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22-01-2010
viaje en globos

 

Ya saben ustedes que los elefantes, quizás por ese tamaño enorme que tienen o por esa costumbre de mirar hacia el cielo cada vez que sacuden su cuerpo y su trompa, sueñan con poder volar y llegar a conocer otras tierras a través del aire.
Con volar, precisamente, soñaba Augusto el elefante Robusto desde hacía muchísimo tiempo, desde antes incluso de pertenecer a ese Parque Natural tan moderno en el que había vivido desde su nacimiento.
Augusto era un elefante joven, apuesto, capaz de seducir a la elefanta más mona. Además, era inteligente, con estudios universitarios de ingeniería y con carné de conducir, aunque nunca pudo tener su coche propio.
En su espacio dentro del parque -le llamo espacio porque no era ni jaula ni habitación- tenía una pequeña biblioteca, la que podía consultar a diario para matar el tiempo libre leyendo, que era una de las actividades que más le gustaban. Su cuidador le traía libros casi semanalmente, y los visitantes, al verlo tan compenetrado en la lectura, le regalaban colecciones completas para que no perdiera el hábito del conocimiento.
Cuando no leía sentado cómodamente en un sillón de piedras y paja, divertía a los niños que venían a visitarlo o conversaba con sus amigos.
Augusto era muy conversador. Capaz incluso de sacarle charlas al gorila Edelmiro que siempre fue muy callado, o a las serpientes, que prefieren una vida silenciosa y triste.
Pero era con el globero del parque, uno de sus mejores amigos, con quien más le gustaba conversar porque con él intercambiaba datos de los libros que uno y otro habían leído.
Rogelio, el globero, era un adicto a la lectura capaz de pasarse cinco o seis horas diarias leyendo historias, cuentos o aventuras en su casa en la ciudad. “Cuando no vengo a trabajar al zoológico -decía- me quedo en mi casa leyendo todo tipo de libros”.
En una de esas conversaciones casi intelectuales que mantenía Augusto con Rogelio, éste notó como en un descuido un atado de globos que estaba en su mano se le escapaba de los dedos y ganaba altura.
“Se te van los globos” alcanzó a decir Augusto, pero ya era demasiado tarde.
Los dos se quedaron mirando como subían y subían aquellos globos de colores en el cielo celeste de aquel día soleado, sonriendo porque aquello era -en especial para Rogelio- sinónimo de libertad. Como cuando se sueltan las palomas de su jaula o se larga a un caballo en la pradera.

- ¿Cuánto tardarán en bajar? -preguntó Augusto con un poco de inocencia y otro poco de ignorancia.
- ¿Bajar? Uhhhh. Cuando se vayan pinchando o deshinchando uno a uno, pierdan el gas que les mantiene arriba y entonces caigan, pero vaya a saber dónde.
- Vaya Rogelio, tantas cosas que hemos conversado los dos y nunca te pregunté lo de tus globos. ¿Es helio lo que los mantiene elevados?
- Claro, Augusto. El gas llamado helio hace que los globos se vuelvan más livianos que el aire y por ello flotan y suben.

- Ahhh! Y dime otra cosa, Rogelio; ¿podrían estos globos elevar a un niño y hacer que volara?
- Mmm. Sí. Creo que sí. Aunque sería muy peligroso.
- ¿Y al papá del niño?
- Mmm. También.
- ¿Y al abuelo del niño, que es un señor regordete?
- Mmm. También.
- ¿De veras?
- Sí, claro Augusto.
- ¿Y podrían estos globos, aunque sean necesarios cientos de ellos, hacer que un elefante, digamos... como yo, pueda elevarse y volar?
Mmm. Creo que sí. Habría que hacer algunos cálculos y conseguir globos de mayores dimensiones, y entonces podría conseguirse
-explicó Rogelio.

Esa noche Augusto estuvo despierto, buscando a la luz de una vela en sus libros, toda la información referida al gas llamado helio, que es el que se utiliza para hinchar los globos y hacer que se mantengan siempre en el aire. Quería volar como ellos.
Buscó además datos referidos a su peso y a su composición física, y descubrió en un libro de aventuras como se debía hacer para aterrizar en un vuelo en globos.
Decidido, al día siguiente habló con Rogelio sobre el tema, le mostró los dibujos que había hecho de su proyecto y le explicó que el sueño de toda su vida había sido el de poder volar y ver el mundo desde el cielo.
Ese día Rogelio se llevó los planos y dibujos de Augusto para analizarlos aquella noche.
Al día siguiente fue sincero con Augusto: Creo que podrás hacerlo, pero deberás bajar de peso y no podrás volar por más de dos días.
Para aterrizar, tendrás que ir quitándote los globos uno a uno con tu trompa, con mucho cuidado porque si te pasas de la cuenta te darás un tortazo al caer al suelo.
Dos semanas más tarde, Augusto el Robusto había perdido los kilos que le había pedido Rogelio. Comenzaron entonces la tarea de ir escondiendo los globos que iba a necesitar para su vuelo, debajo de su cama, para que el cuidador no los vea.
Cuando la cantidad de globos fue la exacta, Augusto, de madrugada, se los ató uno a uno a su cuerpo empezando por la cola y las piernas, siguiendo por las manos y la tripa y terminando por la trompa, donde sólo colocó unos pocos porque iba a necesitar moverla luego para el aterrizaje.
Estaba casi flotando Augusto cuando Rogelio, que había ido allí para ayudarle, lo soltó de la piedra a la que estaba atado. Entonces el elefante comenzó a tomar vuelo. Poco a poco fue elevándose, con lentitud por su peso pero con la seguridad de estar haciéndolo.
Primero contempló con sorpresa, desde el cielo, el Parque Nacional donde vivía.
Después recorrió desde arriba la ciudad más cercana, sus calles, sus luces y su movimiento.
Cuando la luz del sol apareció a lo lejos, Augusto estaba entonces demasiado alto como para arrepentirse, y continuó su camino en el cielo, tal como se lo había indicado su amigo, sin llegar a las nubes.
Viajó dos días enteros.
Vio prados enormes desde su cielo y montañas de piedra y de hielo.
Vio ríos corriendo con esmero y vio mares jugando con veleros.
Vio castillos en medio de la selva y volcanes con sus bocas abiertas.
Vio kilómetros y kilómetros de arena en los desiertos, en las dunas y en los médanos.
Cuando acabó el segundo día, Augusto tenía mucha sed y mucho hambre, por lo que consideró que era el momento de regresar a casa.
Usando sus orejas como alas y su trompa como timón, emprendió el vuelo de regreso sabiendo que al encontrar el parque tendría que ir soltando uno a uno los globos, para el aterrizaje.
Viajó, viajó y viajó en su regreso, pero la noche lo atrapó en pleno vuelo.
Al día siguiente, con más sed y con más hambre, emprendió de nuevo el camino de regreso, pero al llegar la noche otra vez Augusto notó que su casa estaba aún un poco lejos.
Al cuarto día, casi a la hora de la comida, Augusto reconoció en el cielo unos globos como los que había perdido Rogelio y pensó que eran aquellos.
Pero luego se dio cuenta que no eran esos.
Siguiendo su camino de regreso, volvió a toparse con globos de Rogelio y media hora más tarde encontró otros en el cielo.
Entonces supo que estaba cerca. Eran señales de su amigo indicándole el camino.
Cuando sus ojos vieron un atado pequeño de globos subiendo, descubrió debajo de ellos su parque, su cama y la cabeza de Rogelio, el globero.
Comenzó a soltar sus globos, desesperado por bajar a casa y comerse toda la comida, y en esa desesperación Augusto soltó más globos de los que debía.
Su aterrizaje comenzó a se un poco rápido y al ver Rogelio que su amigo caía muy a prisa, empezó a inflar los globos con aire de su boca y a ponerlos en el suelo, con el fin de amortizar el golpe del robusto elefante.
“Es Augusto el que baja”, gritaban los demás animales. “Hay que ayudarle a Rogelio”.
En un instante todos los amigos de Augusto soplaban globos con aire que dejaban caer al suelo como preparando un colchón para su aterrizaje.
Cuando Augusto estaba muy cerca y estando preparado el suelo con globos de aire, Rogelio lanzó entonces su último atado de globos de helio, en dirección a su volador amigo elefante, que se engancharon en su trompa y le ayudaron a caer más lento.
Con toda esa ayuda, Augusto aterrizó sentado sobre los globos de aire, reventando algunos de ellos pero sin hacerse daño.
Fue tan bueno su regreso que las serpientes sonrieron y Edelmiro, el gorila amigo suyo, comenzó a aplaudir con fuerzas por el aterrizaje tan bueno. Al final todos aplaudieron, incluido el cuidador que se acercó a Augusto con un enorme cubo de agua y una fuente llena de comida.
Algunas horas más tarde, cuando Augusto estuvo recuperado, agradeció a Rogelio haberle hecho realidad su sueño.

- Gracias Rogelio, no te imaginas como disfruté del viaje y las cosas que aprendí en mi vuelo.
- ¿De veras? ¿Aprendiste muchas cosas Augusto?
-preguntó el globero.
- Claro, Rogelio. Si yo nunca había salido de este parque. Ahora sé como son los prados, las montañas, la nieve y el hielo; los ríos corriendo y los mares traviesos; la selva verde enredada y los volcanes con fuego. Y la playa. Y el desierto.
- ¿Y todo eso viste desde el cielo?
-preguntó sorprendido Rogelio.
- Todo eso y más, Rogelio. Volar es como si lo que leíste toda tu vida de repente lo estás viendo.

Esa noche Rogelio el globero estuvo despierto, buscando a la luz de una vela en sus libros, toda la información referida al gas llamado helio, que es el que se utiliza para hinchar los globos y hacer que se mantengan siempre en el aire. Quería volar como ellos.

 

 
 

 




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