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06-02-2010
la viuda del chilango

(Capítulo II)

Nelson seguía abrigado debajo de las mantas cuando otros nudillos de mano derecha evitaron la dura puerta de madera que daba a la calle para elegir el timbre.
Nelson no lo sabía, pero por lo general a la derecha de la puerta de entrada a una vivienda se ubica un botón que acciona un timbrazo, campanada o juego de luces.
Era Bencomo, el insoportable jefe de policía.
Ofelia, más lenta que Zapatero reconociendo la crisis, caminó suavemente desde la cocina hasta la sala, donde aún conversaban el detective paraguayo y la viuda.
“Señora, tocan a la puerta”, dijo Ofelia con la tranquilidad que le caracteriza a los mexicanos del norte del país.
La viuda, con una señal hecha suavemente con su mano derecha, indicó a la muchacha que abriera la puerta.

- Es el jefe de Policía -dijo Ofelia desde la puerta
- ¿El jefe Bencomo? -preguntó Nelson.
- Sí. El jefe Bencomo -contestó Ofelia mientras hacía pasar al recién llegado.

Bencomo saludó a la viuda arrastrándose como una serpiente que cambia de cuero, y apenas hizo un gesto al paraguayo que seguía debajo de las mantas protegiendo su cuerpo del frío.
Nelson, por su parte, sonrió de lado ante la presencia del insoportable jefe de policía Héctor Bencomo, que acababa de entrar a la sala. Había adoptado esa costumbre desde que viendo una película de Humphry Bogart, sufrió una parálisis facial en su rostro.
Sin dejar la manta que le mantenía calentito y sin mirar a los ojos a Bencomo, Walter Nelson Gutiérrez se dirigió al jefe de los uniformados con ese tonito extraño que tienen los paraguayos en su forma de hablar, seguramente como rastro o señal que deja la lengua guaraní en su dialecto.

- La señora me explicó que usted, comisario, duda de que le haya sido un asesinato lo de la muerte de su esposo.
- Si -afirmó Bencomo-. En realidad no descartamos la posibilidad de que pueda ser un suicidio –contestó el comisario haciéndose el correcto como gallina ponedora-.
- ¿Está usted hablando en serio, Bencomo? ¿Cuál de las veinticuatro balas que llevaba incrustadas en su cuerpo el muerto le hace dudar? ¿O cree que las puñaladas fueron inventadas? ¿O tal vez el señor difunto se mató primero con un balazo en la cabeza, o en la nuca, y luego se dio el resto de disparos en su cuerpo para crear sospecha? No lo entiendo Bencomo. Como siempre.
- Nuestras sospechas, detective, se basan en los antecedentes del anciano. Ya había intentado suicidarse en otras ocasiones. Por eso no se descarta esa teoría.
- ¿Ah sí? No me diga. ¿Ya una vez lo habían encontrado vivo con veintitantos balazos y puñaladas en su cuerpo, por eso creen que ahora dio en la tecla y se suicidó?
- Bueno... Las veces anteriores lo había intentado de otras formas.
- Claro, Bencomo, porque habían sido intentos de suicidio. Ahora no. Ahora lo mataron con crueldad, con odio, con envidia
-decía Nelson mientras se levantaba del sofá, se quitaba las mantas y parecía entrar en calor-. Como si el anciano hubiese tenido en su poder algo muy valioso, algo que el asesino deseaba.

En preciso instante en que el periodista terminaba de decir su frase, ambos –él y Bencomo- se sorprendían dulcemente con las nalgas de la viuda del Chilango que, agachada de espaldas a ellos se esforzaba por servir una copa a los visitantes.
El silencio se apoderó y adueñó de la casa durante 27 segundos exactos, tiempo que tardó la viuda en recuperar la postura y los hombres el aliento.
Bencomo, tosiendo con disimulo, dijo con la soberbia que le caracterizaba que para él la muerte de aquel anciano seguía siendo una muerte dudosa.
“Yo, en cambio -afirmó el detective Walter Nelson Gutiérrez- acabo de quitarme una duda”, y volvió a cubrirse con las mantas pero sin recostarse.
Bencomo tomó en su mano derecha la copa que amablemente le sirvió la viuda, y entonces comenzó a dialogar con la mujer con la intención de hacerle preguntas sin sentido, sobre la rutina diaria que mantenía su ex esposo cuando estaba vivo.
El detective guaraní -por cierto, la palabra 'detective' en guaraní se dice 'yaveriguaré'- se tomó el whisky de un trago y apoyando el vaso sobre la mesa, tomó envión para levantarse a irse.
Miró a Bencomo frente a él hablando con la viuda como si estuviera en una fiesta y no tuvo duda de pensar que era muy mal bicho.
Terminó de saborear en su boca el whisky horrible que le había servido la dueña de casa y pensó por un instante que existía la posibilidad del suicidio, si esa bebida era la única opción alcohólica a la que tenía acceso en vida el occiso.
Finalmente volvió a observar las nalgas perfectamente marcadas en la falda de la viuda y volvió a ratificar en su mente que, respecto a ese tema, no había dudas. “Son naturales y perfectas, como dos naranjas de ombligo”, pensó, y el pensamiento le salió en voz alta.

- Desea usted una naranja, detective? -preguntó la viuda al escuchar a Nelson.
- Las dos señora.
- ¿Dos naranjas? -insistió la mujer- Ofeliaaaa!!!
- No. No me haga caso, que estoy hablando una cosa y pensando otra. Olvide lo de las naranjas, por favor. -contestó Nelson.
- Como usted quiera.
- ¿Plátanos le quedan?
- Mmm, creo que sí. Quedaban dos y yo me devoré uno en la comida -contestó la mujer, que salió rumbo a la cocina a buscar el fruto pedido por el detective-.

En ese momento Walter Nelson Gutiérrez y Héctor José Bencomo se miraron cara a cara. Frente a frente. Odio a odio. Rencor a rencor.
La mujer entregó el plátano, un tanto maduro y machucado, al joven paraguayo mientras lo acompañaba a la puerta. Antes de irse, mientras Nelson disfrutaba del arte de pelar la banana en cinco tiras, la viuda, con sus manos cargadas de cierto nerviosismo, le comentó en voz baja: “Por favor, vuelva más tarde. Le prometo que compraré cigarrillos”.
Nelson, comprensivo y atento con la mujer que había perdido a su esposo algunas horas antes, asintió con la cabeza: “Aquí estaré, no se preocupe. No es necesario que compre cigarrillos. Sólo trate de esperarme al atardecer, con naranjas”.

 
 
 
 

 




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