Era aún menor de edad la menor de todos lo hijos de José Salazar y Vicenta Cerezo, cuando Cleofas Salazar Cerezo conoció al que sería el padre de sus hijos: Gabriel Zapata Ventura.
No le costó mucho dar el sí, pues era la ilusión de su vida a pesar de que su padre hubiese preferido que crezca en casa y soltera.
Cleofas llevaba ese nombre en homenaje a la prima hermana de la Virgen María y a quien Jesús -de acuerdo a la vieja Biblia- llamaba “tía”; y tenía, de acuerdo a los escasos datos que nos regala la historia de México, una paciencia de elefante. Primero con su esposo, con quien se casó en 1859 y desde el primer día se dedicó a hacerle descendientes; y después con éstos, en especial los varones, que disfrutaban de emborracharse en las cantinas de Morelos y armar trifulcas con ínfulas de campesinos revolucionarios.
Cleofas engendró diez hijos -Pedro, Celsa, Loreto, Eufemio, Romana, María de Jesús, María de la Luz, Jovita, Emiliano y Matilde- de los cuales siete fueron mujeres, tres fueron varones y el penúltimo, el más pequeño de los machos, fue el que le salió más pendenciero.
Emiliano Zapata Salazar nació el 8 de agosto de 1879 -hace exactamente 130 años- en San Miguel de Anenecuilco, Estado de Morelos, en una casa de campo en medio de prados verdes como todos los de Morelos y recibiendo el calor de toda una familia de ganaderos pobres que hacía cinco partos que esperaba al machito.
Trajo, de fábrica, un pequeño lunar con forma de mano abierta en el pecho que su madre atribuyó a la buena fortuna: “Va a vivir poco mi hijo, pero va a ser un hombre importante. Un saurino que verá el futuro en esa manita y que poblará México con mis nietos. ¡Cómo me gustaría conocer a sus hijos!”.
Por ser el benjamín de Doña Cleofas, Emiliano fue bastante malcriado en las faldas de su madre y sus hermanas, y bastante mal educado con los pantalones de sus hermanos mayores.
Si bien es cierto que empezó a trabajar en el campo en una edad muy temprana, no es menos cierto que a esa edad se agarró sus primeras borracheras con tequila, fumó sus primeros cigarros y se acostó con las primeras mujeres que iniciaron la larga lista de amantes que se le conoció en vida. Para que les quede claro: A Emiliano Zapata, el menor de los varoncitos de la Cleofas, se le conocieron 15 hijos reconocidos que tuvo con 9 mujeres, pero hay muchos historiadores mexicanos, especialmente en el Estado de Morelos, que hablan de 14 mujeres, esposas, amantas o compañeras de catre; y más de 30 hijos.
Si hay algún árbol genealógico complicado de entender en el mundo, ese es el de Aureliano Buendía el general de ‘Cien años de soledad’, la obra maestra de Gabriel García Márquez.
Pero en el caso de Zapata, sus ramas también son frondosas.
Conocido por sus dotes de enamoradizo, Emiliano ya era labrador y arriero cuando conoció a una jovencita llamada Inés Alfaro Aguilar, la Güera -rubia- cuyo padre lo denunció por haberla raptado. Con Inés tuvo cinco hijos: Guadalupe, Nicolás, Juan, Ponciano y María Elena.
Nicolás, el hijo mayor de Zapata, había nacido el 6 de diciembre de 1904 y murió el 17 de agosto de 1979 en la ciudad de México. Sus restos fueron enterrados en Anenecuilco, en la misma tumba de su tío Eufemio.
Josefa Espejo Merino, nacida al igual que él en San Miguel de Anenecuilco en 1879, fue probablemente el amor de su vida. Se la conoció como ‘La Generala’, vivió a su lado las penurias de un revolucionario como Tania la Guerrilera las vivió al lado del Che Guevara y murió el viernes 8 de agosto de 1968 en la Villa de Ayala, Morelos. Le dio dos hijos al hombre su vida: Felipe, nacido en 1912 en el cerro El Jilguero y muerto con 5 años de edad mordido por una víbora de cascabel; y Josefa, nacida en 1913 en Tlaltizapn y muerta un año antes que Felipe por picadura de un alacrán.
Vivir en el monte es ideal para cualquier revolucionario pero no para sus hijos pequeños.
Cuando aún no había abandonado a Inés ni a Josefa, Emiliano conoció a una criaturita de 14 años de edad llamada Margarita Sáenz Ugalde -que bien podría haber sido su hija- a la que sin demasiadas vueltas le hizo tres retoños: Luis Eugenio, que nació en el 14 y murió en el 79; Margarita y Gabriel, que no pasaron los 3 años.
La revolución implicaba constantes viajes de Estado en Estado, y si no estaban Inés, ni Josefa, ni Margarita, el héroe máximo de la Revolución mexicana echaba mano a lo que se le presentaba, porque hacer correr la sangre implicaba, entre otras cosas, hacer correr el semen.
Conoció a Petra Portillo Torres mientras nacía su hijo Luis Eugenio, y con ella tuvo una sola niña, Ana María Zapata Portillo que vino al mundo ese mismo año (1914) y que en la actualidad es bisabuela.
En 1916 conoció a María de Jesús Pérez Caballero, Marichús para los más íntimos, con la que tuvo un corto romance de menos de un año fruto del cual vino al mundo don Mateo Emiliano Zapata Pérez, fallecido en el año 2007.
Mientras se acostaba con Marichús Zapata dormía con Georgina Piñeiro, madre de Diego Zapata Piñeiro, vecino ilustre de Morelos que falleció en diciembre del año pasado.
A Gregoria Zúñiga, madre de María Luisa Zapata Zúñiga, la conoció en Quilamula aproximadamente en 1917; época en la que conoció a una familiar de ésta, Luz Zúñiga, con quien no tuvo hijos a pesar de haberlos buscado de día y de noche.
El último vástago reconocido por el revolucionario fue don Gabriel Zapata Vázquez, hijo de Matilde Vázquez, a quien Zapata había conocido en 1918.
Además de los mencionados, existió otro hijo de Emiliano Zapata llamado José, pero contrariamente a lo que ocurre habitualmente, en este caso no se sabe quien era su madre.
Ana María Zapata Portillo, hija de Petra nacida el 22 de junio de 1914 en Cuautla, Morelos, es la única hija del General que aún sigue con vida. Fue designada Hija predilecta y ciudadana distinguida de Cuautla. Fue, además, regidora, síndico municipal y diputada federal en la Cámara de Diputados en la XLIV Legislatura del Congreso de la Unión de México además de ser presidenta de la Asociación Nacional Femenina Revolucionaria. Preside actualmente la Fundación Emiliano Zapata, que el 10 de abril de 2008 en una ceremonia en el museo de Bellas Artes de Caracas, Venezuela, entregó la medalla que lleva el nombre de su padre al presidente Hugo Chávez, misma que ya había recibido Fidel Castro.
Doña Cleofas no se equivocó en sus predicciones, aunque el saurino -adivino- iba a ser su hijo.
Tenía 16 años Emiliano, cuando al volver de la escuela y mientras cuidaba los animales de su familia en el campo, tuvo una extraña sensación en su manita del pecho de que algo malo le pasaba a su madre. Corrió hasta la casa pero llegó demasiado tarde.
Vivió poco su hijo -39 años- pero fue un hombre importante. Un saurino que vio el futuro leyendo el pasado de su pueblo y que pobló México con sus hijos y su pensamiento.
A ellos, a los hijos de Emiliano, ni siquiera él llegó a conocerlos. |