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24-12-2008
zapatillas

Hurgando en el baúl de los recuerdos, no es difícil que aparezcan las imágenes navideñas de mi vida. Sólo es cuestión de recordar mis primeras botas de fútbol, una mini-bicicleta marca Graciela o los mellizos Rodríguez, de los que el Niño Dios —o Papá Noel o Santa Claus o el Gordinflón— se acordaron cuando ya tenían 10 años cumplidos, porque antes, decían ellos, «mi mamá se olvidó de mandarles la carta».
El primer regalo que les trajo el Niño Dios a los mellis fue una pelota de fútbol de cuero, número 5 y marca Bell, que se elaboraba en la ciudad de Bell Ville —Córdoba, Argentina— y cuya fábrica, aseguraban, pertenecía al padre de Mario Alberto Kempes, el Matador.
Los mellis, por su parte, sostenían que el Gordinflón compraba esas pelotas en grandes cantidades —tal como las había comprado ese año el Gobierno de Córdoba— porque a sus primos les había traído una igualita.


- ¿Por dónde entró el Niño Dios a tu casa, melli, si no tiene chimenea?
- Por una de las paredes de cartón. Hizo un agujero. Mi padre lo escuchó al Gordinflón cuando rompió el cartón corrugado.


De chico, la vida giraba en torno a la Navidad.
El resto del año no importaba.
Acostumbrados a celebrarla a lo grande, los vecinos de mi calle —Di Piazza, Cotella, Bono, Mari, Barrera, Algarbe; además de mis viejos, claro está, y a veces los Rodríguez— sacaban las mesas a la calle aún de tierra, servían comida fría y cuando empezaba a picar el bagre los adultos se iban hasta la Panadería del barrio a retirar el lechón que don Corzo había preparado en el horno de leña.
Entonces, en pantalones cortos y camiseta, porque el calor de esos días supera los 40º centígrados en la pampa húmeda argentina, se comía y se bebía como se hace en mi país: como si fuera la última vez.
Lo que pasa es que en Córdoba, Argentina, la gente no come para vivir sino que vive para comer.
Bueno, en realidad eso lo hacía la mayoría de la gente o los que podían hacerlo, que no era el caso de los mellis Rodríguez que comían cuando podían o cuando venían a mi casa y mi vieja les preparaba un chocolate de cascarilla con leche bien caliente, y pan con mantequilla y dulce de leche. Entonces, al otro día, uno de los dos no iba al colegio, y el otro, el que estaba bien, decía que su hermano estaba mal de la tripa porque había comido.


- ¿Qué comió? —le preguntaban en la escuela.
- Pan con mantequilla y dulce de leche que le preparó la madre del Pato -decía el melli que estaba sano-.
- Pero si eso lo comen todos los niños en cualquier día de la semana...


Todos no. Los mellis sólo tomaban mate cocido y, si había, azúcar.
La Navidad en la que el Niño Dios regaló a los mellis la pelota no la olvidaré nunca. La falta de experiencia en este tipo de menesteres hizo que Domingo Rodríguez, el padre de los mellis, pusiera el preciado balón en la cama de los chicos —ambos dormían en la misma cama oliéndose los pies— antes de la medianoche, aprovechando que los pibes estaban poniéndose al día con la comida y que él aún no estaba tan borracho como para no poder llegar hasta su casa.
Cuando los mellis llegaron a la única habitación que tenían —era cocina, sala, comedor, baño y dormitorio a la vez— tras haberse quemado los dedos con cohetes, estrellitas y rompe portones, se encontraron la sorpresa. Abrieron el paquete, sacaron la pelota y en su humilde vivienda de 14 metros cuadrados y suelo de tierra, comenzaron a jugar y a pelearse por el balón. El padre entonces, ya bastante borracho, los mandó a dormir.
Uno de los mellis le dijo al otro que se iba a levantar muy temprano para jugar él primero con la pelota, y el otro entonces se enfadó. Discutieron como media hora, cada uno en una punta de la cama, y al final decidieron hacer las cosas de forma conjunta, pero como el Chucho —uno de los mellis— no confiaba en el Jali —el otro hermano — le propuso acostarse ambos con las zapatillas puestas y los cordones de uno y otro atados entre sí, de manera que cuando uno se despertara e intentara levantarse, despertaría al otro.
El Jali sólo pudo vivir cinco o seis navidades más, hasta que le fallaron los frenos de la moto y se hizo alfombra contra un camión de doble eje que transportaba productos lácteos: queso, mantequilla o dulce de leche.
El Chucho, en cambio, practicó tanto con aquella pelota marca Bell que llegó a jugar en la primera de San Lorenzo de Almagro, donde almacenó algunos ahorros con los que fundó una fábrica de zapatos, ropa de cuero y balones de fútbol.
Las pelotas se llaman «Jali».
Esta Navidad me voy a tomar un chocolate caliente y pan con mantequilla y dulce de leche.



 
 

 




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