(Capítulo I)
Golpeó a la puerta de calle con los nudillos de su mano derecha, y no pudo evitar hacerse daño. Era madera buena, dura y resistente, que combinaba con una vivienda, en apariencia, segura.
La mujer que salió a atenderlo era bonita, casi llegaba a los 50 años de edad pero sus caderas, pechos y piernas mantenían la firmeza de los últimos treinta.
- Soy el detective paraguayo del que le habló 'la' jefe de policía. Necesito hacerle algunas preguntas -dijo Walter Nelson Gutiérrez-
- … ¿Para qué? -preguntó con cierta desconfianza la mujer.
- Para-guayo.
- Entiendo. Pase.
La mujer invitó al desalineado policía a ponerse cómodo en un enorme sillón de la sala.
El paraguayo, que había tenido una mala noche, simplemente se acostó.
“Perdone usted, señora“, dijo Walter Nelson Gutiérrez, “¿no tendrá una mantita?”.
La mujer confirmó con la cabeza y de inmediato dio órdenes a la criada de traerle una cobija al detective.
Era una mujer amable.
Era una dama exquisita.
"Mi esposo fue cruelmente asesinado" afirmó al periodista antes incluso de haberse presentado. La tristeza invadía su rostro.
El detective lo sabía o al menos intuía que aquel hombre de origen mexicano, de 86 años de edad que apareció esa madrugada tirado en el Parque Sur con veinticuatro balazos en el cuerpo y tres puñaladas a la altura del corazón, había recibido un poco de crueldad al morir.
- ¿En que se basa, señora, para asegurar que no se quitó la vida?
- Se que pueden quedar dudas señor detective, e incluso su jefe me comentó que existía tal posibilidad. Le aseguro que no fue así. Él nunca hubiera hecho eso -agregó la mujer y luego se quebró en llanto.
- ¿Está segura…? -intentó preguntar el detective mirando hacia el interior de la vivienda.
- Síiiii -afirmó ella-. Él creía profundamente en Dios, era muy religioso y como buen religioso nunca hubiese cometido ese pecado.
- Vale. La entiendo, pero yo pregunto si está segura que la mujer esta que trabaja acá, con usted, me traeré el manto -preguntó insistente el paraguayo, mientras sentía el frío de la resaca en su cuerpo, recostado en el sillón de la sala de la viuda.
- Ah, disculpe. ¡Ofelia! ¡Ofelia! Por favor, la manta para el señor policía.
Gutiérrez se interesó, una vez cubierto su cuerpo con un hermoso acolchado cuadriculado de la marca inglesa Burberry, por dos cuestiones que consideró de suma importancia en ese momento.
La primera de ellas referida al cuerpo del occiso: quería saber si la mujer había visto ya el mismo y había realizado el respectivo reconocimiento.
La segunda era para saber si la mujer fumaba porque en esos instantes, así acostado, cómodo como estaba en el sillón y calentito con la manta, le atacaron unas ganas de fumar incontrolables.
“Fui esta mañana temprano a reconocer el cuerpo de Adalberto, señor detective. Y lo siento, no fumo”, contestó la mujer y otra vez volvió a quebrarse en llanto.
El paraguayo sacó la mano que tenía debajo de la manta y apoyándola en la de la mujer, intentó una palabra de consuelo.
“Su rostro estaba intacto, pero su cuerpo estaba destrozado”, agregó la mujer.
Al investigador paraguayo, que seguía calentito debajo de la manta Burberry, no le quedaban dudas con respecto a la muerte del octogenario chilango.
Para él se trataba de un asesinato.
Sus dudas, en realidad, giraban en torno a la viuda: ¿Eran esos pechos naturales o estaban operados? ¿Serían tan ricas sus nalgas como lo eran sus piernas?
No lo sabía, pero estaba dispuesto a averiguarlo. |