dueña de casa las cuatro hermanitas fueron a hablar con su tío.
“Queremos hablar contigo”, dijo Paula –a la que todos llaman Pau en la casa-. “Estuvimos pensando entre las cuatro y viendo que todas o casi todas las tortugas del mundo se llaman ‘Manuelita’ nosotras pensamos que a la nuestra, a la que tú nos regalaste, le podríamos poner otro nombre. Por favor tío, nos gustó la historia que nos contaste y por eso preferimos ponerle otro nombre”.
El tío quedó sorprendido por la propuesta, pero a la vez contento y halagado pues descubrió en ello que sus sobrinas no sólo disfrutaban de la tortuguita que les había regalado sino también de la historia que les había contado.


- ¿Y cuál es el nombre que eligieron? -preguntó el tío a las pequeñas.
- Maíalena, como la equitoda -dijo la más pequeñita, Celeste, a quien todos en la casa llaman ‘Chele’ imitando la forma en que ella pronuncia su propio nombre.


“María Elena, como la escritora” era lo que acababa de decir Chele, utilizando su forma tan particular de hablar con sólo 2 añitos de edad.
“Mmmm. De acuerdo que se llame María Elena o Maíalena, como ustedes lo prefieran; pero entonces deberán cumplir otro requisito además de cuidarla y alimentarla”, dijo el tío a las pequeñas sobrinas. Deberán buscar en la biblioteca los cuentos y las historias de la escritora María Elena, y leérselos a la tortuga ‘Maíalena’.
Desde entonces las tres niñas mayores se encargan de leer los cuentos a la tortuga y a Chele –que aún no sabe leer ni escribir-. Además escuchan las canciones y admiran a María Elena Walsh, a quien siguen llamando ‘la juglara’.
Chele, en tanto, muestra con orgullo su tortuga a todos sus amigos y cuando alguien le pregunta por su nombre, responde contenta: “Maíalena, como la equitoda”.



 
 

 




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